En este ensayo Ivan Sandler desarticula parte del sentido común que gira en torno a la organización del fútbol argentino a través de axiomas fatalistas. Realmente ¿ Está todo mal? ¿ Los torneos argentinos tienen excedentes de equipos? ¿Los nuevos formatos alientan la participación federal? Las preguntas no son sencillas, las respuestas mucho menos.
Ivan Sandler*
Que está roto. Que lo están matando. Que es impresentable. Que hay que poner una bomba y empezar de nuevo. La imaginación futbolera no rebasa de metáforas originales, pero comparte el diagnóstico de que algo anda decididamente mal, incluso en tiempos en los que ya no estamos seguros siquiera de estar todos bajo el mismo sol. Se puede ir un paso más allá: el fútbol argentino no existe. Puede tener escudo, organización, dirigentes, domicilio; pero no existe.
No hay un cuerpo-asociación propio, colectivo, sino una yuxtaposición de cuerpos-clubes que se señalan sus propias cicatrices para demostrar que “todo está roto”. Las heridas cotizan alto en el mercado de la victimización, pero no pueden entenderse entre sí si estamos demasiado ocupados lamiéndonos las propias. El diagnóstico no es proyecto, sino lamento. Por ejemplo, el tema arbitral: si un acuerdo básico es que creamos en el concepto de justicia, pasamos del “que las hay, las hay” a quemar brujas en la hoguera de las redes sociales por un lateral mal cobrado como “evidencia”. Si “el que no llora, no mama” es más viejo que el fútbol, hoy mamamos todos los días.
La AFA es de los clubes, pero los clubes son cada vez más para sí mismos. Lula Da Silva suele decir que “una buena negociación es aquella en la que todo el mundo sale un poco insatisfecho, pero con un acuerdo”. En el fútbol argentino se logran consensos para evitar cualquier tipo de insatisfacción. ¿Se necesitan cargos? Inventamos seis vicepresidencias. ¿El descenso es intolerable? Lo eliminamos o lo reducimos a la mínima expresión. ¿Querés salir campeón? Fijate en alguna de las ¡ocho! competiciones de nuestro calendario. Tanto se le escapa a la foto de la derrota, que las elecciones terminan con candidato único o con empate con votos impares. Sin googlear…¿Quién fue el último aspirante a presidente de la AFA que perdió unos comicios en la asociación?
UN NACIMIENTO TRUNCO
Lo único que no cambia hace diez años en el fútbol argentino es el cambio permanente. Participantes, formatos, anulaciones, pasillos, coronaciones ex post. A la imaginación hay que ejercitarla, pero la expansión del verosímil es el caldo de cultivo de la paranoia. Cualquiera se agarra de una media verdad y suena lógico. Así, un equipo del interior del país se “defiende” de acusaciones de favoritismos contragolpeando con el porteñocentrismo. Un buen argumento para un mal fin.
¿Por qué, durante 74 de sus 133 años, el fútbol argentino estuvo dominado por el área metropolitana de Buenos Aires y Rosario, aunque se jugaba en todo el territorio nacional? ¿Por qué esos privilegios hasta hoy nunca se cortaron, sino que se fueron emparchando “soluciones” federales? ¿Hay igualdad de condiciones entre los que empezaron a participar a inicios del Siglo XX y quienes tuvieron que esperar hasta bien entrados los ‘60 para mojar una cada vez cada tanto los pies en el agua? ¿Por qué NADIE en el debate público tiene en cuenta esta situación? ¿Por qué NADIE denuncia que “no existe en ninguna parte del mundo”? El AMBA como la argentinidad, sinécdoque fatal del país de la que la pelota no escapa. “Dios juega al fútbol en todos lados, pero solo suma campeonatos en Buenos Aires”.
LA TRAMPA DEL NÚMERO
La reforma que tuvo lugar hace una década buscó ser una reparación sin víctimas: 30 equipos en Primera, 7 de 10 del interior a Segunda, mayor representación desde todos los puntos cardinales para bajar los efectos de la injusticia de origen que no se tocó. Los directa e indirectamente afiliados siguen ahí, pero ahora tienen más chances de mezclarse. Y eso no se hizo a costa de los clubes metropolitanos con mayor historia, sino que se decidió incluir a todos. Una transformación heredera de los viejos Nacionales que- atentos los puristas de la cantidad de participantes- contaron con 28-32 equipos durante más de diez años.
¿Cómo definir la cantidad? ¿Hay un número lógico? El peor argumento posible es el que mira a las principales ligas europeas como modelo de éxito. No solo no tiene en cuenta las características propias del territorio, población, penetración del fútbol como fenómeno social, historia de su desarrollo en los países; sino que tampoco está atento a las contradicciones internas que encierran hace rato esos torneos, casi todos en crisis. Las uninominales Ligue 1 y Bundesliga, los duelos mano a mano de dos en La Liga, la cantidad de Scudettos definidos cinco fechas antes con protagonistas similares. ¿La Premier? ¿De verdad alguien cree que el fútbol argentino puede ser la Premier si reduce a 20 la cantidad de equipos?
