Mientras ardía la Patagonia, la cuenta oficial de Javier Milei publicó una imagen generada por IA que lo mostraba junto a los brigadistas. El traje impoluto, el apretón de manos que nunca ocurrió, la mirada que nadie sostuvo. Según la autora, la imagen revela una lógica: la del cuerpo digital que gobierna en otro mundo, donde la crisis es epopeya y el ajuste es firmeza, mientras en este -el nuestro- el desamparo, el dolor y la crueldad se viven en el cuerpo de la ciudadanía.
Por Magalí Bucasich*
Mientras la Patagonia arde, Javier Milei, vestido de traje, estrecha la mano de un brigadista. Se miran a los ojos, como quien reconoce en el otro el tenor de la tarea que está llevando adelante. De fondo, más brigadistas contemplan la escena, quizá con la admiración de ver al presidente pisar el barro junto a ellos y ellas. Más allá, el fuego parece controlado. Estas palabras completan la epopeya: “Gracias a todos los que trabajaron. Nada más heroico que arriesgar su vida por salvar la de otros”. Hasta acá, fenómeno barrial.
La “foto” fue compartida en las historias del Instagram oficial de Javier Milei y originalmente publicada por Macarena Jimena Rodríguez, su fotógrafa. El plot twist ya es bien conocido: ese traje, más pensado para una de sus conferencias en algún lugar del mundo que para un incendio forestal en nuestro suelo, nunca se ensució. Es que no pisó el barro, tampoco le dió la mano al brigadista, mucho menos lo miró a los ojos. La imagen fue generada íntegramente por inteligencia artificial, mientras estallaban las denuncias sobre los recortes del gobierno nacional de los fondos destinados al manejo del fuego. La frase sí fue pronunciada -o, mejor dicho, tuiteada desde Buenos Aires el 12 de enero de 2026-, pero de forma bastante más extensa: “Gracias a todos los que trabajaron para que los recursos lleguen donde se necesitan. Además quiero mandar un agradecimiento especial a todos los brigadistas, bomberos y a cada uno de los voluntarios que están combatiendo el fuego dándolo todo. Nada más heroico que arriesgar su vida por salvar la de otros”. La historia la recorta, la asocia a la imagen de un encuentro que nunca ocurrió y la reenvía prolija, sin fisuras, a los seguidores del presidente. ¿Falacia ad populum?
La esencia de la fotografía, su noema, es capturar “lo que ha sido” según lo entendió Roland Barthes. La imagen fotográfica da testimonio del pasado al guardar un lazo existencial con el objeto que representa. Su valor probatorio responde a lo que ubicamos en el orden de la indicialidad como lo estudiaron Peirce y luego Verón. Si está en la foto, es porque existió. Ahora, ¿la IA rompió el noema de la fotografía? No, simplemente no rige. La imagen antes mencionada, no es fotográfica, sólo parece serlo. Cualquier ojo atento podría notar las señales que la delatan, la vestimenta del presidente, su cercanía al fuego; pero la efectividad de discursos como este no yace en su veracidad sino en su resonancia afectiva.
La imagen no necesita ser fina en sus detalles, le basta con construir un cuerpo digital presente en el barro y el fuego, aunque Milei nunca haya estado ahí. Su eficacia no descansa en la indicialidad de la presencia, del contacto, sino en su dimensión icónica: en la similaridad, en la metáfora, en el reconocimiento que no pasa por la verificación, pero que aún así tiene la capacidad de movilizar la creencia de que ese cuerpo ausente o cuerpo digital, por paradójico que suene, encarna una presencia.
Esta imagen, lejos de ser un caso aislado, forma parte de una colección; algunas de sus piezas tendrán un estilo más realista que otras, pero lo que todas comparten es la ausencia del cuerpo significante -reemplazado por uno construido digitalmente, un Milei-imagen- y con él el borramiento del contacto, de lo indicial. Sin ánimos de hacer una lista exhaustiva, van algunos de sus ejemplares: Milei-prócer, retratado mirando al horizonte, con la solemnidad de una pintura histórica. Milei-mesías, que redime a los argentinos de bien del kirchnerismo o de la casta, siempre guiado por las fuerzas del cielo. Milei-Morfeo que nos hace elegir entre la justicia social y el “alguien lo tiene que pagar”. Milei-superhéroe, derrotando villanos con forma de inflación o de Estado. Milei-Ulises, atado al mástil de sus convicciones para no sucumbir a los cantos de la sirena del gasto público. Milei-jugador de la selección argentina, alineado junto a Messi, Francella y Laje, dirigidos por Susana Giménez, enfrentando a la “Red Legión” -cuyo himno reza “tira piedra, kuka tira piedra”- y con figuras como Fidel Castro, Mao, Lenin y Maduro. El fútbol aparece acá como alegoría de la Guerra Fría, el campo de juego el lugar donde la albiceleste protagoniza la batalla entre la libertad y el comunismo. No olvidemos a Milei almorzando en la Casa Rosada, un presidente que trabaja, que come, que ocupa su lugar, hasta que la mirada cae en la ventana, y desde adentro del despacho se ve la Casa Rosada afuera. Una escena casi onírica, solo en un sueño se puede estar dentro de un lugar que también está afuera.
La representación de lo imaginario -de aquello que no tiene existencia concreta pero sí forma parte de lo real semiótico- es una operación tan antigua como la semiosis misma. Tal vez un rasgo saliente -y más amplio, de cierta derecha contemporánea- sea el gesto de validación: el de un gobernante que, habiendo sido elegido a través del voto popular, en un contexto democrático, se apropia de una imagen de sí moldeada a medida del relato, no del cuerpo; a veces cercana, a veces épica, a veces directamente por encima de lo humano. Estas piezas son producidas habitualmente por usuarios, por la militancia, mientras que Milei se ocupa de compartirlas y, en ese gesto, incorporarlas a su enunciación. Esto no es menor porque, al retomar estas imágenes, las legitima. Lo que era una creación anónima pasa a ser parte del discurso presidencial.
