La mañana del 5 de junio trajo cinco palabras que conmovieron a gran parte del país: “Se murió el Indio Solari”. Sumergido en la inconmensurable conmoción, Ernesto Giacomini se pregunta por el después. ¿Qué hacer con aquello que hizo el Indio de nosotros? ¿Cómo seguir cuando el cuerpo de quien nos dio frases para casi todas las situaciones de la vida ya no esté? Este asunto está ahora y para siempre en nuestras manos.
Por Ernesto Giacomini*
“Yo hago canciones para que la gente imagine. Vos tenés que hacer una propuesta, un puzzle, alguna cosa que sea atractiva como para que la gente vea la necesidad de ver qué mierda está pasando (…) La grieta se divide entre los que tienen y los que no tienen, los que tienen poder y los que no tenemos poder”.
Indio, diciembre de 1986.
08:44 AM del 5 de junio de 2026, me llega un mensaje de un compañero de laburo:
—Se murió el Indio Solari…
—No, no.
—Una cagada…
Estoy destruido. No tengo ni que chequearlo, el WhatsApp explota. Apenas supe del hecho, mi reacción fue negar. La muerte no es algo fácil de aceptar, por más común que sea. Voy al grupo de amigos de la secundaria, recordamos buenos momentos, y luego posteo en redes: “mucho de lo que pensamos, decimos y hacemos, tiene su huella. Con su música y poesía forjó buena parte de nuestra identidad, de pedazos de varias generaciones, al menos de la mía. Buen viaje querido y gracias”. Me siento pelotudamente insatisfecho. Sigo, Plaza de Mayo y recital en Vorterix de Rey Garufa. Euforia. El domingo, misa: 10 horas del Riachuelo al Gatica. Ceremonia en la tormenta con esa larga, cansadora, pagana y festiva marcha fúnebre de renegados plebeyos de la que soy felizmente parte. Puedo despedirme, con lágrimas devuelvo y agradezco. Salgo del Gatica. Silencio. Por fin me siento en calma.
Unos días después, me llega la propuesta de Zigurat. Dudo, no me siento a la altura. Me resuena un fragmento de una entrevista que se repitió hasta el hartazgo por los medios en esos tristes días: “La vida no está hecha para vivir entre algodones”. Quien me contacta comparte el sentimiento de congoja. Seguimos a flor de piel. Me pregunta dulcemente si quiero. En secreto mido mi acrobacia. Salto. Respondo que me tiro de cabeza..
De modo que ahora escribo yo, porque me toca.
Pienso en qué difícil es escribir algo que aporte, tanto se ha dicho ya, hay tanto registro digital y audiovisual, tantos análisis en la disputa semántica que ya ningún tipo de crónica vale la pena, y tampoco da para un análisis con pretensiones o ínfulas científicas de los tantos recientemente publicados a ritmo frenético. Así y todo, siento que el fenómeno sigue siendo inabordable. Sin embargo, logro llegar a un interrogante que al menos a mi me arregla: ¿qué vamos a hacer con aquello que hizo el Indio de nosotros y nosotras?
Creo que lo que nos trae la partida de Carlos Alberto Solari, el “Indio”, es un asunto que va más allá de toda tristeza, algarabía ritual, plebeyicidad, desborde y crítica antisistema. Nací en 1984, tengo 41 años: puedo afirmar sin lugar a dudas que los Redondos fue la banda que más escuché y que, como a distintas generaciones anteriores, nos ha marcado identitariamente. Sospecho que a varios nos habrá pasado parecido. O más bien me gusta imaginarlo así: escuchar por primera vez a los Redondos y la voz del Indio como un hecho magnético. Hay algo ahí, la música que te descoloca y un mensaje a descifrar que no sabés bien por qué, ni cómo, te interpela. Quienes escuchamos desde niños, lo que decía ese hombre era realmente muy difícil de comprender, pero allí estábamos totalmente sintonizados.
El indio nos metió en una atmósfera de sentido que fuimos descifrando junto a otros que lo escuchaban también; y con su lírica nos habló de todo: de momentos políticos del país, de revoluciones fracasadas, del bloque y los pueblos que ya no quieren escuchar cumbias y merengues crueles hartos de sangrar por las tejas; de un sinfín de personajes urbanos, con sus dramas, angustias, amores, adicciones, celos, mezquindades, avaricias, engaños y ansiedades; de pibas en vulnerabilidad, de Marita y la Virgencita, de Haydé y el Río Bravo, de la vida en los márgenes y el encierro, de Pablo, de las masacres, del autoritarismo y lo disciplinante de las instituciones y los abusos que allí se cometen, de la repugnante y obscena cultura frita de los noventa y sus estereotipos, del Barón B menemista, de toda esa risa rubia de barrio especial, de los avaros nenes de oro y toda su vulgaridad de shopping disco zen. Pero también del amor y el desamor, de las partidas y, fundamentalmente, de la soledad en esta tierra que es una herida.
