La escuela frente a la violencia

Dos meses después de las amenazas de tiroteos que sacudieron a más de 600 escuelas argentinas, las preguntas siguen abiertas. ¿Qué explica el malestar adolescente? ¿Alcanza con hablar de bullying o de salud mental? Entre redes sociales, incertidumbre económica, vínculos fragmentados y nuevas formas de violencia, este ensayo propone mirar más allá de las respuestas rápidas para entender qué pasa hoy en las aulas.  


Por Solana Camaño*

—No sé con qué derecho o poder convierten a la escuela en un lugar que da miedo.

La que habla es una estudiante de quinto año de una institución privada de CABA. El día anterior hubo una pintada en el baño. Una amenaza de tiroteo. Pasaron dos meses y, como se podía prever, en la conversación pública se habla mucho menos de la violencia en las escuelas, sobre qué les pasa a los adolescentes, qué hacen en las redes sociales, cómo se explican esos mensajes intimidatorios en más de 600 establecimientos del país, por qué un chico de 15 años de San Cristóbal, Santa Fe, mató a un compañero.

Cuando algo así ocurre, cuando se corren los bordes de lo esperable y se buscan razones, y cuando, además, los protagonistas son jóvenes, se pone a disposición un repertorio de explicaciones que tendrán más o menos sentido según quién lea o escuche. Entonces, empieza la puja: si fue un reto viral de TikTok, si no lo fue, si la salud mental está en crisis, si no hay más adultos y los pibes están solos, o es que gobierna Milei y la crueldad está de moda, y así sucesivamente. 

Después, baja la espuma y a otra cosa.

Llama la atención la fuerza de esas sentencias. No porque no contengan alguna porción de verdad, sino por cómo suenan. ¿Quién puede estar tan seguro como para explicar por qué pasa lo que pasa? En las escuelas, hace rato nos preguntamos qué se está moviendo. Lo hacemos cuando un estudiante altera con IA una foto de su compañera para que la desnude o cuando consulta a ChatGPT como si fuese un psicólogo. Lo hacemos cuando una madre empuja a una maestra al grito de “vengo a defender a mi hijo”. Lo hacemos cuando se viraliza el video de una pelea entre pibes. Pero ninguna respuesta termina de cuajar. En todo caso, atendemos a indicios dispersos para reconstruir el mapa.

Veamos, entonces, los fragmentos.

La batalla semántica

Toda época da lugar a formas específicas de tramitar la violencia. La pregunta es cuáles son las formas dominantes en este tiempo caracterizado por una profunda crisis económica, la digitalización de la vida, el incremento de los padecimientos de salud mental y la fragmentación de los lazos sociales.

Niños, niñas, adolescentes y sus familias encuentran maneras novedosas de elaborar los malestares. También, consignas. Ana Campelo, licenciada en Ciencias de la Educación por la UBA y especialista en convivencia escolar, advierte que toda sociedad se vale de los significantes disponibles para explicar el sufrimiento que la aqueja. En los últimos años, “bullying” se ha convertido en el número uno en referencia a los conflictos escolares. Cuando ocurrió el tiroteo en San Cristóbal, una de las primeras hipótesis, enseguida desmentida por la comunidad, fue que el alumno que llevó el arma sufría acoso escolar.

La gramática del bullying es ordenadora y tranquilizadora a la vez: explica velozmente lo incomprensible y ahoga otro tipo de preguntas, de más largo aliento. Apela a escenas que todos podemos identificar rápidamente en nuestro paso por la escuela. Hay una víctima clara y uno o varios victimarios. Genera repudio y pedidos de sanciones inmediatas -vale detenerse en los comentarios de las noticias sobre bullying en redes-. En Mendoza, hasta tuvo su traducción en una Ley que incorpora nuevas contravenciones al Código provincial para penalizar a los padres, madres o tutores legales de niños, niñas y adolescentes que ejerzan bullying.

La etiqueta rápida, a mano, tapona la posibilidad de pensar de qué está hecho un conflicto. Una agarrada a piñas en el horario del comedor que se viraliza en redes sociales no es necesariamente bullying. La difusión de la imagen íntima de una amiga o novia por parte de un varón nos habla más sobre las nuevas formas de la violencia de género en los entornos digitales que de bullying. Y una madre que va a patotear a la maestra a la puerta de la escuela tampoco lo hace en cada ocasión porque su hija sufre bullying.

Con todas estas situaciones nos encontramos a diario en las aulas. Si una tira de la cuerda, se topa con territorios digitales que habilitan nuevas maneras de relacionarse, jóvenes que no tienen adultos a quienes contarles lo que les pasa, familias pluriempleadas, con poco resto para dedicarle a sus hijos e hijas y que, en muchos casos, desconfían de la palabra y de las decisiones de la escuela.

