En un presente signado por el avance del autoritarismo, el capitalismo de vigilancia y las tecnologías predictivas, las militancias enfrentan desafíos inéditos. Algoritmos y sistemas de inteligencia artificial no solo monetizan datos, sino que reconfiguran la experiencia social bajo la lógica del control y la eficiencia. Frente a este escenario, el ensayo invita a defender lo vital: esa dimensión imprevista donde habitan la imaginación, el conflicto y la posibilidad de transformación.
Por María Victoria Santos*
Ante la creciente legitimación social de grupos con ideas fascistas y liberales en el país y el mundo, el plan económico de saqueo y empobrecimiento, los ataques a nuestra soberanía y democracia, es urgente reconocer, fortalecer e imaginar colectivamente resistencias y alternativas. Para eso, es necesario definir y comprender el escenario cultural, tecnológico y político donde crecen iniciativas que defienden lo vital.
Inmersas en el capitalismo de vigilancia – que datifica la experiencia humana-, las militancias desafían las expectativas y operaciones que tecnologías que pretenden predecir la vida posibilitan, promueven y, sobre todo, monetizan.
Plataformas, dispositivos, algoritmos y sistemas no sólo vulneran derechos humanos elementales, también suponen la orientación de la sociedad y de lo común a la acumulación del capital. Estas tecnologías predictivas inciden e influyen en la percepción del tiempo y espacio, afectando las formas de experimentar el pasado, el presente y el futuro tanto colectiva como individualmente. Pero a la militancia le incumbe principalmente el futuro, en tanto es la dimensión que cree y promete transformar con sus acciones (sin poder explicar bien qué, afortunadamente). La “ventaja” de los productos predictivos es que también prometen, pero de la mano de la previsibilidad, la ausencia de conflicto o tendencia a la automatización de todo proceso (el triunfo del lucro cómo único criterio de construcción social), eficiencia y eficacia.
En este sentido, las militancias, agotadas y precarizadas, pueden fortalecerse y vigorizarse, relativizando algunos sentidos comunes en torno a la tecnología y a los alcances del capitalismo de vigilancia. Por un lado, desde la certeza de que los procesos de subjetivación disputan constantemente esa pretendida automatización. Por otro lado, rememorando que algunas tensiones y preocupaciones acerca de la técnica ya han ocurrido a lo largo de la historia, y aún así, seguimos acá.
En definitiva, militar lo vital es defender la posibilidad misma de lo incierto, de lo incognoscible, de lo desconocido. La convicción de que no hay modelo o receta, de que no se trata de saberlo todo, sino de magia y fe en este recorrido sisifense que llamamos vida.
Militar la vida ante la predicción algorítmica
Varias escenas se suceden y se superponen de manera aparentemente aleatoria. Niñeces preocupadas por la cantidad de seguidores; peones rurales intentando forzosamente acceder a una consulta por telemedicina; perdones y permisos en un tren estallado caen en oídos ocupados por auriculares; un abuelo da su clave bancaria sin querer; un algoritmo procesa y diagnostica un resultado de laboratorio; un match dirime una búsqueda afectiva; un encuentro deportivo es oportunidad de guita (y adicción); un diputado se transmite en vivo en una situación erótica; una app indica los ingredientes de una comida; el smartphone registra tu geolocalización constantemente (sabé que podés configurarlo para que no lo haga).
¿Cuándo comenzó a vivirse a través de pantallas? Después de la pandemia algo que ya venía pasando se intensificó: más y más actividades e intercambios de la vida se trasladaron (o fueron sustraídos) parcial o completamente a entornos digitales. Por necesidad, por comodidad, por conveniencia, por fascinación, por depresión, a esta altura es irrelevante. Importa en tanto se ha transformado a tal nivel la cotidianidad, que las “viejas” maneras de interpretar y accionar en el mundo deben también cambiar.
Mientras todo puede ser falso y las teorías conspirativas multiplican un efusivo individualismo autoritario, crece la legitimación social de grupos e ideas fascistas y liberales en el país y el mundo; facilitando y justificando, en el caso argentino, el plan económico de ajuste y saqueo, junto con el empobrecimiento de la soberanía y la democracia en pos del lucro. Y es en este escenario donde actúan aquellas personas que buscan defender la vida de las nuevas formas de explotación, fragmentación y desencanto.