De todas las cosas que se dijeron en estas semanas, mes quizás, hay una que abrazo con fuerza, y me la apropio. Lo conceptualizó la escritora Mariana Enriquez: el Indio como una antena sofisticada. Quien diga que entendiò de una las canciones, miente. Hace falta un código, experiencia, conocimientos, calle, que te cuenten, aprender, buscar, asistir a los show y leer. Porque me parece que sí, que hay algo que sucede en ir creciendo con su música y su poesía, algo que no se bien cómo manifestar, pero que es como una especie de toma de conciencia temprana, en absoluto feliz pero totalmente motivante de que al fin y al cabo estamos arrojados a vivir en un mundo decadente, caído en desgracia, en el cual hay muchos que gozan con nuestro penar y la opresión de millones. Por eso me sorprendiò mucho cuando leí por primera vez, y releí en estos días nuevamente, la entrevista que Enrique Symns le hizo al Indio para la “Cerdos y Peces” de diciembre de 1986. Yo tenía apenas un año y medio de vida, no llegué a leerla hasta recién entrado en la facultad, siendo que en casa los fuegos oktubres sonaban desde que tengo memoria auditiva. Mi viejo los trajo: Oktubre y La Mosca y la Sopa estaban en el living, primero en cassette, luego en CD. Mi viejo llega a ellos, cuenta, por unos compañeros de cursada de la universidad. Eran años en los que muchos jóvenes adultos que desde muy temprana edad militaron en los oscuros momentos de la dictadura genocida, retomaban su vida y volvían a cursar, o incluso empezaban por primera vez una carrera. De modo que se los hicieron escuchar y también le dieron las interpretaciones de esos oscuros submundos de sustancias y personajes incognoscibles para él y para mi. La sorpresa mia fue encontrar en dicha entrevista, todo eso que estaba en sus canciones de modo más masticado. Allí, sin tanta metáfora, estaba lo que que sentí, percibí, o creí que significaban muchas de sus canciones que más me interpelaron y que eran la base de otras tantas más que me daban cierta picardía para manejarme en el día a día, ¿vieron que hay una frase del indio para casi todas las situaciones de la vida?
Tengo la necesidad de ir pidiendo disculpas por lo personal aquí expuesto y también porque no voy a citar la obra del indio, ni mucho menos osar ahondar en aspectos de la cultura popular, masiva y mediática, ni de los cuerpos y los rituales, ni nada para decir algo sustancioso para los ámbitos académicos. Aguante el Indio y los Redondos. Y sí, que suene así de termo, que me cataloguen en aquello del fanatismo. No me importa, porque creo que muchas cosas que digo, pienso y hago parten de esa temprana identificación poética y musical. No escapó ni a mi época, ni a mi clase, y mucho menos a mi banda favorita. Mis viejos los escucharon también, por eso me pongo a llorar. Miren qué vernàculo y sentimental, ¿cómo no sentirme así ante semejante pérdida? Como dije, son varios los pedazos de distintas generaciones identificadas con el Indio y los Redondos, y son muchos las y los jóvenes que quieren crecer con esta música y ese mensaje, de modo que quiero creer que seguiremos sintonizando aquella antena tan sofisticada. Pero, ¿qué haremos ahora que el mito finalmente se comió al mito? Porque, más allá de la pérdida aurática de su presencia, las canciones las podemos repetir hasta el infinito. El tema está en el ritual, en el mensaje, en qué hacemos con todo esto, con nosotros mismos y en cómo pensamos las formas que encontremos para que suceda aquello que queramos, aquello que imaginamos como parte de la plebeya patria ricotera.
