Entre 1988 y 1991 no solo transcurrió el tiempo: cambió un gobierno y se transformó una época. Entre la edición de Un baión para el ojo idiota y el asesinato de Walter Bulacio, el autor construye una cronología sentimental que enlaza esos acontecimientos con su propia historia, invitando a una memoria colectiva que sigue viva en las canciones del Indio y en las generaciones que las heredarán.
Por Gabriel D. Lerman*
La evocación de la primavera democrática siempre contuvo en su interior un límite. La letra chica indicaba que esa estación, una temporada en sí misma, había tenido su momento epifánico, renacentista y esperanzado hacia 1983, pero había experimentado su crepúsculo y perecimiento, su final temprano. Emblema de los 80, la salida de la dictadura había albergado liderazgos políticos, afinidades multipartidarias, encrucijadas jurídicas, debates éticos por los derechos humanos, abismos económicos y, por sobre todas las cosas, un trasiego cultural. En 1989, en medio de la tempestad, el candidato peronista Carlos Menem, que había cobijado por unos meses la esperanza de una renovación popular, pronto dará paso a la mayor legitimación del ajuste, la amnistía, las privatizaciones y la extranjerización de la economía. A ese “Tiempo Nuevo”, como les gustaba invocar Bernardo Neustadt y Mariano Grondona, que abre una compuerta impensada, lo llamaremos invierno democrático. Y le pondremos música de los flamantes Redondos y no de Piazzolla. De aquel invierno nos despertaríamos una década más tarde.
Nos proponemos aquí duelar al Indio Solari, con la emoción que nos embarga, volviendo a alguna noche de nuestra adolescencia, en alguna esquina del barrio de Constitución. El entorno barrial estaba cargado de suburbio y riesgos. Concurríamos al secundario, el Colegio Nacional N.° 1 “Bernardino Rivadavia”, que aún se ubica sobre la avenida San Juan al 1500, frente a la plazoleta donde ahora reluce el mural del Diego que se ve desde la autopista 25 de mayo. Y a pocas cuadras de la sede actual de la Facultad de Ciencias Sociales, que en aquel tiempo apenas había nacido, así como nuestra querida carrera de Comunicación.
La memoria nos lleva a ese momento incierto que se inicia en la segunda parte de 1988 y que aquí figuraremos con dos telones de fondo (y sus respectivas bandas de sonido), que se superponen y se van corriendo, dando lugar uno al otro. Mientras que Semana Santa, la obediencia debida y el Plan Primavera se llevan en fade out al gobierno de Alfonsín, suenan todavía Charly García, Los Abuelos, Sumo, Virus y el primer Soda Stereo. Diciembre de 1987, había muerto Luca Prodan; marzo de 1988, muere Miguel Abuelo; diciembre de 1988, morirá Federico Moura. En cambio, la interna peronista entre Menem y Cafiero, acontecida el 9 de julio, consagra el galope de una improbable (y breve) caravana federal proveniente de La Rioja, que pronto se ensartará entre los desbordes carapintadas, la osadía del MTP en La Tablada y el desbarajuste inflacionario que liquida la primavera alfonsinista.
A mitad de ese 1988, se edita Un baión para el ojo idiota, el tercer álbum de estudio de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Según el Indio, una de las grabaciones que mejor capta el espíritu y la idea musical del grupo, y el que los empieza a mover desde salas más pequeñas, todavía reducidas, a algunas intermedias como el Teatro Bambalinas, Cemento, Aiport y Skylab. El disco contiene clásicos como “Masacre en el puticlub”, “Todo preso es político”, “Vencedores vencidos”, “Todo un palo” y “Vamos las bandas”. Es la música que empieza a escucharse, y sobre todo bailarse y bullir en la sangre.
