Las feministas de internet no son tus amigas

Las redes sociales parecían democratizar la palabra y ampliar la participación política: nuevas voces, nuevas formas de organización y una gran capacidad para instalar temas en la agenda pública. Pero la misma arquitectura que amplificó nuestras demandas también premió nuestras peleas. ¿Qué sucede cuando el conflicto se convierte en contenido?
Por Estefanía Enzenhofer* 

¿Cómo pasamos de ser todo lo que está bien, una “marea verde que arrasa”, el actor político (perdón, la actora política) de la hora a costarnos elecciones y pasarnos un par de pueblos? ¿Cómo puede ser que Milei nos haya subido al ring y al resto de la sociedad argentina le haya importado poco y nada? Pasamos de organizar marchas multitudinarias a ser el remate del chiste que contaron en nuestro nombre.

A nuestros feminismos, las “redes sociales” no les cumplieron la promesa emancipatoria y democratizadora con la que irrumpieron en la escena pública. Aquella expectativa de una esfera digital capaz de distribuir la palabra, erosionar las jerarquías de los medios de comunicación tradicionales y ampliar los márgenes de la participación política fue cediendo, con el tiempo, ante la confirmación de que las plataformas no suspenden las relaciones de poder, sino que las reorganizan bajo nuevas reglas. La horizontalidad prometida convivió desde el principio con arquitecturas algorítmicas que premian la visibilidad, la controversia y la simplificación, moldeando las formas en que circulan las ideas y se construye el reconocimiento. 

Unas pequeñísimas aclaraciones: voy a estar tipeando “redes sociales” para referirme a la vida virtual que se lleva adelante en plataformas mediáticas diversas en esta etapa del post broadcasting. Parto también de la premisa que la sociedad argentina es estructuralmente machista: quienes deciden qué se hace, qué se financia, qué se publica y qué se recuerda por lo general son varones. 

¡Pero es verdad que hicimos bastante ruido hace unos años!

Entonces, ¿qué cambió? Voy a proponer una lectura a partir de seis hitos:

No paramos de pelearnos

La frase no me representa, el narcisismo de creerse la portavoz del movimiento, las depuraciones internas, el “elegir un bando”, la equivalencias entre luchas, lo anti anti y lo pro pro y todo lo que está en el medio. Ningún movimiento social amplio es un bloque homogéneo y el feminismo argentino no es la excepción: conviven ahí el feminismo popular y el liberal, el radical y distintas posturas sobre la inclusión trans, el institucional y el autonomista, generaciones que se formaron en tradiciones distintas y agendas que a veces se superponen y a veces compiten por recursos y atención. Esas diferencias son saludables: un movimiento sin fricciones internas suele ser un movimiento sin vida política real. El problema no es que existan las diferencias sino el modo en que se procesaron: cada vez con más frecuencia, una discrepancia teórica o táctica se transforma rápidamente en una acusación de traición al movimiento, y el desacuerdo deja de tramitarse como diálogo para tramitarse como expulsión de un movimiento que únicamente pide la autoadscripción para ser parte.

Festival cancelatorio

Maxi Prietto, Onda Vaga, Dante Palma, tu ídolo es un forro.com, Plácido Domingo, Juan Darthés (ahí teníamos un punto), Amalia Granata, Martín Cirio, Ari Paluch, Nacho Levy –levante la mano quién no ha sido cancelado alguna vez– lo más probable es que estén viviendo en relativa estabilidad porque son personas públicas y tienen a quién llamar por teléfono. Alcanzó con compartir la intensidad del momento. Por eso puede coexistir, sin ninguna contradicción, con la ausencia total de consecuencias institucionales para la persona cancelada: lo que se celebra no es la justicia sino la participación en el ritual. Esto tiene mucho más que ver con las lógicas de turba iracunda de internet que con los feminismos.

El giro victimista

Va de la mano con el festival del punto anterior, aunque no corrió exactamente en paralelo. Con este giro, cualquiera podía sentirse víctima de una agresión, a tal punto que algunas referentes se cansaron de repetir “si todo es violencia, nada lo es”. Cuando el status de víctima se convierte en un valor intrínseco, empieza a haber incentivos para reclamarlo aun cuando no corresponda.  

La institucionalización del feminismo

A días de que asumiera Alberto Fernández como presidente en el lejano 2019 se confirmó la creación del novel Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad. No fue muy efectivo, los problemas estructurales referidos a la violencia de género, brechas, desigualdades y probabilística femicida de la Argentina se tenían que resolver sin presupuesto real y entonces se volcaron a lo más simbólico: DNI no binario, cupo travesti-trans en el Estado y la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, presentado por el propio Ejecutivo pero haciendo pie en la marea verde y las luchas del colectivo LGBTQ+. Ni hablar de qué nos tocó atravesar una pandemia y todo lo que ya sabemos  nos olvidamos rápidamente. En definitiva: un decreto y dos leyes. La institucionalización no despolitiza automáticamente al feminismo, pero sí lo reorganiza en torno a otro tipo de poder más burocrático y presupuestario, además de generar interlocutoras más visibles a las cuales reclamar. Hay que decirlo todo, además, fuimos poco eficientes hasta con lo simbólico de esas tres medidas que impulsamos. 

