Podemos imaginarlo todo por usted: ficción e inteligencia artificial

La ciencia ficción ya no imagina el futuro, sino que digita nuestras vidas en el presente. En la actualidad, el capitalismo tecnológico se apropió del imaginario del género al legitimar sus proyectos. Desde vivir en Marte a lograr la vida eterna, los tecnomagnates se han apropiado del imaginario de la ciencia ficción. Y mediante el uso de la IA, ¿nos obturarían la posibilidad de proyectar nuevas utopías? ¿Nos han convencido de que es inútil imaginar mundos posibles?
Por Ariel Idez*

A mediados de mayo de este año recibí un mail que llamó mi atención. El representante de una empresa de cuyo nombre no quiero acordarme ofrecía un servicio de “auditoría digital” que permitiría a las editoriales garantizar y certificar públicamente que sus publicaciones son 100% de autoría humana, “libres de Inteligencia Artificial”. El correo, leído a primera hora de la mañana me hizo pensar de inmediato en el comienzo de una novela de Phillip K. Dick, no me refiero al servicio, sino a ese recurso tan propio de Dick de situarnos desde el vamos en su mundo del futuro a partir de un dispositivo o un detalle revelador, como el “órgano de ánimos” de Sueñan los androides con ovejas eléctricas que la esposa de Rick Deckard prefiere dejar en el dial de “depresión culposa”, o la tienda de antigüedades norteamericanas atendidas por el señor Childam en una Estados Unidos que perdió la Segunda Guerra y fue repartida entre alemanes y japoneses. Esos inicios nos sitúan en una ficción donde queda claro que algo trascendente ha pasado y las cosas ya no son como eran. Eso experimenté al leer el mensaje promocional que prometía el sello “AI-Free“. Imaginé lo que presupondría un lector de novelas de ciencia ficción de unas décadas atrás ante un comienzo similar: que las máquinas han, cuanto menos, emulado (si no superado ya) la capacidad creativa de los seres humanos y, tal vez más raro u original aún, que los seres humanos se empecinan en seguir consumiendo contenidos producidos por otros seres humanos, acaso con la misma melancolía nostálgica con la que un oficial japonés busca adquirir una reliquia norteamericana o la esposa de un blade runner se deprime ante el oficio de su marido: perseguir y destruir replicantes. 

Ciencia y ficción

No es novedad que los años dorados de la ciencia ficción parecen haber quedado atrás y no hay nada que lamentar al respecto: sabemos de sobra que el surgimiento y la decadencia de los géneros obedecen a condiciones históricas de producción. No podría existir la novela policial sin la invención estatal de la policía y su figura estelar: el detective. Tal vez resulte más interesante indagar en los motivos del declive del género. Tenemos por un lado la localización temporal de muchos clásicos del género en un “futuro” que a nosotros ya se nos hace pasado, desde 1984 en adelante, Sueñan los androides… comienza un 3 de enero de 1992 y el 2001 nos deparó más corralitos que odiseas en el espacio. Por otra parte sucede algo que se hace más patente para los nacidos y criados en el viejo mundo analógico: el hecho de llevar en el bolsillo una supercomputadora con cientos de funciones y a la que por pereza o anacronismo nombramos por una de ellas: el teléfono celular, el acceso a toda la información, comunicación y conocimiento disponibles a través de internet, incluso cosas más simples, como haber pasado del cospel y las monedas a pagar todos los viajes con una tarjeta magnética. Y como si esto no bastara ahora la convivencia con máquinas que piensan, que crean, ¿que cobrarán conciencia? La conclusión se cae de maduro: ya no escribimos ciencia ficción porque vivimos inmersos en ella.

