Apelar a la técnica como forma objetiva y eficiente para gobernar una ciudad, fue y es un anhelo constante, en oposición a una lógica política que tenga en cuenta las diferencias, los conflictos y las posibles singularidades emergentes de lo social. La Ciudad de Buenos Aires tiene una larga historia atravesada por la tecnocracia y su deseo de despegarse de la política. Juan Funes analiza los diferentes paradigmas tecnocráticos bajo los cuales se gobernó la Ciudad desde el siglo XIX a la actualidad y cuáles pueden ser los impactos de su última versión en la población.
Por Juan Funes*
La novela En otro orden de cosas, de Rodolfo Fogwill, narra la mutación de un militante revolucionario que, en el devenir de los años de la última dictadura, se convierte en un empresario de la construcción. En esta transformación, el eje no está puesto en la política –en lo que podría ser un cambio de posición político-partidaria del protagonista–, sino en un proceso económico-técnico: pilotea una topadora con la que le abre paso a las autopistas que, años más tarde, surcarán la Ciudad de Buenos Aires como una cicatriz abyecta. “Por entonces, ya estaba convencido de que la máquina no era solo un instrumento de trabajo suyo sobre la obra, sino también el instrumento de un trabajo que la obra venía realizando sobre él, sobre sí”. La otra cara de la destrucción subterránea –y, desde luego, clandestina–, es la visión desde la cima de los rascacielos translúcidos que describe este narrador más adelante: las personas minúsculas, el “simulacro de armonía” y “sentido de movimiento” de esas “formas humanas comprimidas y silenciadas”.
Fogwill ilustra el proceso de neoliberalización poniendo el foco en una palabra que por estos días está de moda: la tecnocracia. La inquietante presencia del magnate Peter Thiel y el anuncio del programa “Gemelo Digital Social” por parte del gobierno de Javier Milei reclamaron la atención, una vez más, sobre este asunto. ¿Qué es la tecnocracia “plataformizada”?; ¿qué implica “gobernar” o “gestionar” una población a partir de datos y algoritmos?; ¿cuál es la trama discursiva (e histórica) en la que se apoyan estas ideas?, ¿cuáles son sus posibles consecuencias?. Estas son algunas de las preguntas que nos presenta este escenario distópico y, a esta altura, cotidiano.
Tecnocracias
Una definición sencilla de tecnocracia podría ser la idea de gobernar a través de técnicas y saberes, que presentan una forma “objetiva” o “neutra” de definir políticas públicas. Premisa que funciona por oposición a un modo “arbitrario” de gobierno, que en los discursos tecnocráticos tuvo distintas manifestaciones a lo largo del tiempo: gobiernos “ideologizados”, “politizados”, “populistas”, “burocratizados”, entre otros vicios. Es decir, desviados de una supuesta norma objetiva, contaminada por el mal de todos los males: la política.
En mi tesis de Maestría en Comunicación y Cultura analicé distintas “perspectivas tecnocráticas” en gobiernos de la Ciudad de Buenos Aires entre los siglos XIX y XXI. Sin ánimos de aburrir con una serie demasiado extensa, en las siguientes líneas voy a ofrecer algunos ejemplos para darle carnadura a esta definición abstracta y echar luz a lo que el historiador Lewis Mumford define como “preparación cultural”: cambios de mentalidad propicios para el surgimiento de innovaciones técnicas.
El recorrido tecnocrático en la Ciudad de Buenos Aires comienza con el higienismo en el último cuarto del siglo XIX, muta hacia el urbanismo en la década de 1920 y luego cae en la órbita del empresarialismo desde mediados del siglo XX, en particular hacia los años setenta. Dentro de esta última dimensión, en la segunda década del siglo XXI aparece la idea de las “smart cities”: ciudades diseñadas y gobernadas en base a la producción y procesamiento de datos obtenidos de la sensorización del espacio urbano (y de la traducción a información de múltiples aristas de la vida cotidiana de las personas que lo habitan). Estas urbes “inteligentes” configuran el eslabón previo a la plataformización de la ciudad, un proceso de gestión datificada de la política en la que el Estado queda desplazado por las gigantes tecnológicas.
