Elogio de la destrucción y de la lengua 

“Sin pelos en la lengua” y “Destruye, pues toda creación proviene de la destrucción”. Con estas dos frases como disparadoras, una del saber popular y la otra de la literatura Iair Kon construye un recorrido personal que pasa por el cine y la historia reciente, y nos propone pensar qué tienen en común la destrucción y el órgano que usamos para hablar con el presente que estamos viviendo.
Iair Kon*

Monelle, un personaje liminar del escritor francés Marcel Schwob, enuncia un aforismo que durante décadas tomé como guía para muchas batallas, una sentencia que siempre me pareció debía ser el lema de toda revolución, de todo cambio radical, de todo paso hacia adelante en la historia, aunque fuera un salto al vacío, que ojalá fuera un salto al vacío, a lo desconocido, a la refundación total de un sistema putrefacto y hediondo, aunque ese sistema fuera el micromundo de mi propia e insignificante existencia. 

La tal Monelle, que entre más de una decena de hermanas tenía una que era egoísta, otra que era salvaje y otra más que era soñadora, dice: “Destruye, pues toda creación proviene de la destrucción”. Lo dice así, sin pelos en la lengua, esa expresión horrible que en mi acervo de frases horribles remite directamente a José Gómez Fuentes, un vocero de la última dictadura que fungía como presentador de noticiero público y que, para ser honesto, no sé si alguna vez la pronunció, aunque repica en ese acervo una tapa de la revista Humor Registrado con una caricatura en la que de su rostro deforme emerge una lengua peluda que alisa con saliva y con peine fino. 

Aquella caricatura del “extraño de lengua largaaaa”, publicada poco después de que un general ebrio al mando del gobierno declarara una guerra imposible y diera inicio al fin de la última dictadura cívico militar que padeció nuestro país, exacerba los rasgos de un disimulador de crímenes atroces que aseguraba hablar con lengua depurada, sin eufemismos ni maquillajes, para expresar la verdad misma de la cosas y de los hechos. Su verdad, claro, no incluía desapariciones ni torturas y en lugar de soldados famélicos y estaqueados por sus propios superiores en las heladas islas del sur hablaba de victorias en un presente continuo tan imaginario como perverso.

La lengua que se autopercibía lampiña y que, sin embargo, emanaba la podredumbre de su enjambre piloso era el órgano visible de una destrucción premeditada sobre la que buscaba construirse una sociedad autodestructiva, un sistema autofágico que sobreviviera alimentándose con sus propias ruinas, desmembrando su entramado de redes sociales (reales, ni virtuales ni autodenominadas) y productivas hasta volverlo un cuerpo atomizado e irreconocible.

Si alguien le hubiera espetado a Gómez Fuentes otra celebre expresión capilar, “no se hagan los rulos”, pronunciada unos cuantos años más tarde por la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner a propósito de reelecciones y no de distopías, se le habría reído en la cara. Porque si bien la tapa de la revista Humor es la caricatura de una lengua que agoniza al filo de la democracia, es difícil, ahora, no rendirse ante la evidencia de su triunfo, nuestra derrota, que nos acerca a mundos fabulados y premonitorios como el de La parábola del sembrador, de Octavia Butler, en los que la lucha por la supervivencia es entre individuos igualmente desclasados, acorralados por la miseria y el desconcierto, como podrían ser los protagonistas de un acontecimiento reciente, el policía ladrón ahogado en deudas que mata al docente uberizado.

¿De qué otro modo podríamos haber llegado hasta acá si no es con el concierto de lenguas depiladas y reptilíneas azuzando el oído de sus propias víctimas? Pasaron otras cosas, sí, los mecanismos de destrucción, reales y simbólicos, han ido evolucionando hasta convencernos incluso de la necesidad de nuestra propia extinción, hasta aceptar con cierta apatía una lengua en su forma más degradada y tosca, un órgano purulento que supura violencia al ritmo de una respiración agitada. 

El personaje principal de la novela de Butler, una adolescente de 15 años, bastante más despierta que los autómatas humanos que amplifican en las redes virtuales un odio embrutecido, se sirve de la lengua instruida con que la educó su padre reverendo para sublimar de algún modo la hiperempatía que la aqueja, una condición indigerible para el contexto en el que habita. La sensibilidad extrema ante el sufrimiento ajeno es una condición radicalmente atípica en esa ficción publicada a comienzos de los 90 pero que transcurre justo por estos años que son los nuestros, los de ahora, en los que vuelve a circular como mantra funesto el sálvese quien pueda de la época inaugurada formalmente en el año 76, hace exactamente medio siglo.

