¿Qué queda cuando muere un artista que transformó el lenguaje de una época? El autor invita a pensar el legado de Solari más allá de la conmoción colectiva: como una experiencia estética, política y cultural que hizo del rock un territorio de invención, contracultura y pertenencia para generaciones enteras.
Por Pablo Alabarces*
Si el arte es tocar los límites de lo que el lenguaje te permite, eso lo hacen solamente los y las grandes artistas. Esto se lo debo a Diego Fischerman, que lo dijo hace muchos años y me lo grabó en el cerebro. Usé y reusé la frase hasta el abismo para explicarles a mis estudiantes por qué Maradona era un gran artista. Con el Indio Solari, la frase tiene nueva vigencia. Porque el Indio, los Redondos, los Fundamentalistas eran artistas que estiraron los límites de lo que podía ser cantado y tocado. Dijeron lo que nunca se había dicho, sonaron como nunca se había sonado.
Son muy pocos y pocas los que lo consiguieron en la cultura popular. Y el rock siempre fue cultura popular, hasta cuando los Beatles metían una orquesta de cuerdas para jugar a otra cosa y sin embargo permanecer dentro del mismo cuarto –o cuando, y otra vez lo cito a Fischerman, metieron timbales en “Every Little Thing” –. El Indio Solari fue uno de ellos. Un artista excepcional, y no solo por su poética sino también por lo musical –en lo que, claro, tiene que ver también Skay Beilinson–: toda su obra es de continua innovación, un continuo tensar la cuerda para ver hacia dónde podía ir el rock sin dejar de ser rock, sin abandonar jamás la matriz original, tentando otras zonas (la electrónica, por ejemplo), pero sin ceder jamás a las tentaciones de la bestia pop.
Una de las notas más remarcables de las movilizaciones por su funeral es, justamente, que las produce la muerte de un artista: un ídolo popular, claro, como Maradona, pero además un artista tan desmesurado como masivo –una mezcla tan inesperada como escasa–. No es la movilización por la muerte de un líder político, sino por la de un artista. La historia argentina tiene antecedentes en las dos direcciones: los funerales de Eva y de Perón, por un lado, que duran días y días para el desfile del dolor; los de Gardel, Maradona, Sandro, el Indio, que congregan a las masas para reclamar su amor. Y no se trata de una comparación: algo hay en todos ellos y en ella que permite proponer una serie.
Como dijimos con Abel Gilbert en nuestra Historia Mínima del Rock en América Latina, Los Redondos de Ricota cuestionaron el estatuto mismo del rock desde sus entrañas. Fueron todo aquello que el rock ya no podía ser, porque había nacido como mercancía cultural y no podía escapar a esa trampa, aunque lo negara o lo intentara. Como decía Greil Marcus sobre el punk, el rock no podía ser más que cultura de masas, aunque se propusiera como crítica de la cultura de masas en el corazón de la cultura de masas. Los Redondos, y sólo ellos, lo lograron: fueron cultura de masas y a la vez su crítica.
Por eso fueron el grupo más contracultural y multitudinario de la historia del género en Argentina. Las letras del Indio reivindicaban sus propios deseos de autonomía con las críticas al estatuto del estrellato y al abandono o soslayo de algunos de los elementos de negatividad que se creían propios del rock. “¿Y cuánto vale ser la Banda Nueva / y andar trepando radares militares?”. A la distancia, “atrapado en libertad”, el verso que pone fin a “Preso en mi ciudad”, es una de las imágenes más diáfanas de un presente de condicionamientos políticos y simbólicos: la transición democrática. Los Redó narraron nuestra cultura desde ese momento en adelante: fueron los primeros en afirmar que la transición no era, precisamente, un jardín de rosas, y que lo que seguiría sería aún peor, una historia política y económica de dobleces, claudicaciones y traiciones.
Pero fueron, especialmente, contraculturales y de masas. Dos cosas que no suelen ir juntas. El rock nacional fue masivo, sin dudas, pero nadie consiguió lo que el Indio y los Redondos, luego prolongado con los Fundamentalistas: movilizar masas de un lado a otro del territorio para el ritual más estremecedor de nuestra cultura (el pogo más grande del mundo), un ritual que se afirmaba contracultural a cada paso. ¿Qué quiere decir aquí contracultural? Básicamente, afirmarse como herejía y resistencia frente a un mundo de violencia, injusticia y opresión, pero hacerlo a través de la música y la poesía. Esa contracultura fue el eje que organizó la cultura, la sensibilidad y la identidad de millones de jóvenes en el preciso momento en que nada ni nadie más podía hacerlo. Los Redondos se inventan en los 70, graban en los 80 y explotan en los 90, porque en ese preciso instante encuentran sus “masas en disponibilidad”: los pibes y las pibas que, sin saber de dónde agarrarse para bancar la tormenta, encontraban en ellos una manija, corriendo a ver qué escribe en mi pared la tribu de mi barrio.