Ciencia ficción

Se dirá que se siguen escribiendo y publicando novelas de ciencia ficción, que las series y las películas. Pienso que, en general, esas obras son menos ciencia ficción que ficción especulativa, producto de trazar porvenires posibles sobre ciertas tendencias ya presentes; y así como hablamos de ficciones sobre el “pasado reciente”, podríamos pensar en su correlato: novelas series y películas sobre el “futuro inminente”, de las que muchos episodios de Black mirror o numerosos cuentos de Ted Chiang, serían el modelo. Interrogar el catálogo de la ciencia ficción para cotejar su futuro con nuestro presente y evaluar aciertos y fracasos en sus vaticinios es un ejercicio completamente fútil. Mucho más productivo es indagar el género para ver hasta qué punto ha colaborado con moldear el mundo en que vivimos y, mejor aún, para ayudarnos a comprenderlo. En el primer aspecto no cabe duda de que muchas de sus obras han funcionado como ficciones orientadoras de lo real: el submarino y los viajes estelares se originaron en las novelas de Julio Verne, los satélites despegaron de las páginas de Arthur C. Clarke, el “ciberespacio” fue desarrollado en el laboratorio de la imaginación de William Gibson y presentado en Neuromante, la novela que funda el cyberpunk. En ese sentido podríamos afirmar que habitamos Un mundo feliz a la manera de Huxley, con el soma dopamínico que nos suministran las redes sociales, pero con un nivel de vigilancia propio de 1984, si bien anhelamos exhibirnos y nos ofrecemos de buen grado al control de compañías o Estados, bajo una lógica en la que no ser visto equivale a no existir socialmente. Por otra parte, las ficciones paranoicas de Phillip Dick, en las que sus protagonistas pierden las coordenadas de la realidad o sospechan estar habitando una hecha a la medida de sus deseos y temores se parece cada vez más a la existencia contemporánea.

Ciencia ficción y capitalismo

En su ensayo Ciencia ficción capitalista Michel Nieva acierta al plantear cómo el capitalismo tecnológico se apropió del imaginario del género para utilizarlo a su favor y legitimar sus proyectos. Elon Musk es el paladín en la materia con su aventura de colonizar Marte y su plan para poner en órbita centros de datos de IA, extendiendo la apropiación capitalista del espacio exterior y aumentando los niveles ya críticos de basura espacial en la órbita terrestre. Otra obsesión sci-fi de los tecnomagnates es la de derrotar a la muerte y volverse inmortales (o cuanto menos milenarios) a través de costosísimos tratamientos que solo ellos puedan pagar, en un devenir poshumano que a la brecha económica añada otra de carácter biológico. Nuestro fugaz vecino Peter Thiel es uno de sus principales impulsores y ya cuenta con un territorio propio y libre de molestas regulaciones bioéticas para la investigación en la ciudad de Prospera, un auténtico enclave biotecnológico en Honduras (y vaya uno a saber qué sueños fríos y húmedos le despierta la Patagonia argentina). Estos proyectos van a contramano de procurar la remediación del planeta tierra, más bien al contrario, se alimentan de la perspectiva catastrófica, que justificaría la fuga espacial y la necesidad de mantener con vida durante muchísimo tiempo a la tripulación de las cosmonaves que exploren el cosmos en busca de planetas habitables.

Tecnofeudalismo y ficción

Lo que los tecnomagnates han hecho consiste en una sustracción del imaginario de la ciencia ficción para poner este activo simbólico a cotizar a su favor. Sacan provecho de la buena prensa de la que todavía goza la tecnología en tanto esquirlas de las promesas de progreso técnico de la modernidad. Acaso con la IA esta confianza sea puesta en cuestión (algo bastante raro desde la rebelión ludita contra la explotación de la revolución industrial, con la excepción del armamento nuclear). En todo caso, la imaginación proyectiva ha sido tomada por la distopía: una imagen invertida del progreso que sostiene que hacia adelante solo nos espera el declive, la crisis socioambiental, la guerra y el probable fin de la especie humana. El ideario distópico, conformado por un variopinto catálogo escatológico de posibles cataclismos y extinciones, consiste en otra apropiación del imaginario: uno que obtura la posibilidad de pensar otros futuros posibles que se sostengan sobre la biorremediación del planeta y propongan un nuevo contrato con la naturaleza basado en la cooperación y la simbiosis en lugar de la explotación y la competencia. Llega el momento de citar la archiconocida sentencia de Frederic Jameson que remixó Mark Fisher: “Resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, que Fisher samplea con el axioma neoliberal de Margaret Tatcher: “No hay alternativa”. Una se alimenta de la otra, en tanto “no hay alternativa”, no queda otra que asistir al agotamiento de los recursos naturales para garantizar la reproducción ampliada del Capital hasta que todo colapse. Así, ante el fracaso (o la obturación) de las utopías, la distopía se erige como único horizonte posible.

