¿Por qué la imagen de una mujer bordando nos resulta tan natural? Entre el mandato de la sumisión y el refugio creativo, el bordado ha habitado históricamente los márgenes del arte. Sin embargo, detrás de la aparente pasividad de la aguja se esconde una herramienta política: un espacio seguro para narrar historias que el silencio no pudo contener.
Violeta Stancanelli*
El vínculo entre las mujeres y el bordado es histórico. Como señala Silvia Federici, la feminidad se construyó a partir de una distribución de tareas y comportamientos diferenciados para hombres y mujeres. En este marco, el bordado consolidó su rol durante el siglo XIX como parte de las labores impuestas al género femenino, funcionando como una herramienta de domesticación y disciplinamiento. Como era de esperarse, esta práctica no se realizaba en beneficio propio: las mujeres bordaban para el hogar y la familia, plasmando principalmente nombres de parientes y símbolos asociados a lo femenino, como flores y motivos religiosos.
Hacia el siglo XX estas prácticas comenzaron a ser repensadas. En la década de los ‘80, Roszika Parker publicó una obra clave: La Puntada Subversiva. En este libro, la autora compara el bordado con la pintura y observa que, mientras el trabajo de una mujer pintora es reconocido como arte -aunque se lo considere “menor” frente al producido por varones-, el bordado es desplazado al terreno de la artesanía y la mera expresión de la feminidad. Estas nociones podrían sintetizarse en la idea, por cierto muy difundida, de que las tareas de cuidado se hacen “por amor”. Así, el bordado se pensaba como una actividad sin mucho sentido, decorativa y delicada.
Esta actividad textil trajo contradicciones para las feministas del siglo XX. Por un lado, se la percibía como un instrumento de opresión porque mantenía a las mujeres con la mirada baja, reforzaba la obediencia y los roles tradicionales de género. Por otro lado, constituía un medio para canalizar su creatividad y cierta independencia. Isabella Rosner -historiadora de arte británica especializada en bordados realizados en contextos de encierro, tanto de personas privadas de su libertad como internadas en instituciones de salud mental- rescata que esta labor ofrecía un escape a la realidad de celdas y pabellones.
En una entrevista de 2024, Rosner destaca que esta práctica permitía recuperar un espacio de calma, autonomía y sentido del control a la vez que una posibilidad de materializar las emociones. Si bien el mandato consistía en bordar manteles, pañuelos y sábanas adornados con nombres y flores, es fundamental destacar el surgimiento de prácticas contrahegemónicas: formas de bordar que desafiaban lo establecido. Se trata de casos donde el contenido, la autoría y los modos de ejecución habilitaron verdaderas estrategias de resistencia. Personas que no bordaron para complacer ni para cumplir expectativas ajenas, sino que encontraron en el acto de bordar una forma de autoconocimiento.
Puntadas contra lo invisible
En 1830, una chica de 17 años llamada Elizabeth Parker hizo un bordado de 46 renglones. Este retazo de tela, a modo de relato autobiográfico, narraba la historia de su vida. Allí, Parker contaba que venía de una familia cristiana de clase trabajadora y que había comenzado a trabajar como empleada doméstica a los 13 años. Otra de las historias que relata es la de un abuso: la violencia sexual ejercida por su patrón, quien la arrojó por las escaleras cuando ella intentó resistir a su agresión. Desde ese momento, Elizabeth empezó a manifestar síntomas de lo que hoy conocemos como depresión, lo que la llevó a intentar suicidarse en varias ocasiones. Con hilo y aguja, bordando nada más que palabras, Elizabeth volcó sus vivencias, temores y deseos en el lienzo. Le rogó a Dios que la perdonara por querer terminar con su vida y le pidió guía. En un artículo publicado en la revista El Hilo, Maureen Daly Goggin analizó cómo Elizabeth encontró en la tela un lugar para hablar de lo que no se podía nombrar. En lugar de bordar servilletas para su familia, bordó con valentía su dolor, aun sin conocer el destinatario de esas palabras. La supervivencia y circulación de su bordado casi dos siglos después de su realización nos da a conocer el poder de esta práctica para resistir al olvido.