La muerte del indio nos cayó en un momento tremendo social, cultural y económico, no solo del país que revive irracionalmente los ‘90 de un modo espantoso, sino del mundo. La guerra, el odio, el genocidio y las bombas surcando el cielo son el escenario de una revolución tecnologica de la que no tenemos buenos augurios. Días antes del fallecimiento del Indio, los titulares “informaban” del femicidio de Agostina Vega. Brutal, un nuevo femicidio a dìas del Ni Una Menos, y la TV Führer a pleno, encargándose de revictimizar y resaltar la condiciòn social de la piba, de poner en primer plano el entorno de Agostina. Da asco cómo opera la agenda mediática en estos casos: noticia a pleno durante el 3J, luego al olvido, se saca el tema de agenda y no se visibilizan la innumerable cantidad de femicidios que ocurren. Y ahora pienso en el Indio entristecido viendo esta salvajada de cobertura a días de su propia muerte. En un santiamén, la TV Führer escupe a Agostina de la agenda mediática como si nada, por todas las razones oscuras que se nos puedan ocurrir, y se posa sobre la muerte del Indio, y aguarda impaciente por los desbordes. Los necesita, nos quiere “fanáticos”, lúmpenes e irracionales, quiere deslegitimar cualquier cultura o identidad que se resista a las perversas intenciones de sus amos. Y sin embargo todo ocurre en paz, como hace tiempo en las misas para ver al Indio con los Fundamentalistas. Y en las cámaras y en los micrófonos, además de la tristeza, de la orfandad, de lo fraterno, del goce, del aguante, de las mil historias, se oyen los pedidos de libertad por Cristina, se cuela las puteadas a Milei y los “viva Perón”. Durante los 9 kilómetros de fila suenan canciones, entre ellas: Todo preso es político.
Disfruté mucho la enorme presencia de jóvenes en las distintas ceremonias callejeras para despedir al Indio porque entiendo que deciden crecer con esta música y estos mensajes, que son ideas. Los vi consustanciados, emocionados, entristecidos y festivos, y se me cruzó por la cabeza aquella opinión del Indio de que por sus nervios corre mucha información del futuro, y entonces me esperanzó en eso de cómo enfrentar este presente que hace rato es un palazo con la sentencia existencial de que vivir solo cuesta vida y que si no hay amor que no haya nada. Me gusta creer que hay algo en esa nueva generación que también sintoniza esta antena, y en cómo se sumarán también todos aquellos que jamás la sintonizaron pero que con este masivo y emotivo hecho luctuoso se les despertó el interés. Seguro lo hacen y harán desde otro lugar, otra perspectiva, incluso desde un encuentro con el Indio, su poética y música en otro tono, dado que el Indio de las últimas décadas se encargó mucho más de hablarnos del amor y la vida cotidiana que de otra cosa, o al menos así lo percibí yo. Comenzarán por el final, llegarán al principio.
Por eso, contra de los que tienen los cielos custodiados por marines y los sheriff gigolo, los temerarios Alien Duce, los aristócratas de cotillón o de alcurnia, y de toda la caterva de soberbios y despiadados tipos que huelen a Tigre y hacen del mundo un lugar cada vez más áspero, más individualista, más precario, menos fértil para el amor, la bondad, el compañerismo, la solidaridad y la justicia, creo que con nuestras fallas y virtudes, tenemos que pensar bien qué hacemos nosotros y nosotras, al menos quienes nos sentimos implicados e identificados con el mensaje de esa antena sofisticada, ¿qué hacemos ante las desigualdades, con el amor, con el dolor, con los oprimidos, con los que caen en las drogas, con la pobreza, los abusos, las bombas, los desangelados y turbios personajes, con los femicidios, con la mezquindades, avaricias, propias y ajenas, con nuestra cultura, y qué hacemos con esta hidalga voluntad de vivir y resistir, pese a todo? Entonces, queridos colegas, compañeros y compañeras de la gran tribu, ¿qué hacemos ante la partida del Indio ahora que no parece avistarse el chamán que se coma nuestro inmenso dolor? Hagamos, escribamos, construyamos, movilicemos, analicemos, critiquemos, cantemos y digamos. Que no nos secuestren el estado de ánimo y nunca dejemos de ser honestos con aquello que nos dejó el Indio, porque este asunto está ahora en nuestras manos y para siempre.
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PD: Dos días después de terminar de escribir este ensayo, se nos va Taty Almeida. Con dolor y alegría por su lucha incansable por los derechos humanos, la despedimos a sabiendas de que ese asunto también está en nuestras manos: Memoria, Verdad y Justicia.
* Prof. en Ciencias de la Comunicación Social (UBA). Coordinador del programa de Desarrollo Productivo de Culturas Políticas, el observatorio de Industrias Culturales del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”. Cooperativista. IG: @ernestgiaco FB: Ernesto Giacomini.