La IA vendría a añadir un nuevo ingrediente al cóctel distópico: ahora también podemos ser eliminados por nuestra propia tecnología una vez que esta cobre conciencia, lo que en el lenguaje técnico se denomina “singularidad” o Inteligencia Artificial General. La tecnología que nos destruye o nos sojuzga es una fantasía muy explorada, cito al pasar películas como 2001, Odisea en el espacio, Terminator, Juegos de guerra o Matrix. Pero los propios impulsores de la IA la agitan sin cesar: Elon Musk firma un petitorio que pide que se interrumpa el entrenamiento de Chat GPT 5, Darío Amodei afirma que en Anthropic no pueden reconstruir los razonamientos de su modelo y aparece junto al Papa Leon XIV cuando presenta su encíclica Magnifica Humanitas. La IA renueva esa pregunta por la técnica que, nunca terminamos de responder, mientras las compañías la imponen bajo la lógica del hecho consumado y el “escape hacia adelante” que caracteriza la relación del ser humano con su tecnología desde la invención del lenguaje, el dominio del fuego y la domesticación de plantas y animales. El peligro en todo caso no está en la IA sino en la lógica de rentabilidad, capitalización bursátil y tecnofeudalismo sobre los que se asienta su desarrollo y puesta en marcha. Tal vez la tan temida y agitada “singularidad” no revista en la conciencia de una nueva y poderosísima tecnología sino en que esta se encuentre en manos de un puñado de empresas privadas, sin control estatal ni de la sociedad civil y bajo el mandato de rentabilidad y capitalización de sus accionistas. Otra vez, la ficción de la maléfica tecnología como antagonista nos distrae del antagonismo real entre los señores tecnofeudales y los ciudadanos de a pie, sus vasallos.

Final ¿de temporada?

Más que a la singularidad, le temo a la sustracción de nuestra imaginación, un proceso de “secuestro cognitivo” que parece haberse iniciado con la llegada de los smartphones, las omnipresentes redes sociales y la “algoritmización de la vida”. La sociedad del rendimiento no deja lugar para el ocio, el encuentro, el aburrimiento “que incuba el huevo de la experiencia”, como decía Benjamin. Ahora la IA le propone a una generación criada en ese ecosistema digital pensar en su lugar, imaginar en su nombre. Nos han convencido de que era inútil imaginar un futuro si no mejor, acaso distinto, y ahora el futuro es diseñado por los Thiel, Musk y Altman de la vida, a imagen y semejanza de sus anhelos e intereses, que no son los nuestros. Pero si la ciencia ficción nos trajo hasta acá, tal vez pueda mostrarnos la vía de salida. Escuchemos las palabras de una matriarca de la tribu: Ursula K. Le Guin, que en su Teoría de la bolsa de la ficción señala que, en el arte de contar historias, nos hemos dejado encandilar por la historia de los héroes cazadores, incluso en la historia de la especie humana, al hacer hincapié en cuchillos, lanzas, puntas de flecha y hachas al pensar en las primeras herramientas, mientras dejábamos de lado las cestas, las canastas, las bolsas, los recipientes con los que nuestros antepasados nómades recolectaban su alimento. “Si la ciencia ficción es la mitología de la ciencia moderna, entonces su mito es trágico”, explica Le Guin, se trata de desbancar el relato del héroe (los grandes héroes cazadores de la tecnología: Musk, Thiel, Altman y compañía) y abrazar la historia de la ciencia “como una bolsa de cultura en lugar de un arma de dominación”. La historia de cómo los seres humanos aprendimos a cuidarnos entre nosotros, la historia del mundo como un bien común. Tendremos que aprender a contarnos ese relato si no queremos seguir condenados a interpretar el rol de extras de otra mala película apocalíptica.

Este ensayo es 100% de autoría humana, libre de Inteligencia Artificial.

*Magíster en Comunicación y Cultura y Licenciado en Comunicación Social, Universidad de Buenos Aires. Trabaja como periodista, escritor y docente. Se desempeña como docente de talleres de escritura creativa y académica en las universidades de Buenos Aires, Moreno y San Martín (UBA/UNM/UNSAM). En el ámbito editorial codirige, junto a Andrea Leiva, Larría Ediciones, editorial destinada a dar a conocer nuevas voces en la narrativa argentina. IG: @arielidez, X: @arielidez, Web: arielidez.com

Sep 3, 2026 | Ariel Idez

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Revista de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales de UBA. Un espacio de ensayo y exploración. Leamos, escribamos y conversemos.