Por eso, hablar de “violencia escolar” es otro término impreciso. Sin ánimos de negar que la escuela puede reproducir y generar comportamientos violentos, transitamos un momento donde el movimiento tiende a ser inverso: la violencia social y económica estalla en la escuela.

Territorios digitales

Como explicó Mariano Caputo en el ensayo “Algoritmo mata pizarrón”, publicado en Revista Anfibia, la socialización de las nuevas generaciones no transcurre sólo en las aulas, clubes u otros espacios de esparcimiento. En las redes sociales, los jóvenes se informan, se entretienen y construyen vínculos, miradas, opiniones, imágenes de ellos mismos, de los otros y del mundo. Los mecanismos de gratificación y validación de uno mismo y de los demás son muy claros y cuantificables: likes, reacciones, comentarios, seguidores. Los influencers detentan la mayor parte de ese capital digital. Son, en muchos casos, el modelo a seguir.

La digitalización también atraviesa a los adultos, con la diferencia de que los y las adolescentes transitan un momento fundamental en la construcción de sus identidades bajo el comando de la lógica algorítmica. No hay otra experiencia generalizada de contraste. La vida es esta. ¿Cómo se explica, sino, que el primer reflejo de muchos frente a una pelea sea sacar el celular para filmar en vez de buscar ayuda o intervenir? ¿Cómo se entiende si no es por el propio funcionamiento de las redes sociales, que han hecho de todo acontecimiento un posible objeto de exhibición?

Ya lo señaló la comunicóloga Paula Sibilia en su libro La intimidad como espectáculo: en el siglo XXI, la división entre lo público y lo privado estalla. Más en el caso de la escuela. Aplicaciones para difundir chismes de forma anónima e historias de Instagram sobre lo que pasa en clase son algunos síntomas de ese corrimiento. Profesores y familias también usan las plataformas para difundir de forma pública asuntos escolares, lo que quiebra la intimidad de sus aulas u hogares.

La mediación de las pantallas desalienta cierta sensibilidad y reparo que impone la presencia de los otros. El extremo es el modo troll que, amparado en el anonimato, juzga, provoca y ataca. No se trata sólo del ejército de usuarios que publica mensajes políticos en las redes, esta lógica puede abrirse paso hasta en Google Classroom. Por ejemplo, cuando un estudiante aprovecha que otro compañero dejó su correo abierto en la sala de computación y lanza, en su nombre, una catarata de insultos a sus docentes.

Las fotos y los videos de las pintadas amenazantes en los baños de las escuelas son otra cara del mismo fenómeno. La liviandad con la que se escriben y difunden estos mensajes dan cuenta de una desresponsabilización cada vez más marcada que promueven los entornos digitales. ¿Cuánto más demorará el Estado en regularlos?

Los límites del discurso psi

“No podemos llegar a extremos como este. Necesitamos que la salud mental de la juventud esté en agenda. Esto es reflejo de que no estamos en la prioridad del gobierno”, afirmó una estudiante del Colegio Carlos Pellegrini entrevistada por LaNación+ respecto a las amenazas de tiroteos. La declaración sintetiza una demanda de los y las jóvenes, que desde la pandemia han encontrado en la “salud mental” una bandera, un llamado de atención que también recae sobre la escuela.

Ese pedido de auxilio tiene un gran asidero. De acuerdo a un informe de Salud pública, la revista del Ministerio de Salud de la provincia de Buenos Aires, en el país se detecta un aumento significativo de este tipo de padecimientos y otros como “el mayor consumo de sustancias psicoactivas, el uso problemático de nuevas tecnologías y las descompensaciones de cuadros psicóticos”.

Otro estudio del Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) de la Facultad de Psicología de la UBA indica que el 6,5 por ciento de los argentinos tienen riesgo de padecer un trastorno mental. El grupo de los jóvenes, de entre 18 y 29 años, tiene los puntajes más altos de ansiedad, depresión y riesgo de autolesiones. En el caso de los adolescentes, los suicidios constituyen la segunda causa de muerte según Unicef.

No hay dudas sobre el incremento de los padecimientos de salud mental, pero ¿todos los malestares que manifiestan los y las las adolescentes en la escuela deben pensarse bajo ese paraguas? Problemas familiares, soledades, desamores, necesidad de salir a trabajar, desmotivación cuando pareciera imposible planificar a mediano plazo: independencia, estudios, un oficio o profesión que guste o que al menos permita vivir mejor.

