Entre fronteras, expulsiones y supuestas promesas de orden, Buenos Aires reactualiza viejos imaginarios a partir del análisis de las estrategias comunicaciones del actual gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. El ensayo de Silvia Hernández explora las capas de esa escena para preguntarse qué memorias laten bajo el presente y qué otros horizontes urbanos aún pueden imaginarse.
Por Silvia Hernández*
En los últimos meses viene comentándose el inusitado bombardeo de correos electrónicos del Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Jorge Macri, en la casilla de cada porteño mostrando desalojos, expulsiones, centros de monitoreo, calles militarizadas. Complementados con una agresiva –en los dos sentidos de la palabra- campaña pública callejera donde se contraponen el antes del caos y el ahora del orden, en estos mensajes se escenifica con crudeza una ciudad marcada por el ensañamiento y la violencia contra los más desprotegidos.
Lejos estamos ya de las retóricas del green y pink washing con el que su predecesor, Horacio Rodríguez Larreta, barnizaba sus intervenciones urbanas. Aquella escena cosmopolita, de urbanitas de caretaje asumido, hiperconectados, saludables, portadores solo de sus nombres de pila como adanes venidos al mundo de la nada, dio paso a una escena explícitamente áspera, militarizada, donde la inclemencia es virtud.
Algunos aplaudirán, otros nos miraremos con espanto. Habrá quien diga, no sin algo de razón, que se trata de una escenificación política, un poco real, un poco cosmética, acorde a los tiempos de autoritarismo cruel reinante a todo nivel. Habrá quien diga, no sin algo de razón, que antes de las elecciones de 2025 la consabida “inseguridad” le ganaba por lejos en las encuestas a otras preocupaciones de los porteños. Habrá quien diga, no sin algo de razón, que el espectro conurbanense se alimenta de la confrontación política con el gobierno provincial.
Pero siempre, en todo, hay más: las cuerdas de ciertos afectos históricos resuenan en este recalcitrante espectáculo matón. El miedo de turno que lubrica el engranaje represivo en la ciudad no es tanto el de la vociferada “inseguridad”, si por ella nos referimos al miedo subjetivo al delito o la violencia, sino uno mucho más antiguo: el de la invasión. Miedo disponible para echar mano cuando las circunstancias lo requieran, y que nunca falte el update que lo ponga a la altura de los tiempos: el malón, los cabecitas negras, la inmigración descontrolada. “No queremos que lo peor del conurbano se instale entre nosotros”, agrega Jorge Macri.
Toda ciudad, aunque por definición tendamos a olvidarlo, está poblada por espectros que brotan de los escombros enterrados, de la basura compactada, del barro apisonado, de los huesos disimulados que rellenan el suelo sobre los que se erige su siempre radiante novedad. En nuestras latitudes, sous le pavé, la pampa o, peor, la llanura, ese espacio informe e ilimitado, nos recuerda Saer, que solo a fuerza de bala y alambre pudo dejar de ser desierto para convertirse en campo. Una publicidad de 1980, en ocasión de los festejos por los 400 años de la segunda fundación de Buenos Aires, ofrecía una galería de retratos de intelectuales y artistas –blancos- y rezaba: “Estas son algunas de las personas que, en solo 400 años, transformaron un puerto destruido por los indios en una de las más grandes y personales ciudades del mundo”. Más expresión de deseo que proyecto concluido, el mantra del asedio estará llamado a volver como vocación de conjuro de los males de la llanura cada vez que la plenitud linchadora de las identidades se convierta en un bien político de primera necesidad.
La “Operación Muro”, con la que el gobierno de la ciudad de Buenos Aires busca “blindar” los accesos provenientes de sus alrededores con el supuesto objetivo de prevenir el delito, empasta políticamente tres formas de la frontera: la geográfica, que separa la ciudad de la provincia de Buenos Aires; la política, que opone la gestión de Macri a la de Kicillof, y la moral: “Para nosotros hay una línea bien trazada: de este lado la gente buena y enfrente los delincuentes”. La metáfora espacial elabora un espacio de dos veredas, la del bien y la del mal, la de la ciudad y el conurbano, la del orden y el desgobierno. Cómo no recordar el fallido proyecto de Alsina de trazar una zanja que separase la civilización de la barbarie, zanja que, dice Mario Rufer, sigue alimentando la imaginación contemporánea en la que se reinscriben los territorios concebidos como bárbaros. Sabido es que el fracaso de la zanja dio paso al Remington roquista. Agrega Macri: “Si vienen de la provincia de Buenos Aires, los vamos a ir a buscar”.
