La autora analiza cómo se construyen y persisten discursos sobre Constitución y San Telmo, asociando a estos barrios con ideas de suciedad, desorden y peligro. A partir de voces territoriales, reconstruye transformaciones urbanas, desigualdades y conflictos actuales, mostrando cómo la noción de “higiene” funciona como herramienta simbólica y política para clasificar, controlar y disputar el espacio urbano.
Por Ianina Lois
Los extraordinarios encuentros de la calle. Las cosas que se ven. Las palabras que se escuchan. Las tragedias que se llegan a conocer. Y de pronto, la calle, la calle lisa y que parece destinada a ser una arteria de tráfico con veredas para los hombres y calzada para las bestias y los carros se convierte en un escaparate, mejor dicho, en un escenario grotesco y pantoso donde, como en los cartones de Goya, los endemoniados, los ahorcados, los embrujados, los enloquecidos, danzan su zarabanda infernal.
Roberto Arlt, Aguafuertes porteñas (1928)
Los barrios de Constitución y San Telmo suelen ocupan un lugar particular en la historia urbana de Buenos Aires. Desde fines del siglo XIX, estos territorios han sido escenario de intensas transformaciones sociales, sanitarias y espaciales que los convirtieron en puntos sensibles para pensar la relación entre ciudad, pobreza y orden urbano. Ubicados en el sur de la ciudad, próximos al puerto y a las principales vías de circulación, estos barrios concentraron tempranamente poblaciones trabajadoras, inmigrantes y sectores populares que encontraron allí formas precarias pero dinámicas de habitar la ciudad. Al mismo tiempo, fueron objeto de una mirada persistente por parte de funcionarios gubernamentales, autoridades educativas, médicos y sanitaristas, periodistas, escritores y reformadores sociales que, muchas veces, los identificaron como espacios problemáticos, peligrosos o insalubres.
Hablar de Constitución y San Telmo implica, entonces, hablar de barrios que han sido observados, narrados, descritos, regulados y también imaginados. No sólo por su densidad poblacional o por sus condiciones materiales de vivienda, sino por lo que representaban dentro de la ciudad: la proximidad entre trabajo y pobreza, entre circulación y permanencia, entre convivencia y conflicto. En estos territorios se hicieron, y se hacen, visibles las preocupaciones por la higiene, la moral y el control social, especialmente en momentos de crisis sanitarias o de crecimiento urbano acelerado. Las epidemias, las viviendas hacinadas, la presencia de trabajadores informales, el comercio callejero y la vida nocturna se convirtieron en temas recurrentes en los debates públicos sobre el orden urbano y la salud colectiva.
A lo largo del tiempo, estas representaciones no desaparecieron, sino que se transformaron y reaparecieron bajo nuevas formas. Las preocupaciones por la suciedad, el desorden o la inseguridad continuaron organizando discursos sobre estos barrios, aun cuando las condiciones materiales y sociales cambiaron. La cuestión higiénica, en este sentido, funcionó muchas veces como un lenguaje duradero para pensar la ciudad y clasificar a sus habitantes. Hablar de limpieza o de degradación urbana no es solamente una forma de describir el estado de las calles o de las viviendas, sino también una manera de definir quiénes son considerados ciudadanos legítimos y quiénes aparecen como un problema o una circunstancia a corregir, controlar, ocultar o desplazar.
En la actualidad, Constitución y San Telmo son todavía territorios donde se condensan tensiones históricas vinculadas a la desigualdad, la movilidad social y el derecho a la ciudad. La presencia de personas en situación de calle, el cierre de comercios tradicionales, la transformación del mercado inmobiliario y los procesos de renovación urbana reactivan viejas preguntas sobre la higiene, el orden y la convivencia en el espacio público. Estas discusiones no son nuevas: forman parte de una larga tradición de intervenciones y debates sobre cómo debe ser la ciudad y quiénes pueden habitarla.
Este ensayo se propone, entonces, analizar las imágenes, relatos y narrativas que se construyen sobre los barrios de Constitución y San Telmo, poniendo especial atención en la manera en que la cuestión higiénica y las ideas de limpieza, suciedad y degradación urbana han sido utilizadas para interpretar y regular la vida en estos territorios. Más que describir condiciones materiales, se busca comprender cómo ciertas representaciones sobre la pobreza y el desorden urbano se producen, circulan y se sostienen en el tiempo, configurando formas específicas de mirar y gobernar la ciudad.