EL PROBLEMA DEL FORMATO
Si bien la cantidad de equipos impacta de lleno sobre la forma de organización, hasta ahora la AFA no ha encontrado un esquema que le resulte cómodo para poder sostenerlo en el tiempo, producto de los vaivenes en las decisiones y las reacciones por espasmos. Que un torneo largo anual, que con zonas y finalistas, que playoffs, que combinados. La falta de identificación y tradición choca de frente con los sub 40 que extrañan Clausuras que abrían el año y Aperturas que lo cerraban. Nostalgia no es lo mismo que normalidad.
Los banquinazos permanentes desequilibran los formatos entre la emoción en la definición y la justicia deportiva. El fútbol argentino lleva más de 70 años siendo una fábrica de Leicesters, algo que debería ser motivo de orgullo. Otorgarle al octavo de una zona prácticamente las mismas posibilidades de ser campeón que al primero de la tabla general degrada el recorrido, maximiza el factor azar y neutraliza gran parte del mérito. Llevar ese esquema a los dos torneos del año fue un exceso, porque en las temporadas previas se había conseguido cierto balance.
La cantidad reducida de descensos y ascensos dificulta la movilidad social deportiva ascendente, mientras que el número de trofeos inventados de un partido es la política de la AFA llevada a su máxima expresión: una hipérbole de la que cada uno le quiere arrancar un pedazo. La “estrellarización” total.
LOS FACTORES QUE NO SE VEN
Los hinchas piden ajuste, convencidos de que el ajustado tiene que ser el otro. Una casta espectro sin definición. Mientras tanto, el promedio de los clubes está mucho más ordenado económicamente que hace una década. Y también más capitalizado en términos de infraestructura. Consecuencias silenciosas de una reforma-devaluación que “licuó los pasivos”. Pero esa respuesta momentánea, aunque reparadora, no puede ser el proyecto político.
El fútbol argentino no puede pensarse sin atender a las características del modelo del deporte a nivel global. La Ley Bosman de 1995 permitió que los clubes europeos contarán con mayor cantidad de extranjeros. Aplicaron una política expansiva: inyectaron capitales, se llevaron a los mejores jugadores y renegociaron contratos de televisión permanentemente al alza, haciendo girar la rueda. Las instituciones locales aceptaron pasivamente el rol de proveedores de materia prima, degradando con cada salida al exterior la competencia doméstica. Las penas son de nosotros, las gambetas son ajenas.
Los derechos de televisación también forman parte del péndulo: del negocio de privados con acceso premium a intervención del Estado con acceso libre, para nuevamente volver a firmar un contrato bajo presión, con malas condiciones, asfixiados por el gobierno de turno. Hoy hay que contratar ¡un sistema de cable! para después agrandar el combo con el pack fútbol. Las empresas sostienen que el negocio no es rentable. Los clubes dicen que cobran poco. Los hinchas protestan por tener que pagar. Y todos tienen razón.
¿De verdad el fútbol argentino “está roto” por tener 30 equipos o sistema de playoffs? Uno de los lugares comunes más repetidos es el del éxito del Brasileirao. El crecimiento de ciertos clubes brasileños tiene lógica si se comparan escalas en cantidad de población y tamaño de la economía. No es que nosotros antes hacíamos las cosas muy bien: ellos las hacían muy mal. Ahora tampoco es que la realidad haya cambiado radicalmente. Las deudas de Corinthians, Atletico Mineiro y Botafogo, individualmente, son superiores a las de la suma de los 30 equipos de Primera División de nuestro país. Salvo Palmeiras y Flamengo, no existe hegemonía y la “clase media” argentina viene superando a los vecinos en la Sudamericana.
UN (RE)NACIMIENTO
El fútbol argentino necesita pensar un proyecto de desarrollo más allá de los espasmos reparadores del corto plazo. No puede seguir sosteniendo una lógica de distribución sin crecimiento y de ganadores sin perdedores. ¿Qué rol quiere ocupar en el fútbol global? ¿Cómo detener la sangría permanente de talento, principal motivo de la devaluación de las competiciones? ¿Cómo organizar torneos justos, emocionantes y competitivos? ¿Cómo brindar oportunidades a todos los rincones del país, sin privilegios? ¿Cómo responder políticamente a los cantos de sirena de las Sociedad Anónimas? ¿Cómo tener dirigentes a la altura que sepan dejar algunos de sus intereses de lado en pos del colectivo?
Hoy resulta incómodo mantener una posición crítica que cuestione el status quo cuando impera el “seremosmenosmalismo” al ver quiénes son los que están mejor posicionados para dar el golpe sobre la mesa y qué intereses defienden. Pero el espanto no puede ser justificación, ni carta libre. A la larga, ese camino te lleva exactamente al lugar que quisiste evitar y sin GPS disponible para volver.
La crisis del fútbol argentino es real y es profecía autocumplida en partes iguales. Se retroalimenta de su descripción, vestida con camisetas de Inter Miami y Manchester City. Forma a sus jugadores inculcando conceptos técnicos, tácticos y ganas de irse a Europa a la primera de cambio. El amor por la camiseta se sostiene en hinchas que cada vez fuerzan más sus sentidos identitarios. Nuestro fútbol precisa urgentemente un cuerpo propio despojado de los colores individuales.
* Profesor en Ciencias de la Comunicación (UBA), docente en Deportea. Demasiado periodista para las ciencias sociales, demasiado cientista social para el periodismo.