En esos dos años bisagra, de movimiento de placas tectónicas, el relato de la primavera democrática se extingue, se le queman los papeles. Muere la década del 80. Hay un rock que queda resbalando en la superficie anegada de 1989. Por un lado, Charly y Spinetta participan de la campaña del candidato presidencial Angeloz. Por el otro, Lito Nebbia compone el jingle de Menem. No hay TV por cable ni redes sociales; no hay celulares ni tantos programas de rock and roll en la TV. Sí unas pocas radios que pasan algunos temas de los Redondos como Lalo Mir en la Rock and Pop. Y claro, muchos walkman con casetes y bandejas tocadiscos aún activas que multiplican el boca a boca, el cuerpo a cuerpo de Patricio Rey. Y una energía humana que los empuja desde los pub a las discotecas, desde los salones a los teatros y los microestadios. Los Redondos publican rápidamente su cuarto disco: Bang bang, ¡estás liquidado!, que se presenta en octubre de 1989 en el mítico Satisfaction de Lima y San Juan. Allí incluyen también clásicos como “Esa estrella era mi lujo”, “Ropa sucia”, “Nuestro amo juega al esclavo”. Días antes Menem, ya presidente en funciones, firma la primera tanda de Indultos. De un lado, cantaban: “Franja Morada, no seas caradura. Vos sos la consecuencia de la puta dictadura”. Del otro, respondían: “Decían que volvía la alegría, lo único que vuelve es la amnistía”. En Obras, el público de los Redondos volverá a gritar: “Paredón, paredón, a todos los milicos que vendieron la Nación”. Las cartas estaban echadas.
En un relato crudo y cargado de goce, Néstor Grossi reseña: “Era el último fin de semana de los ochenta. Esa noche del 29 de diciembre de 1989, fue el primer ritual, la primera de todas las misas y el primer concierto masivo de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Habían montado el escenario a un costado del estadio cerrado, sobre la cancha de hockey del club. Me veo correr por el campo hacia adelante, hasta chocarme contra la valla de madera que nos separa de una estructura de caños gigante, veo un malón de gente y el Chelo que gritaba: trepemos o nos matan. Así como nosotros, cientos comenzaron a trepar entre los caños (…) A pesar de que aquella noche resultó todo mal, y hasta quizás fue el peor concierto de Patricio Rey, ese fue el primer ritual, un gran ensayo lisérgico de lo que serían las futuras misas ricoteras y la década que llegaba; porque los noventa comenzaron esa noche, cuando el Indio y Skay pisaron el escenario del estadio Obras”
Para la vertiente liberal, 1820 fue la anarquía que no aceptó la Constitución unitaria. Para los federales, el gesto provinciano que le advirtió a la elite porteña que sin ellos no habría Patria. La muerte de Manuel Belgrano les marcó a ambas corrientes el naufragio de la primera década revolucionaria. El “invierno democrático” fue para nosotros el tiempo crudo en que la promesa institucional de la primavera alfonsinista de comer, curarse y educarse se hizo añicos, mientras los Redondos brotaban en los cuerpos jóvenes malheridos.
Meses después, en el Mundial del 90, el Diego nos devolvería por un rato la Patria perdida con su tobillo inflamado, dándole el pase interplanetario al pájaro Caniggia, puteando a los tanos como se insulta a tu misma abuela, bajo un cielo italiano.
El 26 de abril de 1991, Walter Bulacio muere a los 17 años tras agonizar una semana. Había sido detenido arbitrariamente y brutalmente golpeado por la Policía Federal Argentina, en la Comisaría 35°, en el marco de una razzia policial a la salida de un recital de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en el estadio de Obras Sanitarias. El caso se convirtió en un emblema contra la violencia y los abusos institucionales, llegando a ser analizado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Walter era estudiante del turno tarde del Nacional Rivadavia de Constitución.
Nuestro amo juega al esclavo / De esta tierra que es una herida / Que se abre todos los días / A pura muerte, a todo gramo / Violencia es mentir.
Al Indio y a Walter, y a todas las generaciones que seguirán cantando.
*Escritor y ensayista, graduado y docente de Comunicación de la UBA. Profesor adjunto e investigador de la UNPAZ, editor y gestor cultural.