En este recorrido, el ensayo incorpora como materia prima central la voz y la mirada de actores que habitan y trabajan cotidianamente en estos barrios. En particular, se recuperan testimonios de referentes comunitarios cuya experiencia permite observar las transformaciones urbanas desde una posición situada: el sacerdote de la iglesia de Constitución, involucrado en tareas comunitarias y de asistencia social, y dos integrantes de la asamblea de San Telmo, participantes activos en espacios de organización vecinal. Sus relatos no se presentan como opiniones individuales aisladas, sino como formas de conocimiento construidas en la práctica cotidiana del barrio, donde se entrecruzan la observación directa, la memoria y la experiencia colectiva. A través de estas voces, el ensayo busca reconstruir no sólo un acercamiento a las condiciones materiales de la vida urbana, sino también algunas percepciones, interpretaciones y preocupaciones que circulan localmente, entendiendo que la ciudad se produce y se piensa –también- desde quienes la habitan y la sostienen día a día.
Pasado y presente de la ciudad e higiene
En los estudios sobre la ciudad, las desigualdades sociales pueden comprenderse no sólo como diferencias en ingresos o condiciones materiales, sino como procesos urbanos que organizan jerarquías espaciales y morales entre poblaciones. En este sentido, la cuestión higiénica ha funcionado históricamente como un lenguaje privilegiado para clasificar territorios, identificar riesgos y legitimar intervenciones sobre determinados sectores sociales. Las desigualdades se hacen visibles en la distribución desigual de infraestructura, servicios, vivienda y condiciones sanitarias, pero también en la manera en que ciertos espacios urbanos son definidos como problemáticos, insalubres o peligrosos. La ciudad no sólo distribuye recursos: también distribuye valoraciones sobre quiénes son considerados habitantes legítimos y quiénes aparecen como amenazas para el orden urbano.
Estas jerarquías se expresan con particular intensidad en los barrios del sur de la ciudad, donde la cuestión sanitaria y la cuestión social se entrelazan desde fines del siglo XIX. Allí, la presencia de conventillos, inquilinatos y viviendas precarias fue tempranamente asociada a focos de infección, suciedad y desorden moral, configurando una mirada higienista que identificó a los sectores populares como portadores de riesgos colectivos. El vínculo entre pobreza y suciedad no fue simplemente una descripción de condiciones materiales, sino una forma de interpretar la ciudad y de intervenir sobre ella. Las políticas urbanas orientadas a la limpieza, la ventilación y el saneamiento no sólo buscaron mejorar la salud pública, sino también disciplinar prácticas sociales, regular el uso del espacio y reorganizar la presencia de los sectores populares en el tejido urbano.
La estigmatización territorial puede entenderse como una prolongación contemporánea de aquellas lógicas higiénicas. La identificación de ciertos barrios como “sucios”, “abandonados” o “degradados” no remite únicamente a su estado material, sino a una construcción simbólica que define a sus habitantes como sujetos problemáticos o indeseables. Estas representaciones suelen operar como mecanismos de clasificación urbana que justifican intervenciones selectivas, desalojos, controles policiales o procesos de renovación urbana orientados a transformar la composición social del territorio. La noción de limpieza adquiere así un significado político: limpiar el espacio urbano implica desplazar a quienes son percibidos como una amenaza para el orden, la seguridad, las buenas costumbres y la valorización comercial o inmobiliaria.
Las desigualdades urbanas, por lo tanto, no se producen únicamente en el plano material, sino también en el plano simbólico y discursivo. Los discursos que circulan sobre determinados barrios y poblaciones contribuyen a definir lo que se considera normal, saludable o aceptable en la vida urbana. Como ha señalado Marc Angenot, los discursos sociales delimitan los marcos de inteligibilidad de una época: establecen qué problemas pueden ser nombrados, cuáles merecen atención pública y cuáles quedan relegados al ámbito de la invisibilidad. En el campo de la ciudad, esta lógica se traduce en una diferenciación entre problemas que se interpretan como fallas estructurales del entorno urbano y aquellos que se atribuyen a comportamientos individuales o a supuestas deficiencias morales de sus habitantes.
Desde la perspectiva histórica, también encontramos que los barrios del sur de la ciudad —entre ellos Constitución y San Telmo— fueron tempranamente objeto de miradas preocupadas por el ritmo y la forma del crecimiento urbano. Desde las primeras décadas del siglo XX, los textos periodísticos y administrativos describían estos territorios como espacios en permanente transformación, donde la expansión demográfica y la intensificación de las actividades económicas producían una ciudad que parecía desbordar sus propios límites. Para muchos observadores de la época, esa dinámica no sólo modificaba la fisonomía material de la ciudad, sino también los modos de habitarla, generando incertidumbre frente a un escenario urbano cada vez más complejo y difícil de regular.