El higienismo surgió como una respuesta a las epidemias que comenzaron en la Ciudad de Buenos Aires con el cólera y llegaron al punto más crítico en 1871 con la fiebre amarilla. La mirada higienista concebía a la ciudad como un cuerpo orgánico –idea que Richard Sennett rastrea en el siglo XVIII con las investigaciones de William Harvey–, gesto que hasta el día de hoy está cifrado en el lenguaje: todavía nos referimos a los parques como “pulmones”, a las avenidas como “arterias” o al centro político como “neurálgico” o como el “corazón” de la ciudad.
Si el espacio urbano es un cuerpo orgánico, sanearlo implica limpiar las podredumbres y extirpar las extremidades enfermas que amenazan con contagiar al conjunto. El higienismo planteaba que este saneamiento no era meramente biológico, sino también social y moral. Así, por ejemplo, en la Memoria Municipal de 1905, el intendente Carlos Roseti sostenía que el malestar de la clase trabajadora se “traduce en la enfermedad endémica de la huelga”, y el trabajo de la Municipalidad es “buscar remedios a estos males”. Tres años más tarde, el intendente Manuel Güiraldes destacó la necesidad de “sanear el ambiente moral, propendiendo a la conservación de las buenas costumbres, la exaltación de la virtud y la inteligencia, la capacidad industrial y el vigor de la raza”.
El urbanismo heredó muchas premisas del higienismo, pero con la apelación a otros saberes como fundamento de gobierno. Ya no eran las ciencias médicas la base del diseño y gobierno de la ciudad, sino el urbanismo como disciplina específica. En 1911 el intendente Joaquín Samuel de Anchorena planteaba por primera vez que el urbanismo era la herramienta necesaria para mejorar las “condiciones de higiene” y la “cuestión social” de la ciudad, con el “propósito de hacer una verdadera administración, con prescindencia absoluta de la política”.
Esta perspectiva quedó plasmada en el Proyecto Orgánico para Urbanización del Municipio de 1925, redactado por un grupo de expertos que buscaban traccionar los cambios en la Ciudad que los políticos ni siquiera avizoraban. En los fundamentos del proyecto, la estética aparece como el elemento central: “la belleza –afirmaban los expertos– contribuye eficazmente al desarrollo espiritual de nuestro pueblo, fortaleciendo al propio tiempo en él sus cualidades morales, el fomentarlo debe constituir una de las preocupaciones de la Comuna”.
En la década del treinta, el intendente Mariano de Vedia y Mitre postuló una idea de gobierno urbano que con el correr de los años se volvió paradigmática: gestionar la Ciudad como una empresa. En las Memorias Municipales de 1935 planteó la necesidad de impulsar “un movimiento cada vez más intenso hacia la organización de las administraciones comunales sobre las bases típicas de las entidades de orden industrial o comercial”, con el objetivo de “producir una separación neta entre lo político y lo técnico y realizar los servicios que tienen este último carácter mediante una organización que extreme el rendimiento y eficiencia de los mismos dentro de un máximo de baratura y economías”.
En estos lineamientos está el germen del “empresarialismo urbano” –en términos de David Harvey–, principio con el que pensaron y gobernaron la ciudad en los años venideros intendentes como Osvaldo Cacciatore (durante la última dictadura cívico-militar), Carlos Grosso a principios de los noventa, Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta entre 2007 y 2023, por nombrar solo algunos ejemplos. El nudo epistemológico-político, en este caso, tiene como fundamento los saberes del mundo empresarial, y se apela a una “desburocratización” de las instituciones estatales. Es decir, ajustar el ejercicio global de poder político a los principios de la economía de mercado. Estas transformaciones del Estado fueron largamente estudiadas a partir de la idea del “arte de gobierno neoliberal” que despliega Foucault en Nacimiento de la biopolítica.
Plataformas
“Las ciudades actuales son sistemas muy complejos caracterizados por cantidades masivas de interconexiones entre ciudadanos, negocios, medios de transporte, redes de comunicación, servicios y utilidades”. Esta cita forma parte del libro Buenos Aires para los argentinos, compilado por Macri en 2015, como despedida de la Jefatura de Gobierno porteño. El capítulo “Ciudad Inteligente como ciudad del futuro”, enumera las características de lo que su gestión retomó de las smart cities como idea de ciudad y de gobierno urbano, proveniente de empresas de tecnología y organismos internacionales: “la incorporación sistemática de tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), desarrollando plataformas inteligentes para la gestión, la decisión y la acción sobre la base de datos actualizados de modo permanente”.
