Cuando un libro nos gusta lo leemos, lo pensamos y lo subrayamos con resaltador. Eso le pasó al autor de este ensayo mientras leía Un futuro anterior de Mauro Libertella. El amor romántico, la mirada de los varones, incluso el fútbol se ponen en escena en la reflexión. Leiva a partir de esta lectura y de tantas otras busca complejizar la masculinidad para pensarla como una cuestión identitaria, relacional y dinámica.
Martín Santiago Leiva Salvatierra*
Una amiga me recomendó un libro escrito por Mauro Libertella que se llama Un futuro anterior. La novela está compuesta por tres partes donde cada uno de los capítulos cuenta cómo se vinculan varones y mujeres en un mundo donde no predominan las nuevas tecnologías como las conocemos en la actualidad. Mucho menos las redes sociales que se han convertido en una parte sustancial del ser y estar en estos tiempos digitales. La lectura despertó aquellos recuerdos de mí adolescencia. Una juventud que vivió y resistió los años 90 como pudo en el primer cordón del conurbano. La esquina del barrio se transformó en el último refugio de lo público frente a un país que privatizó todo lo que funcionaba.
En cada página y en cada capítulo, el libro me parecía cada vez mejor y recordé al semiólogo Roland Barthes cuando dice que un hoy un texto no está constituido por una fila de palabras, de las que se desprende un único sentido; sino que es un espacio de múltiples dimensiones de diversas escrituras: el texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura.
Así que con resaltador en mano, empecé a subrayarlo. Sé que a muchos lectores esta acción es considerada un sacrilegio, un acto de horror, una acción imperdonable. Sin embargo, decidí apropiarme de los fragmentos más atractivos, es decir, me detuve en aquellas partes del texto que me cautivaron: la narrativa sobre el “amor romántico”, la construcción de los vínculos sexo-afectivos y los mandatos de una masculinidad tradicional. Indagar sobre cómo se configuran esos atributos de lo masculino y lo femenino en relación con la cuestión afectiva y las emociones así como a los atributos que formatean los estereotipos de género. Sobre los subrayados, la psicoanalista Alexandra Kohan sostiene que esa acción permite que un texto no se cierre sobre sí mismo, que un texto constituya una lengua viva, que se pueda seguir leyendo. Eso me pasó con esta novela mientras subrayaba.
Cuando me acercaba a terminar el libro, pensaba en la construcción narrativa del amor que aparece en un Futuro anterior para ponerla en tensión desde el campo de los estudios sobre las masculinidades. Es decir, problematizar cómo se construye una narrativa masculina de género; cómo se cuenta una historia que habla de las parejas, el amor, el deseo, la sexualidad, la paternidad y el pasaje de la juventud a la adultez. Ese pasaje, que desde los estudios sobre masculinidades, es clave para convertirse en hombre. Cuando hablo de masculinidad me refiero a ese conjunto de prácticas, creencias, valores y costumbres que se establecen, social e históricamente, entre varones en un sistema patriarcal y machista. Según el investigador Matías de Stefano Barbero la condición de la masculinidad es un lugar, un espacio, un escalón que deber ser alcanzado, cueste lo que cueste y una vez que se logró el objetivo, se inicia una nueva batalla para defender ese lugar a capa, espada y golpes de puño si es necesario. Por eso no se trata de reducir los debates sobre las masculinidades en frases simples o repetir consignas vacías. Al contrario, estas líneas apuestan a complejizar la relación que existe entre la masculinidad como una cuestión identitaria, relacional y dinámica.
¿El amor a primera vista?
El autor de esta novela propone una trama atractiva con el pasado, el presente y el futuro. Construye y (re)construye su vida afectiva con Leticia, en un primer momento el amor clandestino que vive con ella, signado por la infidelidad, la culpa y los miedos. En la primera parte escribe cómo se conocieron, en esa lectura vale la pena pensar cómo opera el mito de “el amor a primera vista”, esa construcción discursiva que se materializa en Cupido, Dios romano del amor y del deseo, que cargaba en su espalda dos tipos de flechas, unas doradas y otras de plomo. Cuenta la historia que las doradas garantizaban el flechazo perfecto, la conexión instantánea; en tanto que las de plomo eran el desprecio y la aversión garantizada.
Describe Libertella, nos conocimos en una de esas noches calurosas y húmedas que definen el tono del verano de Buenos Aires. Ella todavía no me había registrado, pero yo ya experimentaba el privilegio inaudito de estar manipulando lo desconocido
Asimismo, la novela cuenta que el protagonista siempre tuvo pánico al momento de encarar a una mujer. Lo que lo atormenta es el miedo al rechazo, al ridículo y a la frustración. Sabía, eso sí, que era importante mostrar aplomo, naturalidad.
“Mostrar aplomo”, ese mostrar no es sólo para él, sino que es necesario y clave para (de)mostrar aplomo frente a sus amigos. Los hombres deben ser ganadores, decididos, seguros y aplomados. Bajo esta lógica, muchos varones, especialmente los jóvenes, se ponen en riesgo y hasta pierden la vida en accidentes de tránsito o en peleas callejeras a partir de las miradas. Parece que la mirada fija entre varones durante unos segundos no es tolerada. Al instante aparece un enunciado que invita más a la pelea que al diálogo: “¿Qué mirás? ¿Te debo algo?”
La mirada entre varones también demuestra cómo funciona en una sociedad patriarcal la disputa por demostrar quién es el “más vivo”, el “más canchero”, el “más guapo”, por mencionar algunas de las prácticas que la masculinidad hegemónica despliega, para garantizar el ejercicio del poder y anular toda demostración de vulnerabilidad. Recordemos que para los varones, que buscan ocupar el lugar de una masculinidad hegemónica o tradicional, no hay nada peor que la humillación frente a otros varones.
El fulbito
Sí hay un espacio de socialización genérica por excelencia para la mayoría de los varones es el fútbol. Un deporte que no solo es diversión y pasatiempo, sino que es una práctica que imprime una masculinidad tradicional que será decisiva entre pares. Aquel que no sepa jugar a la pelota, sufrirá el escarnio y la exclusión de casi todos los encuentros: antes, durante y después de cada partido. En ese mundo -y en esa jerga- las palabras claves que configuran un estilo de juego son no perder nunca y jamás perder una pelota frente al rival. Cuando aparece la caprichosa, en la novela se representa una escena muy común entre estos gladiadores del verde césped. Se juntan todos los lunes, a la misma hora y en el mismo lugar, para comer y hablar de todos los temas públicos. Pero sobre la vida privada no se habla. Menos aún sobre la posibilidad de la paternidad o las paternidades: Tener o no tener hijos, esa es la cuestión. El protagonista jamás pudo confesar en ese grupo su deseo de paternar. Sobrevolaba un contrato grupal que no admitía esas inclinaciones. Entendían que hablar de ese deseo, era traicionar la camaradería. Ese hermetismo masculino no solo anula la posibilidad de contar un deseo, sino que sepulta toda posibilidad de hablar o conversar entre varones. Se condensa en ese no decir, una pedagogía del silencio que anula casi toda posibilidad de pensar en otras masculinidades posibles.
*Licenciado y Profesor en Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Me gusta dar clases en escuelas secundarias, me interesan los temas sobre masculinidades. Cursé la especialización en Estudios y Políticas de Género (Untref). Diplomado Superior en prácticas socioeducativas y psicoanálisis (Flacso). Me apasiona el psicoanálisis, curso el CBC para psico.