Al mismo tiempo, detrás del impulso modernizador que acompañaba el crecimiento de Buenos Aires, se hacía visible una tensión persistente entre el aumento acelerado de la población y la capacidad de la infraestructura urbana para sostenerla. En amplias zonas populares, el hacinamiento y la precariedad habitacional se volvieron experiencias cotidianas, particularmente en conventillos y casas de inquilinato donde la densidad poblacional y la escasez de servicios básicos configuraban condiciones de vida frágiles desde el punto de vista sanitario. En ese contexto, la cuestión de la higiene urbana comenzó a ocupar un lugar central en las preocupaciones de autoridades, médicos e higienistas, que identificaban en estos espacios no sólo focos potenciales de enfermedad, sino también escenarios de desorden social.
Las problemáticas urbanas comenzaron a interpretarse a través de un lenguaje cada vez más técnico y científico, que proponía intervenir sobre la ciudad mediante regulaciones, inspecciones y dispositivos de control. La higiene pública, la medicina social y la criminología se articularon progresivamente con políticas municipales y prácticas policiales en un intento por ordenar territorios considerados críticos para la salud colectiva y la estabilidad social. En estos barrios estas intervenciones adquirieron una intensidad particular, consolidando la idea de que el saneamiento del espacio urbano era una condición indispensable para el funcionamiento de la ciudad moderna.
En consecuencia, las preocupaciones por la salubridad no se limitaron a describir enfermedades o carencias materiales, sino que contribuyeron a construir representaciones específicas sobre los habitantes de estos barrios. El hacinamiento, la suciedad y la conflictividad cotidiana fueron narrados como síntomas visibles de un orden urbano en riesgo, y los sectores populares comenzaron a ser observados a través de categorías que combinaban diagnóstico sanitario, juicio moral y voluntad de regulación. Así, los barrios del sur se transformaron en escenarios privilegiados de intervención estatal, donde la higiene urbana se convirtió en un principio organizador de políticas públicas y en un lenguaje desde el cual se pensaba, se clasificaba y se gobernaba la vida cotidiana.
En suma, la cuestión higiénica permite comprender cómo la ciudad produce y reproduce desigualdades a través de mecanismos que combinan infraestructura, regulación y representación simbólica. La limpieza, la salubridad y el orden urbano no son categorías neutras, sino herramientas históricas para organizar el espacio y clasificar a sus habitantes. En barrios como Constitución, San Telmo y otras zonas del sur de la ciudad, estas lógicas se manifiestan en la persistencia de discursos sobre la degradación, la suciedad y el abandono, que conviven con políticas de control y procesos de transformación urbana. La ciudad aparece, así, como un escenario donde la higiene no sólo se refiere a la salud, sino también a la definición de quiénes pueden permanecer, habitar y ser reconocidos como parte legítima del espacio urbano.
Constitución, la voz de Rubén desde la iglesia de la plaza
La conversación con Rubén, cura de la parroquia Inmaculado Corazón de María, permite situar una escena que, más que anecdótica, resulta indicadora de un clima social. En su relato, la observación diaria de lo que ocurre en los alrededores de la estación del tren Roca conforman una lectura urbana: no se trata sólo de registrar cambios visibles en el espacio, sino de reconocer transformaciones profundas en las condiciones de vida de quienes circulan por el barrio. Desde su punto de vista, la estación aparece como un lugar donde es posible ver condensados procesos sociales más amplios, vinculados a la plata que no alcanza, a la falta de trabajo, al rebusque y las changas más precarias, al endeudamiento y a la incertidumbre económica. Rubén insiste en la imagen de que basta mirar los gestos y los rostros de quienes bajan de los trenes a primera hora de la mañana para advertir el cansancio, la preocupación y el agobio que atraviesan quienes llegan desde distintos puntos del conurbano sur. Señala que ve diariamente el deterioro social tanto en la repetición de estas escenas como en el contacto cotidiano con quiénes se acercan a buscar un plato de comida.
“Uno ve la cara de la gente que sale del tren, ¿no? Por ejemplo, yo me tomo el tren a la mañana, la gente está viniendo en cantidad y vos ves los gestos y el rostro cansado, agotado, agobiado. Sin un peso en el bolsillo, la gente está endeudada, con grandes deudas. Todo eso te genera una inarmonía. En Constitución yo veo eso.”
