De cuando mi abuelo cabeceó una bomba

Desde el recuerdo de un abuelo que transformó el horror en chiste, este relato familiar de Mariano Juárez nos permite revisitar el 16 de junio de 1955 y propone una idea inquietante: ese día nació el miedo como actor central de la política argentina. Entre memoria, historia y reflexión, explora el origen de una violencia que marcaría las décadas siguientes.


Por Mariano Juárez*

Mi abuelo cabeceó una bomba. Al menos eso es lo que dijo cierta vez cuando, siendo apenas un nene, le pregunté por qué no tenía pelo. Bueno, técnicamente, “la peinó”. En idioma futbolero peinar refiere al movimiento por el cual se golpea la pelota con la cabeza, pero sin darle de lleno; se la roza con la mollera para desviar ligeramente su trayectoria. Pero me estoy yendo por las ramas, el punto es que mi abuelo cabeceó una bomba en una plaza y, en ese acto temerario, quedó pelado. 

“La cosa es así: cuando era pibe, un día unos aviones estaban tirando bombas sobre la Plaza y yo fui con mi amigo el Bebe. El Bebe era tremendo, tenía un 22 y decía que teníamos que defender la Plaza de los aviones. No importaba cuántas veces le digamos que un 22 no tira un avión, fue igual, y nosotros con él. Estábamos asustados atrás del monumento y los aviones dele pasar y tirar. De golpe, veo que uno tira una bomba que va derechito a la casa de gobierno, así que salto y pim, la cabeceo apenas un poco, logro desviarla y que caiga a un costado. Y bueno, me quemó el pelo y me dejó pelado, je”. Lo decía siempre, pero siempre, con ese remate de una risa final, con la cabeza un poco recostada. No cambió su versión ni una sola vez.

Mi abuelo era un traficante de historias, su vida estaba signada por la palabra. La verdad, se entiende, era solamente un punto de referencia inicial de sus anécdotas. Por supuesto, crecí pensando que era mentira hasta que, siendo adulto, encontré una foto en un libro. Era una foto con John William Cooke, cuyo apodo era “Bebe”, y que estuvo, efectivamente, con un 22 en la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, mientras caían bombas y metrallas. Es decir, mi abuelo estuvo en esa Plaza, un anónimo más en medio de un gesto de la historia, uno de esos puntos inmutables que tuercen el asunto de un modo que solamente puede dimensionarse con el paso del tiempo. Y tuvo miedo, claramente, un miedo que, además, lo va a acompañar por muchos años y que encontró una sola forma de enfrentar, con la risa. Porque con esa bomba, que cae exactamente a las 12.40 del 16 de junio de 1955, el miedo nace a la política argentina como un actor macabro e implacable. 

Estamos en pleno junio de 1955, en una Argentina ajetreada políticamente. Poco menos de dos años atrás un comando ligado al radicalismo había detonado bombas caseras en medio de una manifestación de la CGT, con un saldo de seis muertos y casi cien heridos. El 11 de junio, Monseñor Tato había encabezado la procesión de Corpus Christi y la había convertido en una movilización opositora con la Iglesia como actor central. Eran tiempos donde el peronismo no era un espacio para tibios, y la respuesta no se hizo esperar, el 12 algunos grupos peronistas intentaron quemar la Catedral.  Puede sonar extraño pero estas cosas formaban parte del clima de época desde comienzos de siglo. Pero lo que venía era otro asunto. El 16 de junio de 1955 la historia se tuerce con un rumbo nuevo y marcado, a paso lento pero incesante. 

Ese jueves era un día cualquiera en la Ciudad. Diarieros, vendedores ambulantes, trajeados cruzando la Plaza con paso apretado, colegios visitando la Catedral y el Cabildo. El objetivo declarado era matar a Perón, pero la devastación que vino desde el aire fue para todos. Exactamente a las 12.40 cayó la primera bomba sobre sus cabezas, sin distinción alguna: oficinistas, carniceros, turistas. Todos. 

Eduardo Luis Duhalde remarcaba que el bombardeo de una ciudad por sus propias fuerzas armadas, por fuera de una guerra civil, es un hecho inédito en el mundo. Fueron unos cuarenta aviones de la Fuerza Aérea y de la Aviación Naval, con casi 10 toneladas de explosivos. Algunos dicen que fue el bautismo de fuego de la Fuerza Aérea. No es tan así, ya habían hecho algo parecido en Chaco. Estaban, además, asistidos por unas 300 personas armadas y de a pie; muchos de ellos comandos civiles.

Alejandro Covello escribió alguna vez que la segunda oleada de bombardeos fue solamente para aumentar al máximo posible el número de víctimas. Fue devastadora, las bombas cayeron sin piedad sobre la Plaza, la CGT, el Palacio de Hacienda, el edificio Libertador, el Correo Central, Plaza Miserere, la residencia presidencial y el edificio de la policía federal, entre otros. Y cesó recién cuando los aviones se quedaron sin combustible, sin bombas y sin metralla. Eso fue a las 17.40, exactamente cinco horas después de la primera bomba.

