Humor gráfico y desidentificación en el laberinto neoliberal

¿El humor incomoda al poder? ¿Puede una viñeta humorística desestabilizar a un gobierno? ¿Tanto poder tiene un simple chiste? Ernesto Schtivelband analiza  las producciones humorístico-políticas, en formatos gráficos y digitales, para intentar entender cómo pueden desarticular relatos naturalizados y cuestionar los marcos de identificación que sostienen el orden neoliberal.

Ernesto Schtivelband*

En 2024 circuló en redes sociales una viñeta del colectivo Alegría que, en cuatro cuadros, reconstruye una escena cotidiana de viaje en colectivo. El trasfondo es el fuerte incremento del boleto mínimo en el AMBA durante ese año, que pasó de $76,92 en enero a $270 en febrero y alcanzó los $370,18 a partir del 12 de agosto.

En el primer cuadro, un pasajero le pide al chofer un boleto “hasta Cabildo y Juramento”. El conductor responde con ironía: “¿En cuántas cuotas quiere abonar su pasaje?”. En el segundo, un plano detalle revela que la escena anterior está siendo reproducida en la pantalla del celular que el chofer sostiene, con el agregado de un “Jee….” que sugiere su propia reacción. El tercer cuadro vuelve a mostrar la situación en plano general: el visor de la máquina indica “sin saldo”, mientras el chofer, aún concentrado en su celular, remata: “… je, ¡qué ocurrente!”. Finalmente, en el cuarto, el conductor se dirige al pasajero con un tono amistoso: “¡Pasá nomás, flaco!”. 

¿Qué motivó mi interés por esta viñeta? 

Desde hace tiempo investigo el papel de las producciones humorístico-políticas –en particular, en sus formatos gráficos y digitales– como posibles dispositivos de desidentificación subjetiva. Sostengo la hipótesis de que ciertas intervenciones comunicacionales ancladas en el humor pueden funcionar como prácticas estético-políticas capaces de desestabilizar sentidos instituidos, desarticular relatos naturalizados y cuestionar los marcos de identificación que sostienen el orden neoliberal. Al incidir sobre la dimensión afectiva, estas intervenciones podrían ejercer una eficacia particular en un contexto donde formas de pensamiento ligadas a creencias y narrativas simplificadas tienden a prevalecer sobre el razonamiento crítico, erosionando así las capacidades de análisis y de resistencia.

Parto de la premisa de que asistimos a la configuración de una forma específica de subjetividad –que denomino neosacrificial–, ligada a nuevas modalidades de servidumbre voluntaria. Este proceso tiene raíces en la dictadura cívico-militar y se ha profundizado bajo la lógica neoliberal, que promueve la autoexplotación, la competitividad y la responsabilización individual. En este marco, se configuran subjetividades dispuestas a sacrificarse en nombre del rendimiento, el éxito o la pertenencia simbólica al orden dominante, consolidando así una forma de servidumbre que, paradójicamente, se presenta como una elección libre.

La noción de “desidentificación” resulta clave para pensar las fisuras en los modos neoliberales de subjetivación. Como plantea el psicoanálisis, la subjetividad no se agota en la interiorización del discurso dominante: en el sujeto persiste un resto irreductible, una escisión constitutiva que impide su captura total. Ese excedente abre la posibilidad de una política orientada a movilizar los afectos que estructuran el lazo social, favoreciendo la rearticulación de las identificaciones colectivas en nuevas configuraciones hegemónicas. La desidentificación, entonces, no se reduce a una mera revisión en clave racional, sino que compromete procesos afectivos que permiten tomar distancia crítica de los mandatos que estructuran el goce neoliberal.

A su vez, el papel de las prácticas artísticas y culturales críticas en el espacio público contemporáneo, lejos de constituir esferas separadas, arte y política se configuran como dimensiones mutuamente implicadas: así como las prácticas artísticas pueden reproducir o poner en cuestión el orden simbólico, lo político entraña siempre una determinada configuración estética de lo social. Desde esta perspectiva, estas prácticas no sólo operan en clave identificatoria, sino que también pueden contribuir a procesos de desidentificación y a la emergencia de nuevas formas de subjetividad.

Sobre esta base, propongo visitar una serie de viñetas, memes, GIFs e imágenes intervenidas que han circulado ampliamente en los últimos años y que han buscado desestabilizar las coordenadas simbólicas que sostienen la lógica del sacrificio. Muchas retoman el principio formulado por Étienne de La Boétie en La servidumbre voluntaria, condensado en la escena de un tirano cuyo poder se derrumba cuando quienes lo sostienen dejan de hacerlo.