En la charla, la referencia al pasado ocupa un lugar central, no como un ejercicio nostálgico, sino como un modo de construir una temporalidad que permita dimensionar los cambios recientes. Su relato enlaza su propia historia individual con la historia de éste y otros barrios en los cuales se crio, se formó y trabajó. Recuerda, por ejemplo, sus primeros vínculos con Constitución, cuando aún no se había ampliado la avenida 9 de Julio y la zona estaba marcada por la presencia de numerosos conventillos y pequeños comercios de proximidad que organizaban la vida cotidiana en torno al trabajo y a relaciones de vecindad relativamente estables. En ese recuerdo aparece la imagen de un barrio popular, atravesado por dificultades materiales, pero sostenido por una cierta continuidad en las formas de sociabilidad y en la actividad económica. Esa evocación no pretende idealizar el pasado, sino establecer un punto de comparación que permite reconocer la magnitud de las transformaciones actuales y la sensación de fragilidad que atraviesa hoy a amplios sectores de la población.
Uno de los aspectos de relevancia es el aumento sostenido de la demanda alimentaria que registra la parroquia y los espacios comunitarios del barrio. Rubén describe cómo, en un período relativamente breve, la cantidad de personas que se acercan a recibir viandas se multiplicó, hasta el punto de volverse complicadas las formas de asistencia que antes resultaban suficientes. Este crecimiento en la demanda no se limita a personas en situación de calle, sino que incluye a trabajadores informales, jubilados y familias que, aun teniendo ingresos, no logran sostener su vida cotidiana. La reiteración de estas escenas diarias —la fila para retirar comida, las conversaciones sobre deudas, la dificultad para cubrir gastos básicos— dan cuenta del empobrecimiento extendido que se va instalando como parte del paisaje habitual del barrio.
“Nosotros hasta el año pasado por día le entregábamos viandas a unas doce o trece personas. Imaginate que a veces teníamos que salir a caminar para repartir. Este año eso es imposible: le estamos repartiendo viandas a unas cuarenta y cinco personas. Los datos de que la pobreza baja son una farsa.”
La conversación introduce también la cuestión de la violencia institucional y de las prácticas de control sobre el espacio público como parte necesaria de los procesos recientes de reorganización urbana. Rubén relata haber presenciado situaciones en las que personas en situación de calle o vendedores informales son desalojados de los lugares donde permanecen, y describe estos episodios como acciones orientadas a desplazar la pobreza fuera de las zonas más visibles del barrio.
“He visto cómo les sacan lo poco que tienen y se lo llevan, o lo tiran. Además de que la gente vive en esa situación, las fuerzas de seguridad encarnan ese deseo de expulsión de la ciudad frente a esta marginalidad.”
En su interpretación, estas prácticas no responden únicamente a la necesidad de gestionar situaciones de emergencia social, sino que forman parte de una lógica más amplia de ordenamiento urbano que redefine los usos legítimos de la ciudad y delimita quiénes pueden -y quiénes no- permanecer en determinados espacios públicos. Otro indicador relevante de las transformaciones recientes que surge en la conversación es el cierre progresivo de comercios y la retracción de la actividad económica en el barrio. Las persianas bajas, los locales vacíos y la disminución del movimiento en las calles son señalados como signos visibles de un proceso de desaceleración económica que altera la vida cotidiana y modifica el entorno urbano.
La noción de expulsión urbana permite comprender estos procesos en un marco más amplio, donde el espacio urbano se convierte en un objeto de disputa entre distintos actores sociales. La presencia de personas en situación de calle, trabajadoras sexuales o vendedores informales se vuelve un problema a gestionar, y en ese proceso se despliegan prácticas que buscan desplazar a estos grupos hacia otros territorios. De este modo, la ciudad se reorganiza a través de mecanismos de exclusión que afectan especialmente a los sectores más vulnerables.
San Telmo, la mirada de Mónica y Eduardo desde la asamblea del barrio
En los testimonios recogidos entre referentes territoriales que desarrollan su actividad cotidiana en San Telmo y Constitución, la percepción dominante sobre el presente urbano se organiza en torno a una sensación de deterioro acelerado y de creciente desposesión social. Los/as entrevistados/as describen un escenario marcado por la expansión de la pobreza y por la pérdida de recursos materiales y simbólicos tanto entre los sectores medios como los más vulnerables. En ese marco, la imagen que se repite con mayor insistencia es la de una ciudad arrasada, donde muchas de las formas tradicionales de supervivencia y organización colectiva parecen haberse debilitado.