En Esta es tu pena, la filósofa Renata Prati repone distintos guiones que existieron a lo largo de la historia, desde el pensamiento Antiguo, para narrar las tristezas. “El vocabulario sentimental tiene una clara dimensión performativa”, dice la autora. Y la depresión ha devenido en una etiqueta hegemónica para nombrar todo lo que duele. En las redes sociales y en las aulas, se banalizan los diagnósticos: “estoy re depre”, “maldita ansiedark”. Como si no hubiese escalas, matices o bordes entre un padecimiento subjetivo profundo que requiere acompañamiento profesional y la angustia que implica construir identidad, vincularse con los otros, ocupar un pedazo de esta tierra hoy.

Son tiempos de pocas certezas para los jóvenes. Cuando le pregunto a F, migrante centroamericano y alumno de quinto año en CABA, qué es lo que le preocupa tanto, mira hacia adelante: “¿Me va a motivar lo que haga? ¿O voy a vivir como tantos en piloto automático?”. No es el único. El 52 por ciento de los estudiantes argentinos de 15 años carecen de una idea clara sobre su trabajo futuro, según un informe del Observatorio Argentinos por la Educación. La cifra aumentó 30 puntos porcentuales en cuatro años y supera el promedio de incertidumbre laboral juvenil de los países de la OCDE.

La incertidumbre aumenta en los barrios populares. Una investigación de Fundar advierte la caída de la promesa de la movilidad social ascendente a través de la educación entre adolescentes del AMBA. La pérdida del sentido que implica estudiar y la caída de horizontes de realización es uno de los grandes desafíos que atraviesa la secundaria.

Y mientras tanto, la escuela

Se idealiza mucho a la escuela del siglo XX, en donde no había que lidiar con familias peleándose en la puerta, ni con la violencia viral, ni con el ausentismo escolar, ni con la desmotivación adolescente, ni con el cuestionamiento a la autoridad. Lo cierto es que esa escuela, la de la “señorita maestra”, llegaba a la mitad de los niños, niñas y jóvenes en edad escolar que aloja la escuela hoy. Con la Ley Nacional de Educación, la obligatoriedad del secundario, las salas de 4 y 5 años y las políticas que tendieron a la masificación del sistema, se construyó un nuevo piso de discusión. Hay unos cuantos problemas, pero el 94% de los estudiantes del nivel medio están escolarizados.

No debería sorprendernos, entonces, que la escuela no cuente con todas las herramientas para lidiar con las múltiples demandas que recaen sobre ella. Tampoco deberíamos pedirle todo a la escuela. Pero, mientras siga siendo una de las pocas instituciones donde niños, niñas y adolescentes son mirados y cuidados, vale la pena insistir en fortalecerla.

La lógica escolar es antagónica a la de la violencia, las plataformas y los modelos de éxito inalcanzables que reproducen los influencers. Aún con todas sus limitaciones, la escuela es el lugar de encuentro con los otros, el espacio de lo común, el de la convivencia democrática y los tiempos largos de aprendizaje. Un semillero de caminos posibles.

Hay que cuidar esa potencia. Las aulas no están condenadas a ser el depósito de los conflictos sociales. Asistimos a una oportunidad histórica: la caída en la tasa de natalidad. Para 2030, según un informe de Argentinos por la Educación, habrá 1,2 millones de estudiantes menos que en 2023 en primaria, lo que representa un descenso del 27 por ciento. La merma en la matrícula puede aprovecharse para invertir mejor en educación. En vez de quitar recursos, como lo hace actualmente el Gobierno Nacional, se puede avanzar en deudas históricas y en respuestas a las necesidades actuales. Parejas pedagógicas, nuevos roles docentes. Más adultos escuchando y enseñando a niños, niñas y adolescentes.

¿Por qué no imaginar, también, nuevas infraestructuras? Escuelas con verde y cielo e instalaciones destinadas a actividades deportivas y culturales que sean motivo de encuentro. En tiempos de pantallas, aislamiento y desconfianza hacia los otros, apostar a la escuela es resguardar una de las pocas instituciones que conserva capacidad de construir comunidad. Una de las formas más potentes de preservar el futuro.


*Licenciada y profesora en Ciencias de la Comunicación (UBA). Nació en julio de 1996. Docente en el nivel secundario y superior. Lee mucha ficción pero como no sabe escribir cuentos, se hizo periodista. Colabora en distintos medios como Tiempo argentino, Revista Anfibia, Feminacida y Revista Crisis. IG: solanacamano X: solanaca

Jul 7, 2026 | Solana Camaño

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Revista de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales de UBA. Un espacio de ensayo y exploración. Leamos, escribamos y conversemos.