Por ejemplo, una historieta del azerbaiyano Seyran Caferli, que circuló en redes, reproduce una escena de coronación en tres viñetas: en las dos primeras, el pueblo consagra al rey; en la tercera, el monarca revela sus verdaderas intenciones al expulsar violentamente a quienes lo habían entronizado. Aunque aquí el tirano no aparece ridiculizado, la escena adquiere un tono paródico al develar el mecanismo de traición implícito en la concentración del poder. La parodia opera, en este caso, al disociar los atributos investidos en la figura del rey de sus acciones efectivas, produciendo un efecto de desenmascaramiento. En una secuencia posterior del mismo autor, el pueblo regresa armado, obliga al tirano a huir y recupera la corona. La narrativa invierte así el orden inicial, haciendo recaer el ridículo sobre el rey desde una posición activa de resistencia.

Otra imagen, anónima y viralizada como meme, condensa ambas operaciones en una única secuencia: un tirano blande un látigo ante una multitud arrodillada; un sujeto se pone de pie, es imitado por los demás y, finalmente, el propio tirano es forzado a arrodillarse. La escena sugiere que el poder se sostiene mientras persista la sumisión y que su inversión puede desencadenarse a partir de un gesto singular que deviene colectivo.

En el caso argentino, pueden mencionarse diversas producciones que han abordado esta problemática. En este sentido, durante la última dictadura, artistas como Mario Suárez (Suar) señalaron tempranamente esta cuestión. En una viñeta publicada en la revista Humor, se observa una escena de striptease en la que los espectadores llevan los ojos cubiertos por las clásicas tiras negras de censura. La imagen sugiere que, a partir de cierto momento, la intervención directa de la censura se vuelve innecesaria: son los propios ciudadanos quienes eligen no ver.

En otra viñeta de inspiración laboeciana, publicada durante el gobierno de Carlos Menem, Joaquín Lavado (Quino) representó el pasaje de la irritación a la jactancia en un personaje de clase media que aparece inicialmente sentado en una especie de grada, por debajo de otro, hasta que la irrupción de un tercero, ubicado aún más abajo, invierte su posición relativa. Esta sátira visual anticipó, mejor que muchas teorías contemporáneas, las razones de la aparente adhesión popular a las políticas de ajuste, al ilustrar cómo se reproducía la cadena de los “pequeños tiranos” en todos los niveles sociales.

Más cercano en el tiempo, un cuadrito de Daniel Paz y Rudy, publicado en Página/12 al inicio del gobierno de Cambiemos, exponía con claridad la posición del “sujeto sacrificial”. En la escena, un oficinista comenta: “Antes, no podías encontrar mesa porque el restaurante estaba lleno de negros”. “¿Y ahora?”, pregunta otro. “Ni idea… hace dos meses que no como afuera”, responde el primero, condensando la persistencia de una lógica que privilegia la privación propia antes que el goce del otro.

En continuidad con este tipo de intervenciones, algunas de las viñetas del colectivo Alegría, difundidas en diversas plataformas durante el mismo período, se orientaron a subvertir las identificaciones sacrificiales. Una de ellas, recreando la tira Mafalda, parodiaba a quienes, aún perjudicados por las políticas de ajuste, sostenían su adhesión al gobierno: el padre aparece con una vela, sin trabajo y sin luz, anunciando que volverá a votar a Macri; Libertad sentencia: “¡Tu papá es flor de papafrita!”. Otra muestra a un hombre arrodillado con la cabeza bajo una prensa, mientras un verdugo exclama: “Es un poco de ajuste… ¡Pero están presos Boudou y De Vido!”. Aquí se señala cómo el “sujeto sacrificial” está dispuesto a padecer, siempre que el otro no goce. 

Un procedimiento afín se observa en las intervenciones sobre materiales de campaña de Cambiemos en 2017, como la sustitución del eslogan “#YoVotoCambiemos” por “#YoVotoEnMiContra”, operación que satiriza el discurso del sacrificio promovido por el gobierno, desvirtuándolo y transformándolo en un meme. 

Este tipo de reapropiaciones proliferó mediante memes y GIFs que interpelaban la lógica de la servidumbre voluntaria. Un ejemplo es la imagen intervenida a partir de una ilustración de Marguerite Calvet-Rogniat para una fábula de La Fontaine: “Érase una vez una cigarra que, enojada con la hormiga, votó al insecticida”. En esa misma línea, un GIF titulado “¡¡Muere, maldito acantilado KK!!” mostraba una breve secuencia en la que una persona salta sobre un saliente nevado hasta provocar un desprendimiento que la hace caer unos metros al vacío. 