Como señala una de las entrevistadas, lo que se observa actualmente es una mayor cantidad de personas en situación de calle que, a la vez, ya no conservan siquiera los objetos mínimos que antes constituían su base de subsistencia: carritos, pertenencias o espacios de reunión. La experiencia cotidiana de estos grupos de población está caracterizada por la fragmentación de los vínculos y por la dificultad creciente para sostener formas comunitarias de encuentro y apoyo mutuo.
“La gente en situación de calle creció enormemente, pero además creció la desposesión, donde antes veía gente ranchando, gente con sus pertenencias o gente cartoneando con su carrito. Ahora es la nada misma, el cartonero con una bolsita de plástico, porque si no le sacan el carro. Esta gente ya no tiene casi nada; es tierra arrasada y gente arrasada con muy poca capacidad organizativa y de encontrarse. Antes se encontraban en las ranchadas, como espacios de encuentro y de búsqueda de alternativas y soluciones entre los compañeros, y ahora ya ni eso, porque no existe.”
Estas percepciones se inscriben en un contexto urbano signado por fuertes contrastes territoriales. Los/as entrevistados/as destacan que, en barrios como San Telmo, la coexistencia entre circuitos turísticos y espacios de extrema vulnerabilidad produce una geografía social profundamente desigual, donde sectores sociales muy diferentes comparten el mismo espacio físico sin integrarse entre sí. La proximidad entre restaurantes y comercios orientados al turismo y asentamientos precarios o grupos de personas que sobreviven en la calle configura una escena urbana que es vivida como hostil y contradictoria. Esta parte de la ciudad aparece como un territorio fragmentado en mundos paralelos que se observan mutuamente, pero que rara vez establecen vínculos de interacción real.
“San Telmo tiene en sí mismo contrastes que no juegan a favor de los sectores vulnerables. Tenés una visión fragmentada que no se puede integrar, dependiendo de determinada hora, ese San Telmo turístico, fashion, donde pasa el electrobús todos los días, antigüedades, etcétera. Y en el mismo lugar, a dos cuadras, ranchadas o intento de ranchadas, y un montón de organizaciones que tratan de trabajar para sectores vulnerables. Entonces conviven los dos espacios, no en forma armónica, sino que hay un sector que está lamentablemente en beneficio de ese otro que es desplazado.”
En la reconstrucción de estas experiencias, la infraestructura urbana ocupa un lugar central como marca material de las desigualdades y de las rupturas territoriales. La traza de la autopista que atraviesa el sur de la ciudad es señalada como una herida persistente en el tejido urbano, cuyo impacto simbólico y social no ha sido resuelto desde su construcción durante la dictadura cívico-militar. A pesar de las intervenciones posteriores y de los distintos proyectos de reutilización del espacio bajo la autopista, este sector continúa funcionando como refugio para personas sin vivienda y como frontera interna entre áreas urbanas con características socioeconómicas diferenciadas.
“Después tenés esto de la autopista, que para mí es algo que no se termina de resolver: la herida que representa la autopista, que no termina. Y mirá que han pasado gobiernos, se han inventado cosas, han puesto estacionamiento, después permitieron que una parte fuera dedicada a actividades deportivas y culturales. Pero sigue siendo como una herida. La herida que instaló sobre la ciudad la dictadura, pensando en la ciudad, pero que no se resolvió.”
La autopista se convierte así en un límite físico y social que separa el San Telmo asociado al turismo y al patrimonio histórico de las zonas del barrio, identificadas como espacios donde las problemáticas sociales se manifiestan con mayor intensidad, aunque muchas veces permanezcan invisibilizadas en los discursos oficiales sobre la ciudad.
Los relatos ponen de relieve la percepción de una aceleración reciente en los procesos de transformación urbana, particularmente vinculada al aumento de desalojos y a la valorización inmobiliaria de ciertas áreas del sur de la ciudad. Se pone el acento en que en los últimos años se ha intensificado una dinámica de expulsión de residentes y organizaciones sociales, impulsada por el encarecimiento del suelo y por políticas orientadas a la reconfiguración comercial y turística del espacio público. Esta tendencia se expresa tanto en la multiplicación de conflictos por la vivienda como en la reorientación de los usos del espacio urbano, donde actividades económicas formales —como bares y restaurantes— han ampliado su presencia en calles y veredas, mientras que trabajadores informales y vendedores ambulantes son desplazados mediante operativos de control y regulación. De este modo, el espacio público se convierte en un escenario de disputa por el derecho a la ciudad y por las condiciones de permanencia en el territorio.
