El tiempo que dura más

El fútbol ¿es meramente un deporte? En Argentina es un juego sofisticado que crea identidades, moviliza pasiones y, sobre todo, funciona como un potente articulador social. Somos más felices cuando nuestro equipo gana y superamos mejor la tristeza de la derrota colectivamente. El fútbol nos permite sentirnos parte de algo más grande que uno mismo.
Por Sebastián Ackerman*
 

Hago, de entrada, una aclaración: no me imagino la vida sin fútbol. Ni el de los clubes ni el de selecciones, ni siquiera el de la canchita en la que nos juntamos para jugar con amistades y correr un rato.

Rechazo, también, las chicanas sobre la irracionalidad del fútbol (que la tiene, como todo lo relacionado con la pasión) ridiculizando otras actividades de la misma manera que se reduce a este deporte a “22 tipos corriendo atrás de una pelota”: definirlo así es pensar a la literatura como manchones de tinta sobre el papel, a la radiofonía como gente hablándole a un palito o experimentar en un laboratorio a jugar con tubitos, por ejemplo.

Por último, mucho de lo que se lea aquí puede ser debatido, impugnado, contra argumentado. Claro que el fútbol también tiene su costado violento, delincuencial, misógino; pero es abordarlo desde otro lugar. Aquí quiero hacer un elogio de este deporte. Bienvenida la discusión. El resultado no está puesto de antemano.

De chiquito a veces sufría mucho con (y por) Boca. Y las alegrías duraban meses, tal vez por lo espaciado de esos triunfos. Con los años fui aprendiendo (un poquito) a matizar ese sufrimiento, porque creo que el fútbol tiene que ser motivo de alegrías personales, grupales, identitarias, nacionales. La pelota no se mancha.

Es un sentimiento, no puedo parar 

Ser hinchas de un club, como jugar al fútbol, nos da una identidad. Nos hace ser alguien, pero lo más importante es que al ser ese alguien somos parte de algo más grande, de un colectivo que tiene objetivos y se cuida. Y da raíces, sean familiares, barriales, provinciales o nacionales. Si pusiéramos que somos hinchas de un club en un CV (yo lo hice en algunas presentaciones en charlas), probablemente sea la verdad más antigua, luego del “nació en…”. 

Tengamos claro por qué tenemos esa pasión, la mayoría de las veces herencia familiar (en mi caso, “De Boca como mi viejo”), aunque esos orígenes pueden ser diversos, tanto intra como extrafamiliares. Siempre hay un recuerdo, una anécdota, una promesa, una ilusión: somos parte de algo en lo que nuestra injerencia es objetivamente tendiente a la nulidad, pero somos parte del resultado obtenido, para bien o para mal. Por eso decimos “ganamos” o “perdimos”.

Como lo planteó Sebastián Wainraich en un programa de televisión, quienes piensen que no ganamos nada, y que en todo caso lo hacen exclusivamente quienes juegan o consiguen beneficios materiales, se equivocan. Pero no por un error de concepto, sino porque es un sentimiento, una entrega sin contraprestación: si gana mi equipo, del que soy hincha o en el que juego los fines de semana, estoy contento. Soy feliz si salimos campeones. Y lo más interesante en tiempos de medir todo, de productividad, de cuantificar, del utilitarismo cotidiano: no sirve para nada… más que ser feliz. Lo damos todo a cambio de nada.

Tal vez sin saberlo (y en realidad no importa si fue intencional o no), parafraseó a George Bataille y su noción del gasto improductivo. Es una noción que vale la pena reivindicar: invertir allí donde podemos ser felices, en aquellos espacios que todavía resisten la colonización capitalista del número y la racionalidad económica. La pasión por el fútbol escapa a esos enclaustramientos y da cuenta de la irreductibilidad de la subjetividad al homo economicus, incluso a la tecnificación del sujeto. Cada vez que la pelota rueda (en la Bombonera o en la canchita debajo de la autopista) se pone todo en juego, aunque en la “vida real” nada cambie con el resultado puesto. Pero a quién le importa eso cuando se está jugando…

Hay una imposibilidad radical de explicar racionalmente esta pasión. ¿Cómo transmitir que podemos ser (un poco más) felices porque un equipo le gana a otro? ¿Qué palabras pueden transmitir ese sentimiento si quien escucha o lee no lo comparte? Me atrevo a decir que la pasión por el fútbol es como enamorarse eternamente: se ama sin condiciones ni a cambio de una retribución. Y no hay nada que pueda hacernos cambiar eso. No somos hinchas porque sucede X, pero cuando suceda Y nos hacemos de otro equipo. Se banca en las buenas… y sobre todo en las malas. Y no hay una sola manera de amar, depende de cada persona y del vínculo. Tampoco depende de características arbitrarias del objeto de pasión o amor, es algo más, un plus. Ese plus es un investimento, algo más que el objeto pero que lo hace único. Y eso tiene más relación con el afecto que con la razón (como ya lo explicó el personaje de Guillermo Francella en El secreto de sus ojos).

(En) el fútbol se piensa

Este acercamiento reflexivo fue hecho por otras personas que pensaron más y mejor el fútbol teóricamente. Yo propongo solo un ejercicio risueño para mostrar que teoría y experiencia están más cerca de lo que suele pensarse (si se mira con los lentes adecuados, claro). Es en ese marco, esa irreductibilidad de la que hablaba, esa imposibilidad de anticipar o predecir, donde la autonomía radical del sujeto que encuentra cauce en el fútbol, por fuera de las determinaciones materiales de la existencia, es parte constitutiva de la subjetividad. Claro que la cultura (la familia, las amistades, el barrio) juegan su papel, pero hay un ámbito de autonomía radical que le pertenece solo al sujeto. Los procesos de identificación (nunca totales, no hay dos idénticos) permiten ese movimiento.