Bordar para resistir
En 1879 Annie Parker estuvo en prisión -sin vínculos aparentes con Elizabeth- y no era la primera vez: su alcoholismo la llevó a ser arrestada más de 400 veces durante varios años. A los 31 años realizó un bordado usando su propio cabello como hilo, en el cual replicó fragmentos de un himno cristiano y frases bíblicas que cobraron sentido en vinculación con su historia. Fue adicta, víctima de la violencia de su esposo y luego viuda; madre de tres hijos nacidos en la cárcel, todos fallecidos posteriormente. Annie hablaba con Dios confiando en que él la guiaría por un mejor camino que el que le tocó vivir, a la vez que le dedicaba un homenaje a su esposo muerto al final del bordado. Si bien su obra cumple visualmente con las características del bordado tradicional, guarda su especificidad en la utilización de su propio cabello y en el lugar de su realización, aspectos incompatibles con lo esperable de la feminidad y el mandato de obediencia del bordado. Hay ahí una clave de contrahegemonía para pensar su obra.
Puntadas a la sombra del poder
Alexis Casdagli, oficial del ejército británico, rompió con el estereotipo de género y bordó en un campo de concentración alemán durante la Segunda Guerra Mundial en 1941, cuando fue capturado y llevado como prisionero. Durante su reclusión, Casdagli se acercó al bordado en un intento por mantenerse cuerdo. Si bien realizó varios allí, el más destacado aparentaba ser una pieza que cumplía con los estándares temáticos y estéticos de la práctica, al brindar información sobre su identidad y el lugar de confección, junto con guardas decorativas tradicionales. Lo que podía apreciarse en un segundo plano es que, entre las guardas bordadas, se ocultaban mensajes en código morse: “Fuck Hitler [Púdrete Hitler]” y “God save the King [Dios salve al rey]”.
Pero, ¿cómo pudo realizar un bordado en un campo de concentración? ¿dónde consiguió los materiales?
Resulta que los oficiales recibían un trato altamente favorable comparado con otro tipo de prisioneros. Casdagli consiguió hilo al deshacer un sweater viejo y bordó sobre un retazo de tela de otro prisionero. Se cree que la aguja y las tijeras las obtuvo gracias a la Cruz Roja y los paquetes que les hacían llegar. Resulta gracioso imaginar a los oficiales y soldados nazis pasando por delante de este bordado, colgado en el campo de concentración, ignorando el mensaje que les desafiaba en la cara. Cuatro años después de haber sido capturado, fue liberado por el ejército de Estados Unidos a los 39 años. Según han contado sus hijos, Casdagli decía que la Cruz Roja había salvado su vida pero que el bordado salvó su cordura, ya que pudo registrar su ira y frustración sobre la tela. Luego de su liberación, siguió bordando.
Hacia una reivindicación textil
A lo largo de la historia, quienes desafiaron con sus bordados la norma, dejaron mensajes muy poderosos a través del hilo y la aguja. Elizabeth Parker, Annie Parker y Alexis Casdagli son algunos de esos nombres. Bordar aparece, entonces, como una acción solitaria, un acto que se realizaba como si nadie estuviera mirando. Se trata de una expresión silenciosa y aparentemente privada que, sin embargo, transmitía mensajes profundos y liberadores más allá del hilo y la tela y, de alguna forma, mantenía viva la memoria de quien realizaba la pieza.
Entender al bordado como una actividad menospreciada como arte, al ser considerada femenina, nos permite comprender cómo pudo ser utilizada como un espacio seguro de resistencia simbólica, lo cual permitió que se registraran otras memorias que no podrían haber sido narradas. Reivindicar la historia textil permite reconstruir no solo el relato de las mujeres y su opresión, sino también el de la humanidad, al trascender las narrativas de memorias personales como las contadas en este artículo.
Violeta Stancanelli
Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA). @eterea.bordados es su proyecto personal donde experimenta con el arte textil y reflexiona sobre el mismo. violetastancanelli@gmail.com