“Ahora tenés un cafecito más acá y tenés un cafecito más allá, y el cafecito ahora se expandió a la vereda y también se expandió a la calle. Esto es post pandemia, porque en la pandemia permitieron ocupar los espacios públicos por un tema del contagio, pero no se fueron de los espacios públicos. Entonces avanzan y, al mismo tiempo, te sacan al mantero y te sacan al feriante de San Telmo. Entonces está tan clara la hostilidad del gobierno: el espacio público ¿para quién? Para el comercio, que sí te paga por poner la mesa, pero el mantero que está buscando ganarse el mango, no.”
Otro aspecto recurrente en los testimonios es la transformación de las formas de visibilidad de la pobreza urbana. Los entrevistados señalan que, aunque la cantidad de personas en situación de calle ha aumentado, su presencia en el espacio público parece haberse vuelto menos evidente. Esta aparente contradicción es interpretada como resultado de políticas de control y desplazamiento territorial que buscan reducir la exposición de la marginalidad en zonas de alta circulación turística o comercial. En consecuencia, la pobreza no desaparece, sino que se desplaza hacia otros espacios o adopta estrategias de ocultamiento. Esta dinámica ha llevado a los actores territoriales a plantear la necesidad de identificar nuevas geografías de la marginalidad, capaces de dar cuenta de los cambios en la distribución espacial de la vulnerabilidad social dentro de la ciudad.
“Uno sabe que hay más gente en situación de calle y la ve menos también. Salvo este rosario de gente que circula, entonces van, te tocan la ventana y vos sabés por qué tenés esa referencia numérica, pero después salís y por ahí no ves tanto. Porque está claro que hay una política de limpieza literal. Vos llegabas hace tres o cuatro años y había ya treinta personas esperándote en la esquina, y ahora no los ves. O sea, como que esto: la necesidad de ocultarse más que antes.”
Finalmente, los testimonios destacan la persistencia y el fortalecimiento de redes comunitarias como respuesta colectiva frente a este escenario de crisis urbana. A pesar del deterioro de las condiciones de vida y de la fragmentación social, los entrevistados observan una tendencia creciente a la articulación entre organizaciones barriales, instituciones públicas y colectivos sociales. Estas alianzas se manifiestan en iniciativas conjuntas de asistencia alimentaria, actividades culturales y movilizaciones territoriales, como la denominada marcha de antorchas, que busca visibilizar conflictos sociales y recuperar memorias históricas del barrio. En este sentido, la organización comunitaria es concebida no sólo como un mecanismo de supervivencia, sino también como una forma de reconstrucción del tejido social y de reafirmación del derecho a habitar la ciudad.
“Yo creo que algo muy lindo que está pasando en San Telmo es que inclusive a nuestra asamblea nos pasa que nos hemos reconectado con organizaciones con las que por ahí teníamos alguna historia medio de confrontación. Pero me parece que hay como una intención, una necesidad imperiosa, unas ganas terribles de estar brazo a codo en la calle y haciendo actividades juntos. Y me parece que justamente lo venimos logrando, y que la marcha de antorchas fue una gran prueba de eso, porque en las reuniones organizativas teníamos treinta o cuarenta representantes de organizaciones trabajando con nosotros.”
Imágenes barriales
Como cierre de este ensayo sumamos las ideas de Gustavo Varela y Susan Sontag con el fin de ordenar y profundizar en algunas de las observaciones realizadas y de avanzar en la comprensión de las escenas descriptas por los y las referentes barriales. Como venimos señalando no se trata únicamente de hechos materiales, sino de situaciones visibles que adquieren significado político, de imágenes organizan la percepción colectiva de la realidad.
En La guerra de las imágenes, Varela sostiene que la cultura visual no es un conjunto disperso de representaciones, sino un sistema relativamente coherente. El autor propone analizar las imágenes como parte de un orden visual que responde a las lógicas del capitalismo moderno. En sus palabras, el objetivo no es estudiar imágenes aisladas, sino observar las relaciones que se establecen entre ellas: “No se trata de desatar los nudos sino de ver cómo se anudan, porque es allí donde la imagen muestra su carácter político y su potencia sobre la población.”
Esta idea permite pensar escenas concretas del territorio como puntos donde se cruzan historia, política y experiencia cotidiana. Así, una olla popular en Constitución no es solo una respuesta a la falta de alimentos; es también una imagen social del hambre y de la asistencia, una escena que circula en medios de comunicación, redes sociales y discursos públicos. Del mismo modo, la presencia de personas viviendo en la calle en zonas turísticas de San Telmo produce tensiones entre visibilidad, comercio y control del espacio urbano. Varela describe estos puntos de cruce como nudos, es decir, momentos donde la imagen y la historia se vuelven inseparables. Cada nudo condensa relaciones sociales, decisiones políticas y condiciones económicas.