Es un ejemplo paradigmático de tecnocracia: se postula la idea de que el proceso de extracción y procesamiento de datos puede traducirse en una forma objetiva de gobernar a la Ciudad de Buenos Aires, “modernizar el Estado”, superar dicotomías vetustas como izquierda y derecha, propias de lo que definen como “vieja política”. Incluso se animan a afirmar que “a veces pensamos al Pro como un gran dispositivo que procesa mucha información y está programado para elegir las mejores soluciones a diferentes problemas”.
Si la ciudad que postulaban el higienismo y el urbanismo era un cuerpo orgánico, lo que aparece ahora es la metáfora de ciudad como sistema informático. Una de los pilares de las smart cities tiene que ver con la sensorización del espacio urbano, con producir y recolectar la mayor cantidad de datos posibles para luego procesarlos y conocer la cifra de la ciudad (y de sus habitantes).
En estas afirmaciones se advierte ya una de las novedades que entraña esta perspectiva tecnocrática: la apelación a un nuevo régimen de saber basado en la plataformización. Los saberes otrora vinculados a espacios académicos estatales –dentro de la Facultad de Medicina en un caso y de Arquitectura en otro–, son reemplazados por bancos de datos y algoritmos diseñados por un puñado de empresas transnacionales: Amazon, Alphabet-Google, Meta, Microsoft. Los Estados se apoyan en estas tecnologías y ceden a las empresas datos valiosos (y sensibles), con los que estas firman afilan sus herramientas predictivas.
El proyecto Gemelo Digital que presentó Milei hace unas semanas profundiza esta tendencia, a escala nacional. Su objetivo es “Integrar información de múltiples fuentes en una base unificada que, mediante inteligencia artificial, identifica lo relevante y proyecta escenarios posibles”, según precisan en el video con el que se introdujo. “Permite comprender, predecir y optimizar decisiones para generar más oportunidades, más autonomía y más desarrollo humano”, agrega luego.
Los peligros que presenta esta política son muchos y graves. Me voy a limitar a señalar algunos: en términos de soberanía, se entrega a estas empresas datos sensibles de la población, que es expuesta, además, a una vigilancia digital sofisticada. Es, en suma, un proceso casi imposible de revertir: una vez que esos datos entran en la órbita de una gigante tecnológica, no es posible volver atrás, tal como explica la economista Cecilia Rikap en su libro Teoría de la dependencia digital.
Otra dimensión tiene que ver con el proceso de normalización social que acarrea esta tecnología. De manera análoga a lo que ocurría con el higienismo, la tecnocracia digital segrega su propia moral. Y esto se vincula al tipo de saber que produce y proyecta sobre lo social: se trata de una modalidad sofisticada de saber estadístico que es presentada como un reflejo de la población, pero es un promedio moralizado algorítmicamente del campo social. No advierte (y de hecho niega) las singularidades, el germen de fenómenos emergentes, las nuevas formas de nombrar el mundo que brotan de modos de vidas subalternos, de darle significados a las experiencias y luchas políticas. Es una forma de clausurar el futuro, borrando la posibilidad de lo impensado.
A partir de este régimen de saber, en este sentido, se busca profundizar la dinámica del “arte de gobierno neoliberal”: una “verdad” producida en el seno del universo empresarial como fundamento “objetivo” de gobierno, mediante la cual los Estados quedan absorbidos por las gigantes tecnológicas. El sueño tecnócrata de alcanzar el “simulacro de armonía” de esas “formas humanas comprimidas y silenciadas”.
*Becario doctoral de Conicet, magíster en Comunicación y Cultura de la UBA y Licenciado en Ciencias de la Comunicación de la misma casa de estudios. Docente de la materia La Investigación en Comunicación, cátedra Carlos Gassmann (Comu, UBA). Investiga sobre ciudad, nuevas tecnologías y gobierno.






