¿Es solo un Rock and Roll del país?

La despedida del Indio Solari fue mucho más que un funeral multitudinario: fue la confirmación de una comunidad forjada durante décadas alrededor de una experiencia compartida. A partir de esa última misa ricotera, este texto reflexiona sobre la fuerza de los rituales colectivos, el cuidado entre desconocidos y la necesidad de recuperar los lazos sociales en tiempos atravesados por el individualismo, la fragmentación y la soledad.
Por Daniela Moreira*

Viernes 5 de junio. Llego de entrenar y engancho la radio por YouTube, como todos los días, la noticia me sacude: murió el Indio, dice el zócalo. Hablo primero con mi familia, después con mi amigo más ricotero, y termino con mi mejor amiga. Ese día no fui a Plaza de Mayo. Dos días después fui a Villa Domínico.

Pasada una semana una amiga me pregunta: “¿Por qué no pasó nada?”. Un millón de personas haciendo fila por horas tomando frío, alcohol y algo más, por momentos bajo una lluvia que no mojaba realmente, puede ser una receta para el desastre en una sociedad cada vez más intolerante, impaciente y violenta. Pero la respuesta no es fácil de explicar: no se puede entender el fenómeno del público ricotero sin haber participado de un ritual. ¿Cómo le explico que de adolescente viajé 7 horas apretada en un micro con mi mejor amiga y veinte desconocidos, y lo único que sentía era la ansiedad de llegar? ¿Cómo le explico que una persona con su hijo de 5 años puede estar al lado de otra dada vuelta y terminar abrazados los tres, saltando y cantando? Hay cosas que solo se comprenden cuando pasan por el cuerpo, cuando son experiencias vividas en primera persona.

Algo se generaba en los recitales y se replicó en la última misa con El Mister: ahí nos encontramos todos. El pibe de los astilleros, los que crecieron a la par de Los Redondos, los que llegamos tarde y disfrutamos post separación, Susanita, los que escucharon siempre desde sus casas porque no les alcanzaba para una entrada, los que viajaron a todos lados, los que iban solos, los que iban con amigos, los de las familias, hijos, nietos, los periodistas, los militantes, los apolíticos, la piba con la remera de Greenpeace, los políticos, los famosos, toda la heterogeneidad que no estamos acostumbrados a percibir en un mundo cada vez más individualista. Durkheim llamó efervescencia colectiva a eso que se genera cuando los cuerpos se juntan y algo mayor los atraviesa; aunque él lo pensó para rituales religiosos, la misa ricotera tiene más de eso de lo que parece.

Me acuerdo cuando fuimos al recital en Gualeguaychú, estuvimos más de seis horas en un auto con mi viejo, mi hermano y su amigo, en una fila que no avanzaba pero que no se alteraba. La tensión de la espera no dio lugar al caos sino al encuentro con los otros: los del auto de adelante que tomaban mate, nosotros que proporcionábamos las galletitas, los del auto de atrás con la birra y los parlantes a todo lo que daba, las chicas que nos escapábamos atrás de un árbol para poder ir al baño. Claro que había molestias, con la organización, con la ciudad, pero nunca con los demás ricoteros, nunca con el Indio. El público ricotero sabe esperar, y compartir la espera.

No quiero idealizar: también estuve en Olavarría y el caos y la desesperación fueron reales. Otra vez la mala organización, un espacio no preparado para la masividad del evento y la desinformación de lo sucedido que trascendió en los medios. Esos medios que nunca entendieron el fenómeno, que ni siquiera ante la partida de su referente pudieron ver más allá del prejuicio sobre “los ricoteros”, “las masas”, “el pueblo”, o como lo quieran denominar. Las/les/los que fuimos a su despedida, autoconvocada y/o organizada, nos comportamos como un público respetable.

Apenas me enteré del lugar de la despedida, escribí en el grupo de mi familia. Llegamos con mi hermano a Dominico alrededor de las 12 del mediodía. Ir a ver al Indio era algo que compartíamos con él y mi viejo, como ir a la cancha, pero sin tanto sufrimiento. La idea era estar ahí cuando el fuego crezca, el fuego de la comunidad ricotera despidiendo con banderas, música y amor a un desconocido conocido que marcó sus vidas. Todos los que fuimos, independientemente de si quisimos o pudimos entrar al predio, necesitábamos ese abrazo colectivo para contrarrestar el dolor de la partida de quien nos dio las palabras que necesitábamos en el momento que las necesitábamos.Palabras que hoy quedan en nuestra piel y en nuestra identidad como un tatuaje imborrable. Buscábamos alguien que nos dijera me voy a comer tu dolor

Fuimos hasta el inicio de la fila, donde estaban las pantallas que mostraban a la gente pasando a decirle adiós. La procesión interminable, las canciones, las banderas, el humo y el olor de las parrillas, los gritos de quienes ofrecen comida y bebidas varias, las risas, los llantos, los abrazos, las parejas, los padres con sus hijos, los abuelos con sus nietos, los grupos de amigos, las camisetas de fútbol de diversos clubes, algunas bengalas perdidas en la marea humana mancomunada en la ceremonia. Una misa ricotera, alegre y triste a la vez; porque las despedidas son esos dolores dulces.