El trabajo territorial permite identificar esos nudos en situaciones concretas: el aumento de la demanda en comedores comunitarios, el crecimiento de la población en situación de calle, la presencia de operativos policiales, los desalojos de familias o el cierre de comercios. No son hechos aislados, sino manifestaciones visibles de procesos sociales más amplios.
La perspectiva de Susan Sontag aporta otra herramienta para interpretar estas situaciones. En Las metáforas médicas, la autora plantea que la enfermedad no es solo una condición biológica, sino también una experiencia social cargada de significados culturales. Su reflexión parte de una idea central: “La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más onerosa.” Con esta afirmación, Sontag propone pensar la enfermedad como una forma de vulnerabilidad que atraviesa a toda la sociedad, aunque no de manera igualitaria.
Su idea de que todos nacemos con una doble ciudadanía —la de los sanos y la de los enfermos— permite trasladar esa pregunta al territorio urbano. Porque también los barrios parecen moverse entre esos dos reinos. Hay barrios que son imaginados como limpios, ordenados, curados; y otros que son señalados como sucios, corrompidos, peligrosos o degradados. La enfermedad, en ese sentido, deja de ser un asunto del cuerpo individual para convertirse en una metáfora del espacio. Un barrio puede ser descrito como enfermo del mismo modo que una persona: se habla de deterioro, de contagio, de desorden, de necesidad de saneamiento. Y esa forma de nombrarlo no es inocente. Define quién merece cuidado y quién merece control, quién debe ser protegido y quién debe ser vigilado. La autora advierte que las sociedades tienden a transformar la enfermedad en una metáfora moral, asociándola con el fracaso, la debilidad o la desviación. Esta forma de interpretación produce estigmatización y aislamiento. En el espacio urbano, algo similar ocurre con ciertos territorios: algunos barrios son definidos como peligrosos, degradados, sucios o problemáticos, lo que refuerza procesos de exclusión social.
En los barrios del sur de la ciudad, esta tradición de pensar la higiene como una cuestión urbana tiene una larga historia. Desde los tiempos en que los conventillos eran señalados como focos de infección hasta las escenas actuales de personas viviendo en la calle o de operativos que buscan “limpiar” el espacio público, la preocupación por la salubridad se mezcló siempre con el deseo de ordenar la ciudad. La higiene, entonces, no fue sólo una práctica sanitaria, sino también una forma de clasificar territorios y poblaciones, de establecer fronteras simbólicas entre lo que se considera saludable y lo que se percibe como peligroso.
Por eso la pregunta vuelve, casi inevitable: ¿dónde queda el barrio de Constitución? ¿Pertenece al reino de los sanos o al de los enfermos? ¿Y San Telmo? ¿Qué significa vivir, trabajar o simplemente pasar por un lugar que muchas veces es nombrado como sucio, degradado o problemático? Quizás la respuesta no esté en elegir un lado u otro, sino en reconocer que esos barrios habitan una zona intermedia, un espacio donde se cruzan cuidado y abandono, visibilidad y ocultamiento, vida cotidiana y estigmatización.