Esa contracultura encontró con el Indio un gran invento, un hallazgo ideológico que podía, a la vez, ser marketinero: la independencia. ¿Paradoja? Ser independiente era más exitoso que firmar con una discográfica o aparecer en la televisión. A la vez, esa independencia les permitía algo que pocos artistas populares consiguieron: un grado de autonomía estética radical. Durante cuarenta años, el Indio hizo, escribió, cantó, grabó lo que quiso, y para colmo alimentó con eso el mito contracultural más eficaz de la cultura roquera argentina. (Eso podía llevar a algún exceso interpretativo por parte de sus públicos: en este mismo momento y en paralelo estoy discutiendo con colegas que creen que duelar al Indio implica cuestionar a Cerati. Gente grande y seria, pero que caen en una trampa que el propio Indio descartaba).
Y para colmo: el Indio demostró que se podía hacer arte popular con una poesía tan compleja que, sencillamente, o nadie la entendía, o cada uno y una la entendía como le parecía. Eso es un milagro artístico, que solo Spinetta podía, en algunos momentos, lograr. Arte (arte como exceso del lenguaje, recordemos) de masas, basado en la metáfora como distancia máxima del realismo. Y sin embargo, millones de pibes y pibas leyeron en ese hermetismo el cántico más resistente de los años 90, el que definía como nadie de qué lado de la mecha estabas. No hacía falta que el Indio proclamara peronismo o bolchevismo: sus públicos leían lo que querían, y leían peronismo, bolchevismo, anarquismo, resistencia, aguante, herejía, revuelta, amor. Después de todo, todo preso es político, y salando las heridas jodiste a todo Cristo y más, a boluditos de la luna y tipas porno-nazi look. Lo dice mejor que yo el colega Sergio Pujol: “El público de Los Redondos sintió que estaba aprendiendo poesía o que estaba disfrutando de la poesía a través de un ídolo popular. El triunfo de Los Redondos es el triunfo de la canción popular”.
En ese movimiento, como muchos y muchas han recordado en estas semanas de duelarlo, el Indio y los Redó inventaron a su público. Un viejo error del mal periodismo consiste en decir que estos fenómenos artísticos populares “reflejan” lo que ya estaba ahí: por ejemplo, Solari y los jóvenes entre 1985 y 2017. Si el Indio se hubiera limitado a ejercer de espejo, hubiera sido fácilmente imitable por cualquier cantor más o menos protestón. No fue así, y esto lo descubrió la sociología de la música popular hace mucho tiempo: estos músicos decisivos y excepcionales inventan a sus públicos, inventan sus lenguajes y sus símbolos, porque pueden ver –en eso hay algo de profetas– de dónde vienen, dónde están, hacia dónde van, qué desean y qué imaginan. El Indio le puso voz, letra y música al deseo, a la imaginación y también a la furia de por lo menos dos generaciones de argentinos y argentinas.
(Además, cantar esas letras, que no sé de memoria, porque por edad soy charlygarciesco spinetteano, es un continuo paladeo del lenguaje. Por favor, repitan conmigo: No lo soñé, yeh, se enderezó y brindó a tu suerte, no lo soñé, yeh, y se ofreció mejor que nunca; no mires, por favor, y no prendas la luz. La imagen te desfiguróoooooo.)
Una última acotación biográfica: los músicos aficionados y mediocres, los que somos incapaces de producir un sonido con alguna autonomía, sólo buscamos reproducir lo que admiramos. Llevo más de cincuenta años intentándolo con el rock argentino –y no sólo– con tanta tenacidad como fracaso. Entre esos fracasos, el año pasado pude tocar con una banda un tema de los Redó, que creo salió con alguna dignidad, aunque sin saxofón. Por suerte, lo escucharon unas escasas cincuenta personas, y ninguna vio la emoción que me produjo tocar en vivo, por primera y última vez en mi vida, una canción del Indio Solari. Ya puedo descansar.
* Doctor en Sociología, Profesor Titular Plenario de Cultura Popular y Cultura de Masas en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA e Investigador Superior del CONICET. Publicó 18 libros sobre cultura popular, sociología del deporte y rock nacional. IG: @p.alabarces, FB: Pablo Alabarces, X: @palabarces.