El mito, en el sentido que le da Barthes, es ese registro en que la historia se convierte en naturaleza, lo construido aparece como dado y lo contingente como necesario. Opera por reconocimiento, no por verificación. Tal vez sea por eso que el Milei-imagen puede ser cualquier cosa: prócer, mesías, superhéroe, Ulises, futbolista, hasta un león. Antes que distintas caras de un mismo sujeto, se trata de la operación en la que ese Milei-imagen, ese cuerpo digital, se sostiene sin referente estable, siempre que siga siendo parte del mismo relato de excepcionalidad. Cada réplica nueva se suma a una iconografía que no necesita ser verdadera para ser eficaz, porque la imagen, lejos de demostrar un hecho refuerza la creencia en ese relato de excepcionalidad, el de un elegido tocado por fuerzas que lo exceden, un valiente que se anima a romper el statu quo con coraje heroico.
En estas imágenes conviven lo esotérico y lo épico. El mesías que redime, el Ulises que resiste, no cede, el futbolista que se anima a dar batalla. El cuerpo digital que porta todo eso no es uno cualquiera, es construido según los cánones de la masculinidad hegemónica (mandíbula angular, físico atlético, rasgos afilados, piel clara). La IA lo fabrica, lo embellece, lo viriliza. Lo que estas imágenes producen es, en definitiva, la forma de un cuerpo imposible, idealizado, súper poderoso, un poco místico, demasiado mesiánico, que condensa lo que por definición escapa a cualquier racionalidad. Una forma misteriosa, no porque oculte sus mecanismos, sino porque opera en un registro donde la verdad parecería no tener lugar.
En este sentido, lo ideológico no es un conjunto de ideas sino una gramática en producción, es decir, el sistema de operaciones que rige la generación de un discurso bajo condiciones sociohistóricas específicas y delimita un campo de efectos de sentido posibles, según lo pensó Eliseo Verón. Leída desde esta dimensión, Milei-imagen también es lo que sistemáticamente excluye. Esto es la vida cotidiana de los argentinos y las argentinas: los recortes, la caída del salario real, el hambre, la falta de insumos en los hospitales, los reclamos por jubilaciones y pensiones dignas. La lista sigue, es imposible hacer una enumeración que rinda justicia a lo desesperante de nuestro presente. Lo ideológico, en este marco, vuelve esa experiencia políticamente irrelevante, la niega, la invisibiliza. El Milei-imagen no gobierna en este mundo, gobierna en otro donde la crisis es leída como epopeya (en la calle, hambre), donde el ajuste es firmeza (en la calle, más hambre), donde cada conflicto es una batalla contra los enemigos de la libertad (en la calle, palos). Prócer, mesías, superhéroe, león, ninguna de esas figuras necesita rendir cuentas ante quien paga el colectivo más caro, quien cobra un salario que se licúa, quien se endeuda para comprar comida, quien ya no puede comprarla. Sería errado afirmar que la IA es la responsable de ese desfase, el asunto excede a la tecnología, pero incluye a las prácticas ligadas a ella. Lo que la IA favorece es la producción de réplicas de ese cuerpo digital a gran escala, sin límites y casi sin costo económico. Y esa capacidad se articula con las lógicas propias de las redes sociales -la inmediatez, la brevedad- que colaboran con su circulación acelerada y voraz.
Toda gramática de producción encuentra, del otro lado, gramáticas de reconocimiento, lecturas e interpretaciones, el poder; y entre ambas, existe siempre una fractura. Ya lo sabemos, el sentido no es lineal y mucho menos dado de una vez y para siempre. La imagen de Milei saludando al brigadista circuló; pero también los discursos contestatarios hicieron lo propio, desde denuncias que visibilizaron los recortes en las políticas destinadas al manejo del fuego hasta memes que ironizaron sobre lo ridículo (y triste) que puede ser el contraste entre el mundo de Milei y el nuestro. Se suma algo más potente aún, algo que ninguna IA puede fabricar: los cuerpos en la calle, esos que ocupan el espacio público, que se exponen, que se arriesgan, que se encuentran, que se abrazan para conmemorar otro 24 de marzo, para gritar Ni Una Menos, para exigir el cumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario, para llorar al Indio Solari.
Tu misteriosa forma me lastimará. Como lastiman el desamparo, la crueldad, el cinismo. Porque hay algo realmente extraño, oscuro, en compartir una imagen con los brigadistas, cuando lo que se necesita son fondos; en un cuerpo digital impoluto, de traje, mientras que otros se ensucian, se queman, lo pierden todo. Quizá responder al Milei-imagen con presencia sea una forma de resistencia, destruir el mito con cuerpos que sí están, que sí meten los pies en el barro, que sí se encuentran en lo colectivo. Quizás eso también sea el (otro) poder.
PD: Sabemos bien que Javier Milei también hace actos, caravanas, apariciones con motosierra. Su cuerpo existe, claro. Estos párrafos no argumentan sobre la desaparición de su presencia física sino que piensa cómo, junto a ella, se despliegan operaciones que prescinden de esa presencia y vale la pena nombrarlas en algunas (modestas) líneas.
*Licenciada en Ciencias de la Comunicación y Maestranda en Gobierno (UBA). Docente, feminista y peronista. Creo en el método científico, la astrología y el tarot, no necesariamente en ese orden.