El antifeminismo como política de Estado

Javier Milei no ocultó nunca el eje: hizo campaña con la idea de “batalla cultural” contra lo que llama “ideología de género”, se rodeó de referentes antifeministas como Agustín Laje y Nicolás Márquez y llevó esa retórica a escenarios internacionales. En enero de 2025, en su discurso en el Foro de Davos, cuestionó al feminismo y llegó a relativizar la gravedad del femicidio como figura penal agravada, descontextualizándolo de cualquier interpretación que contemple condiciones materiales de existencia. No es un desliz aislado: es la construcción sostenida de un relato donde el feminismo mismo —no la violencia machista— es el problema a combatir.

Voyeurs de panóptico

Todo lo anterior ocurre bajo la mirada de un público que participa sin arriesgar nada: los voyeurs del panóptico. Como en el diseño carcelario de Bentham, hay una posición central (¡quizás estés leyendo este artículo desde ahí ahora!) desde la cual se puede observar todas las celdas, todas las trincheras, todas las peleas, siempre y cuando nos lo permita nuestra capacidad de atención arruinada, sin que quien mira sea visto ni deba ocupar ninguna de ellas. 

No se trata solo de los sectores explícitamente antifeministas que disfrutan viendo “pelearse a las feministas entre ellas” como confirmación de sus propios prejuicios, se trata de una audiencia mucho más amplia que consume el conflicto ajeno como contenido: comenta, cita, screenshotea, arma hilos analizando la pelea de otras, pero no sostiene una posición pública propia en el tema, precisamente porque sabe que es volátil y tiene costo. Esta mirada no es inocente ni pasiva: al convertir el enfrentamiento en espectáculo consumible, retroalimenta exactamente la lógica de intensidad que las redes. El panóptico no sólo vigila: también pide contenido y las trincheras se lo dan.

Volvamos a la pregunta del principio: ¿cómo pasamos de marea verde a remate de chiste? Los seis hitos no son seis causas aisladas de esa caída. Son, en realidad, un solo mecanismo visto desde seis ángulos distintos: cada vez que el feminismo argentino tuvo que elegir entre construir poder real y ganar la pelea del día en la esfera pública, terminó, sistemáticamente, invirtiendo en lo segundo. No por elección consciente, sino porque las redes sociales premian exactamente eso: la intensidad de hoy por sobre la construcción de mediano plazo. Ahí está la pista que conecta todo: no paramos de pelearnos porque el formato mismo premia pelearse antes que construir.

Esa lógica explica también por qué la institucionalización terminó siendo tan poco eficiente. No alcanzó con tener ministerio: hubo que decidir en qué gastar la poca capacidad política real que había, y en general se eligió lo más visible y menos costoso fiscalmente, lo que rinde en un titular o un tuit, antes que lo estructural, lo que exige presupuesto sostenido y peleas silenciosas de varios años dentro de la coalición de gobierno. Tres medidas, y no mucho más, en cuatro años de gestión con ministerio propio. Esa misma fragilidad —construida sobre lo simbólico, dependiente de la voluntad de un gobierno de turno, sin anclaje en un consenso social mayoritario— fue exactamente lo que permitió que el antifeminismo de Estado desarmara todo en meses, no en años. Se necesitó una década para instalar la agenda; alcanzó con un patrón sostenido durante la campaña del 2023 y dos decretos para desmontarla.

Y ahí es donde el panóptico deja de ser una metáfora y se vuelve el dato central. Mientras discutíamos entre nosotras quién tenía razón, quién traicionaba, a quién había que cancelar esta semana había una audiencia mucho más amplia mirando todo eso desde afuera, sin participar, sacando una sola conclusión: que el feminismo era más un espectáculo de conflicto permanente que un proyecto político serio de país. Lo peor es que el policiamiento llega desde todos lados: hay sobrados ejemplos de contenido semifeminista que dicta cómo una debe verse, comportarse o sentirse una mujer “empoderada”. Esas audiencias no militaban en nuestra contra. Simplemente miraban, sacaban sus propias conclusiones, y un día dejaron de defendernos en la mesa familiar del domingo.

Ninguna de estas dinámicas es exclusivamente del feminismo ni exclusivamente argentina: la lógica de las plataformas hace lo mismo con cualquier movimiento social que dependa de ellas para visibilizarse. Pero reconocerlo no nos exime de la pregunta incómoda: ¿qué parte de esto era inevitable, producto de una arquitectura digital que no elegimos, y qué parte fue una elección nuestra, repetida miles de veces, de priorizar la trinchera por sobre la construcción? Si la respuesta es que fueron las dos cosas a la vez, entonces el desafío que queda no es dejar de pelearnos (eso sería pedirle a un movimiento vivo que deje de estar vivo) sino emprender la difícil tarea de distinguir cuándo una pelea interna fortalece el proyecto político y cuándo solo le da de comer a la lógica rimbombante de las redes sociales. No es una distinción que se resuelve de una vez, ni una que vayamos a acertar siempre. Es más, diría que casi nunca. 

La marea bajó, sí. Pero las mareas, como sabemos bien quienes venimos de ahí, también vuelven. 

* Comunicóloga, militante de la conversación y docente universitaria. Viene amenazando hace tiempo con terminar su segunda novela. El año que tuvo su primer brote de esclerosis múltiple coincidió con la primera movilización de Ni Una Menos.

Sep 3, 2026 | Estefanía Enzenhofer

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