Gran hermano te está mirando
Si bien el pueblo tiene claro que “no todo es guita”, avanzan dinámicas que, mediante una vigilancia que años atrás bien podía ser una pesadilla orwelliana, hoy predominan hábitos, deseos y angustias en materia prima. No es nuevo que el merchandising de una película o un equipo de fútbol lucre con las emociones; lo que sí es novedoso es la promesa latente –y la urgencia estructural- de generar rendimientos hasta con las fotos familiares. Tampoco es casual que proyectos políticos cercanos a ideas y valores fascistas deslizaran, en campaña presidencial, la venta de órganos como una “oportunidad comercial”. Subyace, no tan solapadamente, que todo tiene un precio.
En este sentido, si el tiempo es dinero, y si ya eran difusos los límites entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio, el capitalismo de vigilancia y la masificación de dispositivos tecnológicos no encuentra distinción entre ámbito público o privado, dormir o comer un helado. Aunque con el auge de internet allá por los 2000, las ilusiones de democratización generaron que muchos consumidores desafiaran a las cadenas mainstream mediante producciones independientes, la tendencia actual es menos auspiciosa. Nunca antes acordamos tantos términos y condiciones para participar de la panacea virtual. Somos productores, con cada click o scrolleo, de nuestro propio segmento social en el mundo
digital, querámoslo o no.
Las obras culturales se vuelven contenidos, las singularidades se vuelven perfiles, los diálogos se vuelven interacciones. Plataformas, dispositivos y aplicaciones registran tráficos y orientan conductas, contabilizando mediante instrumentos técnicos e informáticos -cuyos modos de funcionamiento desconocemos- cada uno de nuestros movimientos en los entornos digitales. Así, empresas privadas extranjeras van construyendo paquetes de datos tan inmensos, que lo que producen es la promesa de poder prever cualquier cosa que se les pida. No sólo vulneran derechos humanos, sino que suponen la orientación de la sociedad y de lo común a la acumulación del capital. Hay algo llamado mercados de futuros conductuales, en los cuales gente como Peter Thiel, Elon Musk y un puñado de tipos blancos heterocis compran nuestros futuros como vos comprás una birra en el chino.
Para comprender no sólo el origen, sino las lógicas de estas nuevas interacciones, o mejor dicho transacciones, es imprescindible no perder de vista que los intereses y relaciones de fuerza humanas son parte constitutiva de estas tecnologías. La desesperación que genera reclamarle algo a un bot que una y otra vez no logra comprendernos no es neutral, es una decisión política sobre cómo organizar, articular y elaborar problemas y prácticas de la vida diaria. Inmersas en este capitalismo de vigilancia -cuyo objetivo es datificar la totalidad de la experiencia humana-, las militancias desafían las expectativas y operaciones que las tecnologías digitales posibilitan, promueven y, sobre todo, monetizan.
La mayor dificultad no reside en enfrentar al poder del selecto grupo de millonarios (eso siempre fue complejo), sino en transformar las experiencias fragmentadas, interpretaciones reaccionarias, vínculos oportunistas e intercambios apáticos y desenfrenados que el uso intensivo de dispositivos tecnológicos y entornos digitales va consolidando en nuestras sociedades.
Si bien ha bajado la espuma sobre las “maravillas” que la IA prometía realizar (¿quién no la corrigió?), lo que sí ha logrado es convencernos de que todo, o casi todo, puede hacerse o resolverse en segundos. Limitaciones, sesgos, falacias y vulnerabilidades parecen no mellar la creencia en la supuesta perfección operativa de apps y plataformas, cuya razón y neutralidad parecen ser el terminator de la ilustración.
No sólo invisibilizan y mistifican procesos de producción y conocimiento humano – robado incluso-, sino que impactan formativamente en cómo experimentamos tiempo y espacio. Estamos acá, pero al mismo tiempo viendo videos, mostrando un qr, leyendo un mail de laburo y sacando una selfie. Por ahí para quienes maternan y paternan el multitasking no sea nuevo, pero bien conocen el costo de la fragmentación de la capacidad de atención. Ahora imaginen eso a nivel global.
Conexiones aisladas, espontaneidad marchita y la constante sensación de tener que aprovechar, hacen de una visita casual a tomar mate una odisea. Perdimos -otres dirían expandimos- ese aquí y ahora que anclaba nuestra cotidianidad. No sólo, pero gracias a la precariedad del multiempleo y al ajuste del tiempo disponible, la velocidad es otra, cruel en relación a los procesos biológicos y psíquicos. Adaptarse a esa temporalidad implica un esfuerzo que no todes pueden y quieren hacer, pero sí sienten frustración si no funciona, mérito cuando sí, pero siempre como deber ser.
Esta vorágine permea la memoria (devenida apps), afectando el desarrollo cognitivo y dificultando experimentar la vida como
un recorrido sinérgico, y no la suma de sucesos disociados.