La vecindad autoritaria repite el principio de inviolabilidad de sus fronteras, pero ella no es nada sin aquello que las amenaza. Y si la invasión suele identificarse como venida de ese afuera indómito, ella puede también, como los yuyos, salir de abajo de la tierra, manifestarse como una exterioridad sin nombre propio que, sin embargo, osa crecer entre los malvones bien regados del jardín. “Es el miedo a los campos que yacen bajo el pavimento, como si de pronto pudieran surgir hordas que nos pasaran a cuchillo; como si lo que tenemos y amamos nos pudiera ser arrancado en nombre de un derecho bárbaro e inclemente”, inicia Ezequiel Martínez de Estada su ensayo La cabeza de Goliat. Por eso, la llamada operación “Tormenta negra” que asoló policialmente los barrios populares de la ciudad pudo tener, para Macri, “un solo objetivo: proteger el estilo de vida de la Ciudad de Buenos Aires“. Cuestión de estilo de vida fue también el formidable traspaso de zonas altamente rentables al mercado inmobiliario resultante del plan de “erradicación de villas miseria” durante la última dictadura cívico-militar. Aquel “despejamiento” de terrenos intraurbanos, donde el estilo de vida se explicó con rifle y topadora, expulsó de la ciudad a 200.000 personas. “El tema de las villas no se limita a un problema de vivienda: implica la falta de asimilación de las pautas de vida ciudadana”, decía una publicación de La Razón de 1981 donde se realizaba un balance de la gestión del Brigadier Osvaldo Cacciatore, al frente del municipio desde 1976. Aquella asimilación, se aclaraba, no se produce con la mejora habitacional, pues esta gente es incorregible: “los pobladores no adquieren conciencia sobre el concepto de propiedad o las normas mínimas de higiene”.
Parcial sería dejar de lado la política afirmativa, porque no sólo de degüellos vive el hombre. Las delicias de la cultura y de la belleza urbana, pero también la celeridad y eficiencia de los servicios públicos, son las imaginaciones que justifican la distinción: “La Ciudad no va a ser más la prepaga gratuita de ningún extranjero”. Buenos Aires para los porteños: la ciudad más linda del mundo pide contraseña. Medidas de gobierno como la prioridad en los turnos en dependencias públicas para domiciliados en la ciudad, o la gratuidad para “residentes” distinguida del arancelamiento para “argentinos” en el Ecoparque, son buena ocasión para afirmar la primacía del porteño, tanto en la fila del banco como en los altares morales y estéticos de la humanidad.
En la bisagra del milenio, a poco de los sucesos de diciembre de 2001 donde la ciudad fue el soporte brutal del doble teatro -el de los cuerpos desechados del neoliberalismo y el de la batalla campal- decía Christian Ferrer que el mito de la ciudad de Buenos Aires -ese que, vinculado a un proyecto de nación aún pendiente, le daba su cuota de prosperidad cultural- estaba agotado. Tal vez antes, con el declive a fines de la década de 1970 de la tradición modernizadora-planificadora, que dio paso a una combinación explosiva entre privatización, financiarización y endeudamiento. El quiebre definitivo de la esperanza postdictatorial sobre la ciudad como espacio de resurgimiento democrático y la consagración del más llano vecinalismo de trinchera en las últimas décadas agregaron lo suyo: tal vez eso explique que el eslogan de Macri solo refiera al orden, sin tener que rendir cuentas sobre ni la más mínima cuota de progreso. Ninguna esperanza, ningún mito capaz de producir imágenes de porvenir.
Si cuando la ocasión es propicia, los fantasmas hablan, será ahora el momento de movilizar hebras imaginarias que rescaten otras memorias y permitan vislumbrar la escena de una ciudad solidaria, justa, de cultura pública y ciudadanía movilizada que, sin producir una forma vintage de nostalgia mercantilizada, rescate lo mejor de nuestra historia urbana y cultural para dar lugar a algo nuevo.
* Doctora en Ciencias Sociales, investigadora del CONICET y docente universitaria. Dicen quienes la han visto que puede permanecer horas revisando papeles viejos sin ni siquiera pestañear.






