El lenguaje artístico del Indio posibilitó que sus canciones construyeran un universo simbólico donde conviven la política, la literatura, la cultura popular y una sensibilidad generacional. En este ensayo la autora propone una lectura de esa escritura singular, capaz de convertir la opacidad en potencia expresiva y de transformar cada verso en una invitación a imaginar otros modos de decir, de escuchar y de habitar el mundo.
Por Marcela Garavano*
Lejos un trino.
El ruiseñor no sabe
que te consuela.
Esa tonta lo vino a buscar. Se le arrimó con sigilo. Lo olfateó. Le respiró cerca. Se proclamó con espasmos y dolores. Cruel. Él hizo lo de siempre, resistir. Le negó el miedo como respuesta y la resignación como postal. Lo encontró vivo. (Re)encarnando su revancha de antemano: alentar y predicar, fervientemente, la experiencia de vivir.
La muerte llegó, gradual e infalible, a llevarse al Indio Solari. Orfebre de lo sensible. Dandy psicodélico. Inconmensurable. Un tipo especial.
El devenir de sus deudos es una brasa ardiente. Oyen. Buscan. Leen. Miran. Lloran. Devoran. Vuelven. No encuentran ningún bello tutorial, ni instrucciones para el después. Las primeras pulsiones llevan a hurgar lo que queda. Animarse a revolver y tocar las pertenencias de un muerto. Un chasquido sutil para sacudir el silencio que se instala cuando cesa el derrumbe. Quienes aún respiran inician la tarea de ir por palabras, imágenes y cosas. El afán por atesorar lo vivo. Propician gestos como chispas y manotazos para que las tempestades privadas amainen. Penetran desde el dolor en la exploración de su arte (fuente de expresión de la virtud y la belleza) acarreando el riesgo de que los anhelos y agonías deriven en callejones estériles e intrínsecamente reduccionistas; en pretensiones interpretativas, racionales y despojadas. Todo lo que nunca quiso cuando dijo: “yo podría inventar una manera de explicar, porque tengo las respuestas, pero no quiero hacerlas públicas, porque acotan la posibilidad de que la gente imagine. A mí lo que me interesa es detonar la imaginación en la gente”. ¡Bum!.
Su inmanencia es tan intensa como el dolor que incrusta su partida física, proporcional a la fuerza constitutiva que ha tenido en las subjetividades propias. Sus palabras se encarnaron porque hicieron ser. Saberlo vivo era una certeza para sobrevivir. Duele, como hace doler la ausencia permanente de los seres excepcionales que nos dan, antes que propósito, un modo de ser en el mundo.
“Al amor
a jugar
y a luchar
te invité
y al dolor”.
Queda aventurarse. Honrarlo con la bravura tierna de los pajaritos. Explorar y sobrevolar la obra de este genio (amor) en busca de señales: luciérnagas antes del fulgor. Recolectar y convidar (a las almas siempre alrededor) sensaciones que como flechas cruzan el sueño. Y hacerlo exponiendo este yo que narra doliente por la puntada que hunde la ausencia terrenal y para siempre del origen de la conmoción. Una misión que sólo puede hacerse con el corazón entre las manos y sin más pretensión que esperar que esa luz (que creció en él -y en cada uno de nosotras/os-) sea la que domine el cielo.
El lenguaje universal de la conmoción
Alejado de manifiestos dogmáticos e indicativos, el universo creado por el Indio poeta-escritor-músico-cantor se construye sobre pistas sensibles. Una suerte de lenguaje común agazapado en los silencios, en los intersticios. Un código sin elementos clasificables. Una lengua hilvanada de intuiciones. Un idioma del sentir universalizado como hito identitario. Un decir encarnado por un yo como primer devoto de su propia fe pagana. “Si yo puedo hacer buenas cosas con vos, cosas que me conmuevan, difícilmente haya un precio mayor. Sobretodo, si yo estoy en esta vida para ser conmovido”.
Dejarse envolver por la poesía del Indio constituye el primer gesto emancipatorio, difuso y aún así indeleble, a través del cual tantas almas identificaron el tablero del mundo, el juego de la vida y sus equipos (siempre desiguales). Porque en esa instancia germinal el mensaje que enraiza y se multiplica es contundente. En las galaxias simbólicas que construye, la mecha (siempre encendida) tendrá al menos dos lados entre los que ubicarse. La primera regla volátil, la iniciática construcción política-humana del Indio ha sido crear un universal: elegir de qué lado habitar el paño del mundo. Dotados de señales, alertas sutiles y veladas, sabremos del orden (viril, soberbio, despiadado.) Un patrón global, un sistema opresivo frente al cual la insistencia desde los imaginarios será la única munición disponible. Intuimos bandos, modos de vivir y senderos desde los cuales construir resistencias, contracultura con rocanrol. Un eje espiritual y pragmático que hizo y hace construir en común ciertos enemigos –“no hay paz donde el oro brilla. Allí cometen maldades. Solo por deleite, amigos…(cosas peores no hay”)– o atesorar la esperanza compartida de un destino mejor –“hay un sol desconocido que brillará para jóvenes generosos y valientes, ya verás”-.
Sobre el mundo y los modos de habitarlo, la fenomenología sostiene que antes de pensar, percibimos. Esa intuición —que Merleau-Ponty llamó la base de todo conocimiento— es también parte nodal del universo artístico del Indio. Porque su obra no argumenta, encarna.
Merleau-Ponty llama la “gran prosa” al lenguaje literario y poético, no entendido como una herramienta de comunicación, sino como un vehículo capaz de dotar de expresión al mundo vivido, de hacer hablar lo que se siente. Un lenguaje con “vocación de la verdad”, a veces descarnado y siempre virtuoso de honestidad en Solari, que construye experiencias al decir algo que no había sido dicho.