En los últimos años, especialmente desde la llegada al gobierno de Javier Milei, estas producciones han proliferado, dando lugar a nuevas formas de intervención. A modo de ejemplo: una viñeta de Miguel Rep muestra a Papá Noel anunciando “¡no-hay-regalos!” ante seguidores que lo celebran; un cuadrito de Gustavo Podetti representa el acto de votar como un auto ahorcamiento; y una viñeta de Mora presenta a un personaje que se hiere a sí mismo “para dar una lección a los políticos”.

Hay que tener en cuenta que para que estas intervenciones operen críticamente es necesario que el receptor forme parte de una comunidad capaz de compartir la risa: “entender” el chiste supone una operación tanto intelectual como afectiva, y delimita quiénes quedan dentro y fuera de ese circuito. En este sentido, estas producciones no se dirigen a un público homogéneo ni generan efectos unívocos; su recepción varía según el marco interpretativo y la disposición subjetiva de quienes las reciben. Sin embargo, incluso entre quienes podrían quedar por fuera de ese campo de identificación, no es descartable que se active alguna reacción afectiva que habilite formas de intercambio agonístico.

Ahora bien, aun al interior de esa comunidad que comparte la risa, se abre una cuestión decisiva: ¿cómo evitar que lo risible derive en sobreidentificación cínica? Esta se produce  cuando un discurso dominante es reproducido irónicamente sin producir efectos transformadores, funcionando más como reafirmación que como crítica. Frente a este riesgo, la desidentificación no se agota en el gesto irónico ni en la distancia cínica, sino que supone un desplazamiento más profundo: debilitar la investidura afectiva que sostiene aquello que se cuestiona y abrir la posibilidad de otras formas de subjetividad. 

En este punto, la viñeta del chofer permite precisar esa diferencia. En un gesto afín al desdoblamiento del cuadro Las Meninas de Velázquez, la escena se pliega sobre sí misma y exhibe un juego de duplicaciones. El chofer aparece simultáneamente como partícipe y espectador: interviene y, a la vez, observa lo que ocurre mediado por su celular. Esa mediación le devuelve lo sucedido bajo una forma risible: el chofer se ríe. La risa introduce un desajuste en la inmediatez, una leve incomodidad que abre una distancia respecto de su propia implicación. En ese punto, lo vivido deja de ser completamente transparente y se vuelve, aunque sea por un instante, objeto de una mirada que lo desacomoda. Es en ese desplazamiento donde puede pensarse una interrupción momentánea de las formas habituales de implicación. 

Por supuesto, las redes no son únicamente terreno fértil para la crítica: en ellas también proliferan producciones humorísticas que refuerzan estigmas y violencias simbólicas. Frente a ello, cabe concebir las prácticas estético-políticas críticas no como expresiones puramente disruptivas, sino como intervenciones agonísticas que disputan el sentido común dominante, movilizan afectos y apuntan a ampliar el campo de lo pensable. En suma, se trata de entender estas prácticas como capaces de contribuir en la difícil tarea de quienes afrontan el desafío de construir un ser-en-común que permita salir del laberinto neoliberal contemporáneo.

PS: Una viñeta del grupo Alegría (marzo de 2024) ironizaba sobre las matrices afectivas y simbólicas que organizan la adhesión y el rechazo: un joven que primero condena la violencia y apela al diálogo, termina sumándose a la golpiza cuando descubre que la víctima es Manuel Adorni, entonces vocero presidencial. Hoy, ese sentido no sólo persiste sino que se reactualiza a la luz del escándalo que lo involucra –ahora como Jefe de Gabinete– en una serie de denuncias por corrupción. En los últimos días, las redes se vieron inundadas de memes que, desde distintos registros, también salieron a “pegarle”. Sin desconocer su efectividad, lo cierto es que el humor gráfico, por sí sólo, no ofrece una salida política; y una eventual renuncia del funcionario, tampoco.  Lo que está en juego en la Argentina actual es mucho más que la caída de una figura.

*Doctor en Ciencias Sociales, magíster en Investigación y licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Investigador y docente en la UBA y la UNPAZ. Trabaja sobre subjetividad, neoliberalismo y humor gráfico, con resultados desiguales pero persistentes.

Jun 2, 2026 | Ernesto Schtivelband

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