Estas preguntas habilitan también a pensar el territorio como un espacio donde se combinan regímenes de visibilidad y regímenes de vulnerabilidad. Las imágenes producidas en barrios populares —la pobreza, la asistencia social, la presencia policial— no solo describen la realidad, sino que contribuyen a definirla. En Constitución, la estación de tren y sus alrededores funcionan como un punto de concentración de población vulnerable y de circulación permanente de personas. Allí se superponen distintos actores: trabajadores que llegan desde el conurbano sur, vendedores ambulantes, instituciones públicas, organizaciones sociales, fuerzas de seguridad y personas en situación de calle. Cada uno de estos actores producen escenas visibles que se integran a la representación pública del barrio. En San Telmo, por su parte, la dinámica turística introduce otra dimensión. La coexistencia entre comercio gastronómico, patrimonio histórico y población vulnerable genera tensiones en torno al uso del espacio público. La presencia de personas viviendo en la calle o de ferias informales se vuelve un tema
En este marco, la cuestión de la higiene y de la salubridad urbana adquiere un significado histórico y político. A lo largo del tiempo, la preocupación por la limpieza de los espacios urbanos estuvo asociada no sólo a la prevención de enfermedades, sino también a la regulación del uso del espacio público y al control de poblaciones consideradas problemáticas. La noción de saneamiento, por ejemplo, ha sido utilizada tanto para describir intervenciones sanitarias legítimas como para justificar procesos de desplazamiento o reorganización territorial. Hablar de higiene, de seguridad o de orden urbano nunca fue un asunto neutral. A lo largo del tiempo, estas categorías funcionaron como herramientas para clasificar espacios y poblaciones, para establecer jerarquías territoriales y para justificar determinadas formas de regulación del espacio público. Los barrios del sur de la ciudad fueron, muchas veces, espacios donde estas políticas se pusieron en práctica: primero bajo la lógica del saneamiento sanitario, luego bajo la lógica de la seguridad y, más recientemente, bajo la lógica de la renovación urbana y del desarrollo turístico. Cada una de estas etapas dejó marcas materiales y simbólicas que todavía organizan la vida cotidiana. Por eso, más que pensar estos barrios como territorios degradados o recuperados, resulta más productivo entenderlos como escenarios donde se ponen en juego distintas formas de gobierno de la ciudad. Allí se cruzan políticas públicas, intereses privados, estrategias comunitarias y prácticas cotidianas de supervivencia. Lo que se observa en las calles —la apertura de un comedor, el cierre de un comercio, la instalación de un operativo policial, la organización de una marcha— son expresiones concretas de esas disputas.
Los barrios de Constitución y San Telmo no son problemas a corregir ni territorios a limpiar, sino espacios sociales complejos donde se observan partes de la implementación de decisiones económicas y políticas tomadas a distintas escalas y momentos históricos. Lo que allí ocurre no pertenece sólo a esos barrios: forma parte de la forma en que la ciudad distribuye recursos, riesgos y oportunidades. El desafío no es únicamente describir la desigualdad, sino hacerla visible como una cuestión pública. Porque, en definitiva, la manera en que una ciudad trata a sus barrios más tensionados dice mucho menos sobre esos territorios que sobre el modelo urbano que decide sostener.
Salgo de la Facultad de Ciencias Sociales, de Sociales, de FSoc. Camino por Santiago del Estero y doblo por Humberto Primo hasta llegar a la 9 de Julio. La autopista domina la escena. Por el costado izquierdo asoma una de las cúpulas de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, justo enfrente de la Estación Constitución. Queda a unas pocas cuadras, aunque desde lo simbólico esas cuadras se estiran y parecen muchas más.
Estamos en Constitución, en Fsoc, la Facultad de Ciencias Sociales, en esa parte del barrio que es de tránsito, de paso, de circulación constante. En las manzanas de al lado y alrededor hay sedes de sindicatos: trabajadores estatales, periodistas, gastronómicos, futbolistas y otros más que ahora no recuerdo. Un barrio de organización sindical, de referentes nacionales, de reuniones y discusiones que vienen de lejos. Enfrente está ella, con el 1111 como pirca y altar. La casa roja y el mural de Maradona, los ex centros clandestinos de detención, la estación Rodolfo Walsh. También hay fantasmas, espíritus y espectros que resuenan desde otras décadas. Más allá, comedores comunitarios, comercios de cercanía, ranchadas informales, hoteles familiares y desalojos recientes.
La 9 de julio me lleva hasta el bajo autopista, a ese nudo de arterias, carriles, divisiones, como techos de concreto, velocidad y autos. Ahí el barrio sigue su ritmo: gente que pasa, colectivos que frenan, autos que avanzan. Un lugar de cruce, de llegada y de salida, donde todo parece estar siempre en movimiento, aunque el paisaje sea el mismo todos los días.
Un poco más allá, ya en San Telmo, otro barrio se arma en capas, en pliegues urbanos. Mismas cuadras, escenas diferentes. Bares notables, mesitas en la vereda, cafés con nombre en inglés, calles angostas y empedradas, tango para turistas y faroles encendidos hasta tarde.
Y entonces, entre Constitución y San Telmo, entre la estación y la feria, entre la parroquia y la asamblea, la ciudad deja ver sus marcas y sus contrastes. Un sur de la ciudad que cambia, se acomoda, resiste, y vuelve a empezar todos los días.[u1]
Comunicadora (UBA). Doctora en Sociología (UNSAM), Magister en Política, Sociedad y Género (Flacso). Profesora, investigadora y extensionista en la Carrera de Ciencias de la Comunicación (UBA) y en el Instituto de Ciencias de la Salud (UNAJ). Porteña díscola. Escritora intermitente. Siempre buscando eso y aquello donde las cosas laten.