Mucho se repite que el fútbol ya no es lo que era, que se transformó en un inmenso negocio que mueve millones y millones de dólares. Es imposible negarlo, aunque reducir el fútbol al negocio no es suficiente para explicar todo lo que genera. Pero podemos aprovechar ese debate para analizar el juego-negocio desde una mirada marxista para explicar las cotizaciones de los futbolistas de acuerdo a su posición en la cancha y sus características deportivas. 

Quienes garantizan la ganancia son quienes tienen las cotizaciones más altas: goles son amores, y dólares. Las y los delanteros goleadores multiplican su cotización con cada grito. Un escalón más abajo, quienes se dedican a pensar, planificar y facilitar el objetivo del gol: mediocampistas con la tarea de crear juego o asistir. Trabajo intelectual para que el físico cumpla. Luego vienen mediocampistas y quienes se encargan de defender y “raspar”, que corren y “meten”: se destacan por su despliegue físico para recuperar la pelota con mucho sacrificio y esfuerzo y tratar de dársela a quienes crean juego para que hagan lo suyo. Y por último, quienes tienen menor cotización por su posición, curiosamente -o no- lleva a cabo un trabajo manual dentro del campo de juego: tienen la tarea de impedir el gol, de obturar el grito, de amargar a sus rivales. El trabajo manual es el peor cotizado aún cuando hacer un gol en el arco de enfrente sea tan importante como evitarlo en el propio.

Es solo fútbol, pero mucho más que fútbol

Como tantos otros, el fútbol es un deporte colectivo, con posiciones, roles y funciones. Pero no es solo eso: un buen equipo es aquel en el que entre los players juegan también las solidaridades. No alcanza con hacer bien lo propio. Llegan lejos quienes “desdoblan” sus esfuerzos y colaboran entre sí cuando están en problemas o necesitan opciones para resolver una jugada.

En esos casos, suelen destacarse dos características: la solidaridad entre quienes juegan, de la que ya hicimos mención, y el esfuerzo y sacrificio de esos equipos para sobreponerse a las adversidades objetivas. Hay una tercera que se destaca en la comparación internacional y es el talento de potrero, que de a poco va desapareciendo. Pero ambos son temas para otro ensayo. En otras palabras, en el fútbol se puede triunfar por sobre el poderío económico-simbólico y la capacidad innata. De nuevo, claro que en todo equipo hace falta talento, pero estos equipos tienen que dar algo más (otra vez el plus) para ganarle a los poderosos.

Es uno de los pocos deportes (sino el único) en el que los equipos menos poderosos tienen la ilusión de triunfar. Pero no es una ilusión cualquiera, es efectivamente la posibilidad de ganar a pesar de haber otros equipos con (muchos) más recursos. Claro que son las excepciones. Pero existen. Los de abajo también salen campeones y vivir sin ilusiones es para robots. Las personas las necesitamos para seguir adelante.

También es un espacio para la resistencia, para evadir las restricciones y prohibiciones (explícitas o implícitas) que oscurecen a la comunidad: hay ejemplos en nuestras tierras porque desde las tribunas se cantó contra la dictadura y contra el macrismo. En España, las gradas del Camp Nou fueron ámbitos para la resistencia catalana al franquismo. Y hay símbolos de resistencia alrededor de todo el mundo, con la figura de Diego Maradona en banderas de protestas de personas o pintadas en paredes, siempre en barrios subalternos. El fútbol excede los estadios, desborda esa irreductibilidad más allá de las líneas de cal y lleva la rebeldía del juego a otras dimensiones de la vida social.

El fútbol profesional, la dimensión de hincha, quiere ganar siempre. Muchas veces, si no todas, el fin justifica los medios. Pero cuando jugamos, es preferible, como propuso Alejandro Dolina, hacerlo con amigos, incluso si eso pone en riesgo el resultado del match. La felicidad se potencia, la alegría dura más, cada gol agranda la sonrisa. Y si toca perder, la tristeza dura poco. Durante una hora, los límites de la cancha se convierten en los límites del mundo, y en cualquier universo es imprescindible tener amistades a nuestro lado.

Por eso cuando algún jugador o jugadora profesional se desempeña con soltura, como si jugara sin presiones, se dice que juega “como en el patio de su casa” o “como en el potrero” (esa es “la nuestra”, la rebeldía frente a los esquemas, frente a lo difícil de las condiciones materiales -de vida y del campo de juego-). ¿Con quiénes juga(ba)mos en la niñez en el patio o en el potrero, sea este efectivamente la canchita de tierra en el baldío o la calle cortada por la que no pasan tantos autos? Con nuestras amistades. Es más fácil, es más lindo, es más cómodo, nos da confianza. Con amigos somos mejores jugadores, mejores docentes, mejores militantes. Mejores personas.

Por último, una característica que suele cuestionarse como inentendible pero quiero reivindicar: aún si no se conocen, si son hinchas de diferentes equipos, si no sabemos el nombre pero le encontramos una identidad en el partido (“pela”, “barba”,  “violeta”, y así), alcanza con compartir la cancha el tiempo que dure el partido para construir ese vínculo con los demás en el que, en una disputa agonal, termina el partido y fuimos felices ese rato por estar allí compartiendo. Somos sujetos sociales, sin duda. Un objetivo noble de la vida en común, a pesar de las diferencias.

¿Quién para un fulbito?

* Sebastián Ackerman es de Boca como José, lic. en Ciencias de la Comunicación y Magíster en Periodismo (UBA). Docente de la carrera, ocasionalmente Secretario Académico de Comu. Colaborador en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12. En las manifestaciones me buscan para tener un punto de encuentro. @sebasackerman

May 5, 2026 | Sebastián Ackerman

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