A quienes supieron quejarse por no “entender” sus letras, el Indio respondió: “escribo canciones en la creencia de que (…) la poesía crea realidades intelectuales que se presentan emocionalmente. No como un pensamiento reflexivo ni filosófico sino como un pensamiento rítmico. Una buena canción (su lírica) debe parecer que no pudo ser escrita de otra manera. Debe tener poder de seducción y comportarse como un enigma del cual uno presenta, para su resolución, solo indicios”.
Palabras como bombas pequeñitas. El entramado de una lengua en la que, sostuvo Horacio González, “podemos percibir (…) el proyecto de comentar la voz inaudible de los “suicidados por la sociedad”, y un tipo de acción poética que no tan poco remotamente se inspira en el haiku, con su inocente cadencia que se hilvana sobre la eternidad de lo aparentemente insignificante”.
Sus líricas transforman el mundo vivido en un lenguaje universalizado, que no necesita ser traducido en significaciones y pensamientos, y que “vale como arma, como acción, como ofensa y como seducción”. Nuestra hermosa dotación vital.
Sus amantes
El Indio sembró con la paciencia de un monje y los misterios de un chamán indicios de esa lengua común. Modos de decir que moldearon almas, posiciones vibrantes e inquietas, estados de ánimo y alientos por proteger. “Eso es, creo, lo que debe hacer un escritor de canciones, apropiarse de las emociones que encuentra en su camino, estrujarlas, agitarlas y mezclarlas con el fin de transmitirlas en un nuevo juego. En un lenguaje no reflexivo, ni filosófico, sino en un lenguaje rítmico donde los silencios entre línea y líneas son los que definen su valor en el tiempo y su resonancia”. Pateó la caja de truenos y sonrió.
Ahora sus huestes marchan estremecidas por la larga avenida del adiós. Por momentos enmudecen. También gritan. En el andar y en las rondas, reviven la memoria de sus rituales. Un espacio fuera del tiempo sin jerarquías, ni poder, ni distinticiones. Soledades individuales que se hacen llanto colectivo, una fraternidad indestructible. Un carnaval de corazones rotos.
Se sacuden las sensibilidades de hombres que vomitan en llanto la virilidad de un tiempo que exige y ahoga. Modelos de varoncitos de oro que estallan en las pantallas, astilladas de imposibles y falsedades. El quebranto de la muerte les permite doblarse sin romperse. Cuentan que les susurró al oído y los sacó del dolor y también de la oscuridad. Dicen que sus letras poblaron los pabellones como melodías de libertad. Afirman que escucharlo fue un zumbido que se hizo canción y los hizo salir de los pozos profundos que habitaron. Rotos, mal parados, conmovidos y también estoicos. Muchachos rústicos que escupieron las palabras llenas de belleza que les prestó y nos enamoraron. Dotados y conmovidos, patricios de amor. Una murga de renegados y redimidos: vagos, laburantes, ladrones, nenes bien, changarines. Chabones con las almas pinceladas, astilladas de la mejor certeza que les regaló: no resignarse ante el siniestro rumbo del devenir.
Y, ¡ay! las muchachitas. Encandiladas por un sol agazapado brindan llorando. Drenan dolores. El dolor. También sonríen. Van envueltas con letras en telas y pieles. Titilan en ellas todas, parte constituyente de su público respetable. Menos abrazadas a las vallas o protagonistas en el pogo de fin de fiesta, que desparramadas en los márgenes como muro de contención de un magma vivo. Para nosotras tampoco fue dogmático. Nos interpeló en su lengua desde el amor como experiencia vital. No construyó generalidades para decirnos. Más bien inventó mujeres como figuras multicolores que diseminó en los entramados líricos. Ahí lucen, bailan, ronronean y soplan sensibilidades que se universalizan porque conmueven. Protagonistas de yeites, amores o desamores. Pibas, católicas, fatales, lindas, zorronas, princesas, infinitas. Tipas tiernas y repaces, tan etéreas como imborrables, provistas de lenguas como sables y matices en los que (d)espejarnos. Los cuerpos de las muchachitas que marchan también recuerdan. La pertenencia que amortiguó las primeras libertades. Las caras de todos los desconocidos con los que hicimos cofradías. Los sufridos del rock que encararon con el impulso de las sustancias. Todas a las que ayudamos o nos abrazaron en algún campo remoto del rock. Los andares entrelazados de las manos con los propios entre multitudes y el rumbear como una vieja murga fogoneando la valentía en esos lugares donde el despojo del miedo fue redentor.
Un aura entrelaza historias. Marchan y cantan. Sonríen y lagrimean. La atmósfera trae humo, risas, llantos y canciones. “El arte”, afirma Marcuse, “no puede cambiar el mundo, pero puede contribuir a transformar la conciencia y los impulsos de los hombres y mujeres capaces de cambiarlo”.
Ese peregrino revoltoso, renunció al sentido común de la sociedad y creó un mundo expansivo e infinito a prueba de olvidos. Los primeros pasos en el camino del después nos hacen tambalear, pero también confiar. Porque frente al porvenir tendremos su legado como arsenal. Y todo está ahí:
la defensa de la virtud y la belleza;
la intransigencia para buscar lo que conmueve;
la arenga por los placeres que nos quedan sin dañar;
la libertad afiebrada para imaginar;
la obligación vital de reír y resistir,
las almas a nuestro alrededor,
el amor a los costados
y el asunto, ahora y para siempre,
en nuestras manos.
* Licenciada en Ciencias de la Comunicación Social (UBA) y Magíster en Servicios de Comunicación Audiovisual (UBA). Es autora de Ellas bailan con todos, su primer libro de relatos basados en las mujeres protagonistas de las canciones del Indio Solari y los Redondos.