Por esos años, mis padres me traían de un país que conservaba aún el beneficio de la duda, basada sobre todo en un pasado reciente que había martirizado en campos de concentración a buena parte de su nuevos habitantes y en el relato mítico de una tierra prometida. De ese país, Israel, que hoy es la profecía intolerable de la víctima de un genocidio que se convierte en genocida, trágico olvido, me traje una erre uvular que fue mi marca de origen hasta pasada la adolescencia, una erre de la que quise deshacerme no tanto para borrar un origen sino para construir un presente. (Paradoja: esa erre, que no existía antes en el idioma hebreo, era un resabio que los judíos llevaban desde Europa, del verdadero exilio).

El traslado de la erre desde la campanilla de la garganta hacia la punta de la lengua fue el gesto con el que creía que abriría una puerta a un espacio de iguales, a un mundo en el que pudiera ocultar una diferencia involuntaria y ser parte sin distinciones. Destruía, como Monelle, para construir, sin percibir que borraba, así también, una memoria íntima de la que hoy sólo me queda un reflejo inconsciente y vago. Me consolé un poco al saber, gracias a la lúcida película de Nurith Aviv, La lettre errante, que lo mismo le ocurrió al escritor noruego Karl Ove Knausgard, quien intentó acomodarse a la erre de la gran ciudad por obediencia al padre y también por necesidad de pertenencia.Otros, en cambio, como el abuelo de Amel Chaouati, psicóloga y escritora argelina inmigrante en Francia, sostuvieron hasta su muerte una toca blanca sobre la cabeza y, al hablar en francés, nunca dejaron de hacer rodar una erre arábiga a pesar de haber sido formados bajo el sistema impuesto por el colonizador. En la película de Aviv, Chaouati especula que esa erre rodada era el gesto de resistencia de su abuelo al sistema colonial francés. La erre de la palabra perejil fue también la schibbolet que podía salvar la vida de los haitianos a los que el dictador dominicano Rafael Léonidas Trujillo mandaba a matar si la pronunciaban mal y de ese modo delataban su origen. 

Entre la lengua y la garganta se organiza así todo un sistema de opresión o de resistencia capaz de destruir para no dejar nada o de construir sobre los despojos aún reconocibles de una memoria que habita en el cuerpo. Mi idea un poco ingenua de la destrucción que propugnaba Monelle, en algo parecida a la adolescente de Butler, se reconfigura ahora en la erre del abuelo de Chaouati, que busca dentro de sí un rasgo constitutivo con el que horadar el sistema que intentó borrarle aquello que le era verdaderamente propio. El arma con la que lucha la lleva dentro y ponerla en funcionamiento le sirve, al menos, para no olvidar quién es, para evitar el desmembramiento y la autofagia, la desaparición misma de lo que fue, es y aún puede ser. 

El esfuerzo más grande de este proyecto aniquilador que lanzó su tiro inaugural el 24 de marzo de 1976 y que se extiende hasta nuestros días se concentra en producir olvido y, sobre todo, en que ese olvido sea el desconocimiento de nosotros mismos. Pero, no tengo dudas, o quizás es ilusión, un dejo de esperanza, hay todavía un grito en la garganta que no termina de gestarse, que necesita encontrar su forma para apagar el rugido espástico que nos aturde. Y hay otras lenguas, mucho más lúbricas y afiladas, más dulces y revoltosas, unas lenguas a inventar, a pedido de Gelman, donde quepa “todo el furor que falta”. Con esas lenguas, sí, moldeadas en la memoria, destruir es una opción a tener en cuenta, porque toda creación proviene de la destrucción.

Iair Kon es Licenciado en Comunicación (UBA) y magíster en literatura (Paris VIII) y Escritura Creativa (UNTREF). Da clases en la UBA, la ENERC y la UNTREF. Escribe, hace documentales y traduce. No come carne, pero todos los viernes va a un asado. https://www.instagram.com/iairkon/
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May 5, 2026 | Iair Kon

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