Lloré de a momentos. Me emocionaba ver las diferentes formas en que la gente se despedía: gritando gracias, llorando, dejando remeras o banderas que usaron en recitales, haciendo una reverencia, persignándose, cantando y saltando solos o en grupo, con la cadencia de los recitales, dejando flores, estampitas, y muchas cosas que no llegué a identificar en la pantalla gigante montada en las afueras del predio. Cada gesto era distinto y sin embargo todos decían lo mismo: gracias por lo que nos diste, y gracias por lo que hicimos juntos. Porque lo que se había construido en esas misas merecía ser reconocido, valorado, despedido con la altura de lo que fue.

Vi a mi hermano llorar de costado, pero lo dejé tener su momento. Luego nos abrazamos, un par de lágrimas más cayeron como sin querer, pero rápidamente nos encontramos cantando a los gritos y saltando para exorcizar la tristeza. Hablamos con mucha gente que no conocíamos: nos contamos cómo nos enteramos de LA noticia, qué nos generaba el Indio, Los Redondos, si llegamos a verlos en vivo, a cuántos recitales fuimos, con quiénes, cómo se sigue sin nuestro único héroe en este lío.

Las distintas experiencias coincidían en algo: la magia que se generaba en ese momento juntos, la mística de cada recital, ese compartir la misma experiencia. Y en esas conversaciones con desconocidos, en ese respeto mutuo por el dolor ajeno, en ese cuidado espontáneo que nadie organizó, pero todos ejercieron, estaba también la respuesta a la pregunta de mi amiga.

En una sociedad que tiende a separarnos cada vez más, donde todo lo que consumimos está customizado por un algoritmo que define lo que nos gusta y los nichos son cada vez más chicos, no puedo evitar preguntarme: ¿dónde se volverá a generar este tipo de experiencia colectiva? No hablo de recitales masivos que se consumen y descartan como una historia de Instagram, donde se va para tener el contenido y no para escuchar con los propios sentidos. Hablo de experiencias compartidas que nos trasciendan, que generen ese ethos que nos aúna a pesar de las diferencias y nos hagan actuar juntos por un bien común.

Me preocupa los niveles de soledad a los que nos lleva la sociedad hipermediatizada en la que vivimos, donde ya ni siquiera elegimos ver una serie con nuestra pareja, sino que cada uno ve lo que quiere en su dispositivo, donde hablamos más con la Inteligencia Artificial que con nuestros amigos, e incluso le pedimos que ponga en palabras lo que sentimos por otro. La primacía de lo individual es absoluta; entonces, ¿Dónde queda el lazo social? ¿Dónde todo lo que compartimos y que nos identifica? ¿A qué cultura estamos yendo si cada vez compartimos menos en la vida real, y si lo que compartimos, muchas veces es efímero y no da lugar a la idea de lo común? 

Ante esta visión aterradora, lo que pasó en Dominico me devolvió algo de esperanza. Pude ver rasgos de una sociedad que se resiste a estar aislada, que en los momentos más oscuros busca el día en su corazón con otros a su lado, y tal vez no sea casual que llegara después del 3J y la marcha universitaria, como si algo se estuviera moviendo por abajo. Soy una fiel defensora de que la salida siempre es colectiva: la meritocracia es una farsa que reniega de las condiciones de partida, cuyas bases son siempre sociales e históricas; por más esfuerzo que pongas, si en tu país cada vez hay menos puestos de trabajo y menos posibilidades de desarrollar una vida tranquila, no vas a poder hacer demasiado solo. Nadie se salva solo.

La despedida fue un recordatorio de lo que podemos hacer juntos. Como dijo Viru, la compañera del Indio, una semana después de su partida: cuidemos nuestros estados de ánimo, no nos dejemos avasallar por el individualismo violento reinante, volvamos a abrazarnos y a compartir con otros, cuanto más diversos mejor, empecemos a pensar que vida queremos vivir y que podemos hacer juntos para lograrlo, porque a la rebeldía no se renuncia.

Graciosos y valientes, seguimos.

*Socióloga (UBA), especialista en gestión cultural (IDAES-UNSAM), maestranda en periodismo (UBA). Amante de la música, la danza y la escritura. Ricotera de segunda ola. Escribe en Pulsar. Redes:  Instagram; X; LinkedIn

Ago 4, 2026 | Daniela Moreira

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