Urge reconocer y debatir colectivamente cómo lidiamos con estas problemáticas, sin individualizar la responsabilidad del malestar -un objetivo del capital-, expandiendo lo que entendemos por contexto, y considerando las condiciones materiales, culturales y anímicas de las personas. Si no estaríamos aceptando el “fin de la historia”, el triunfo melancólico de lo viejo. Pero aún hay militantes que se organizan para transformar la realidad en clubes de barrio, unidades básicas, centros culturales, sindicatos, o comedores. Estas personas pueden no coincidir ideológicamente, pero convergen en la convicción de defender la posibilidad del acontecimiento de la predicción algorítmica. Por más previsión conductual que prometa el tecnofeudalismo, la militancia defiende lo imponderable, las pasiones alegres, la incertidumbre de lo vivo. ¿Cómo hacen para no dejar de insistir en que otro mundo es posible? Encuentran y tensionan las formas en las que es viable no sólo relativizar sino hackear esta amalgama de algoritmos que nos atraviesan.
En primer lugar, haciendo memoria -como sabemos en este país- de las luchas por la técnica, que no son nuevas; y que cada objeto técnico es en sí mismo una reedición de procesos y conflictos sociales. Con cada “avance” tecnológico afloran imaginarios utópicos y distópicos a la par; mientras para la mayoría la distancia con aspiradoras robot o autos autónomos es abismal. Así como los obreros fabriles no fueron instantáneamente sustituidos, otras predicciones del mundo digital tampoco ocurrieron, y distintas temporalidades conviven inexorablemente. Basta considerar que, hasta hace no muchos años, no había vacunas o cómo se predecía la muerte del cine con la aparición de la televisión. Incluso hoy en día vale la pena mirar cuántas personas acceden a wifi en Argentina, para dimensionar lo heterogénea que es la implementación de ciertos objetos o técnicas. Y sino, “google Calculating Empires”.
Al respecto, es necesario reconocer, valorar y defender -como Stallone en El Demoledor- aquellas instancias de lo social que se buscan automatizar o resolver mediante cálculos de rendimiento y estadísticas de lucro. Por ejemplo, en acuerdos -formales o no- necesarios para la organización, coordinación y desarrollo de actividades (una división de gastos, un sorteo, una tarea escolar, una ruta) sin prescindir de momentos de diálogo, costumbres y equivocaciones del vivir, cuyas resoluciones no siempre responden a lo que conviene. Los deseos, sueños y afectos no pueden explicarse, diseccionarse, automatizarse, menos predecirse.
A nivel macro, la democracia representativa aún cuenta con una estructura legal que permite y condiciona algunas de las prácticas virtuales, aunque hay que admitir que no es un marco ideal. En todo caso, la militancia defiende no sólo el derecho legítimo a la discusión, sino las condiciones mismas que son necesarias para que esa discusión tenga lugar y sea efectivamente transformadora. ¿Significa esto la desinstalación de aplicaciones que “ayudan” en alguna tarea o actividad cotidiana? Por supuesto que no, pero sí la reflexión sobre su uso, sus implicancias en vínculos y relaciones, la imaginación y creación de otras alternativas, la discusión del marco legal, la capacitación y apoyo a quienes lo necesiten. En definitiva, se trata de aceptar que las nuevas tecnologías ya son parte tanto de nuestro entorno como de nosotres mismes, y que transformar las estructuras desiguales implica comprender y discutir
estas dos instancias como interrelacionadas y mutuamente determinantes.
La militancia por la vida encarna esa tensión indispensable entre tener un horizonte, pero, al contrario de los mercados futuros, no poder ni querer definirlo completamente. Un poco por la versatilidad que el contexto santifica y exige, pero fundamentalmente desde la aceptación y defensa de un grado de desconocimiento estructural del mundo. Implica el riesgo de asumir compromisos ante un futuro impredecible, pero también fé. Esta irresolución no funciona como una utopía, sino como un estar siendo capaz de identificar lo que no quiere ser, al mismo tiempo que habita la contingencia constante sobre lo que sí, construyendo colectivamente certezas transitorias -Las Malvinas son argentinas-.
No hay libertad posible sin incertidumbre; pero cuando ocurran bellos milagros no salgamos corriendo a explicarlos, abracémonos, cantemos y brindemos que esta vida sisifense tiene una bajada por cada subida.
* Licenciada y profesora en Ciencias de la Comunicación Social, proto-magíster en Comunicación y Cultura. Sí, todo en FSOC. Habito e investigo cuerpos, militancia y feminismos. Intento acercar territorio y academia, so-portando las contradicciones diría Federico. Ig @santosmvick