Duhalde establece una línea directa entre el bombardeo y el terrorismo de Estado que vendría poco más de veinte años después. Porque el hilo del miedo es un hilo poderoso socialmente. Emilio Eduardo Massera, sin ir más lejos, participó de los bombardeos. Pero también lo hizo Horacio Mayorga, responsable de la masacre de Trelew. Suárez Mason, que estuvo a cargo del primer cuerpo del ejército durante la última dictadura, fue quien recibió a los héroes que, cansados de tirar bomba y metralla sobre los inocentes, escaparon a Uruguay. Hay una película muy interesante, se llama “Después del silencio”, de Lucas de Demare, que sale en 1956 impulsada por la autoproclamada “Revolución Libertadora”. Este film de ficción, desde una trama de suspenso conspirativo, trata a los asesinos como héroes, casi en clave “Casablanca”. Suelen olvidarla cuando se menciona el funcionamiento de los aparatos estatales de propaganda, que aparecen asociados casi solamente al peronismo.

Pero de nuevo, me desvío, porque el punto es que hay un reguero de muerte que nace ese día y se expande por los años venideros hasta encontrar su punto cúlmine de delirio terrorista en la dictadura del 76. Duhalde lo dice clarito y afirma que los hilos conectores son políticos, pero también personales, que se tejen, suma, lubricados por la sangre de los mártires populares. 

Sin embargo, el Pueblo no se quedó quieto, la sombra del miedo aún no tenía el poder que tendría más tarde. Salió a la calle, a llenar de vida y movimiento una ciudad que parecía haber atravesado una guerra. Perón esa misma noche convocó, con un discurso encendido, a honrar la sangre de los muertos del Pueblo. Pero la suerte estaba echada y nada pudo haber evitado el golpe de septiembre del 55. O se podría haber evitado, quizá, con más sangre del Pueblo en la calle. La sangre de los tipos como mi abuelo que, ilusos, intentaban frenar con un 22 corto el ataque de metralla de los aviones y que fueron los que, en las décadas venideras, dejarían la vida y el cuerpo ante un enemigo monstruoso y desalmado, enfrentándolo a veces silbando la marcha en una esquina oscura, a veces tomando las armas para salir a la calle. No es que estas cosas, sueltas no hubieran pasado antes, es que este despliegue tuvo un carácter novedoso: las bombas en las marchas, al igual que los bombardeos para matar a Perón en una plaza en la que Perón no estaba, igual que meter en cana a gente al boleo por cantar la marchita, igual que desaparecer gente, tiene un efecto que apunta a los otros además de a las propias víctimas. El efecto del miedo: el miedo a ir a marchar (que no es otra cosa que el miedo a reclamar), el miedo a decir lo que creo, el miedo a vincularme con el que piensa de un modo y otro. En resumen, es el miedo a ser, el miedo a la propia identidad. Y esa es un herramienta muy poderosa, enormemente potente. Y ese miedo va a ser la sombra de las décadas que el país tiene por delante ese 16 de junio de 1955, cuando los aviones tiran bombas sobre una plaza para matar a Perón, que no estaba. Pero no contaron con algo, que ese pueblo al que Bombardearon también aprende. Y lo hizo casi inmediatamente, una lección muy importante además: lo único que se puede hacer ante el miedo es, tarde o temprano, enfrentarlo. Y vaya si lo hizo.

Como se ha dicho, la primera bomba cayó sobre la ciudad exactamente a las 12.40 y, a esa hora precisa, el miedo nació a la política argentina como un actor determinante. Es a las 12.40 de ese jueves nublado que una bomba entre cientos cae primera, dicen que para matar a Perón, que ni siquiera estaba en la casa de gobierno. Es a las 12.40 que un tipo, desde un avión, lanza una bomba sobre la Plaza, dicen que para matar a Perón que no estaba, y cae sobre un trolebús escolar. Esa primera bomba, que cae a las 12.40 hs. sobre un trolebús escolar, no sobre Perón que no estaba, ni siquiera deja cuerpos que identificar. Son las 12.40 y al menos 20 niños mueren porque alguien quiere matar a Perón, con bombas que caen sobre una Plaza en la que Perón no estaba. Así nace el miedo, con la muerte que llega sin nombre, sin aviso y sin autor. Así nace el miedo a la muerte de los sin nombre, el miedo que mi abuelo exorcizaba con chistes, el miedo que la política argentina tardó casi 40 años en excomulgar. El miedo que no deberíamos permitir que vuelva y, si es posible, como lo hizo mi abuelo: sin perder la sonrisa.

* Licenciado en comunicación (UBA). Docente en Historia Argentina y Latinoamericana. Trabaja en comunicación institucional. Juega a los jueguitos. Lee cómics. Ensayista. Bostero. Peronista. Excelente contador de historias. Un día le dio la mano a Bruce Dickinson.

Jul 7, 2026 | Mariano Juárez

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