Hace algunos años la televisión detenía su corriente de imágenes y sonidos para dar lugar a la señal de ajuste que anunciaba el fin de la programación. Hoy el flujo de la información es incesante y perpetuo, todo el tiempo y en todo lugar podemos estar recibiendo información ¿Cómo convivimos y qué hacemos con eso? Desde una pintura de Giotto hasta una charla informal en la UBA, este ensayo de Mercedes Calzado busca pensar dónde y cómo se constituyen hoy las mediaciones.
Mercedes Calzado*
En 1992, Oscar Landi publicó Devórame otra vez. La tapa del libro, con un televisor rodeado de letras con puntitos y colores, abrió una de las polémicas más claras sobre cómo estudiar los medios. Beatriz Sarlo le respondió desde Punto de Vista con un título que todavía suena tan filoso como inolvidable: “La teoría como chatarra”. La discusión, claro, no era sobre la televisión. Era sobre cómo pensar la cultura mediática sin abandonar la crítica ni borrar la experiencia de quienes la habitan.
Más de tres décadas después, el deseo que insinuaba el título de Landi parece haberse cumplido. La pantalla nos devoró. Vivimos dentro de ella con tanta naturalidad que a veces cuesta encontrar los bordes, la salida.
Mientras escribo estas ideas, pienso en una imagen de Giotto y la busco en mi teléfono: Jonás tragado por la ballena. El mar al medio, la ballena al medio, el hombre a medio tragar. El relato bíblico cuenta que Jonás pasó tres días y tres noches en la oscuridad antes de volver a tierra firme. Hay algo de esa escena en nuestra relación contemporánea con las pantallas. Ya no estamos frente a ellas, pidiéndoles “devórame otra vez”. Estamos dentro de ellas, devorados. Si en 1992 todavía era posible imaginar entradas y salidas del mundo mediático, y desde esa alternancia preguntarse qué hacía la televisión con la gente y qué hacía la gente con la televisión, hoy la distancia analítica parece más difícil de sostener. La televisión se encendía y se apagaba; el sueño, la cena, el camino al trabajo todavía eran zonas sin pantalla. Hoy no se trata solo de cuántas horas pasamos frente a un dispositivo, sino de vivir dentro de un flujo que organiza la atención a toda hora y en todo lugar.
Entro a la facultad, camino por el pasillo. Me siento en una mesa del bar mientras espero a una compañera de cátedra. Vuelvo a mirar en la pantalla del celular la pintura de Giotto, busco una pista para la idea que estoy queriendo esbozar en este texto. Pero me distraigo. Entra una notificación con una noticia: último momento. Atrás, un mensaje de mi hijo. Vuelvo a la imagen de la ballena, pero me quedo pensando en la noticia. ¿Estoy tragada también? Sí. Respiro hondo y miro alrededor. No está oscuro, no es el estómago de ningún gran pez, y en la mesa de al lado hay un grupo de estudiantes. Son cuatro. Conversan sobre la clase que acaban de tener. La charla es dispersa: cada uno mira su pantalla, una muestra un meme sobre la materia, otra desliza Instagram, otro alterna entre X y WhatsApp.
Estar adentro también significa lo que estoy viendo en la mesa de al lado, lo que me está pasando mientras los miro: informarse, pensar, hablar al mismo tiempo que se hace otra cosa. Saber qué sucede fuera del entorno personal ya no responde a un orden claro ni a un momento reservado. Las noticias no llegan cuando abrimos el diario por la mañana o nos sentamos frente al noticiero de la noche. Se mezclan con el estudio, con el trabajo, con los viajes en colectivo, con los mensajes.
Hace dos años, junto al equipo de cátedra y de investigación, venimos analizando la relación de los jóvenes con las pantallas y con la información. Uno de los espacios donde revisamos este problema es entre estudiantes de la Carrera de Comunicación de la UBA. Como en la escena del bar, la lógica de simultaneidad aparecen ellos como una experiencia habitual. Leen titulares en el celular mientras viajan en colectivo, escuchan un recorte de opinión mientras se cambian, miran una historia con información política en medio de mensajes de amigos, publicidad y memes. Entre los estudiantes, más que perder lugar, las noticias perdieron su tiempo propio. Informarse se volvió una capa de la experiencia cotidiana, una práctica intermitente que acompaña y compite con todo lo demás.
Sin embargo, vivir adentro del flujo no implica sentirse cómodo en él. En las entrevistas de nuestra investigación notamos la paradoja según la cual dependen del celular y las redes sociales para informarse, pero no creen del todo en lo que allí encuentran. Los estudiantes miran y leen en sus teléfonos lo que les aparece mediado por algoritmos, plataformas y circuitos que muchas veces no controlan, aunque sientan que pueden dominarlos. Al mismo tiempo, sospechan, identifican líneas editoriales, tonos y énfasis.
Esta incomodidad tiene otra consecuencia. En las entrevistas que realizamos aparece una y otra vez la percepción de que las redes sociales son escenarios hostiles. Las miran, las leen, a veces comparten, pero intervienen poco. En nuestra muestra, menos de uno de cada cinco comenta o discute noticias públicamente, y casi la mitad elige no hacerlo nunca. Tienden a percibir la discusión pública digital como un espacio agresivo del que conviene retraerse.
Escucho a los cuatro estudiantes de al lado. Siguen alrededor de la mesa, entre pantallas y conversación. Miran uno de los celulares y comentan lo que ven, vuelven sobre algo que pasó en la clase, se ríen. Entonces me pregunto si los espacios de formación, una carrera, una clase, una charla después de cursar, no siguen siendo mediaciones centrales para introducir otra temporalidad y otro modo de leer. Lo que en la pantalla aparece aislado y veloz, en el aula y en las conversaciones posteriores se puede volver discusión. La noticia deja de ser un titular que se desliza, y empieza a ser también jerarquía y punto de vista. En nuestras entrevistas notamos de hecho cómo los estudiantes reconocen cuándo una nota está escrita para posicionarse en buscadores o armada con IA, desconfían de titulares, comparan coberturas, registran lo que falta.
En los espacios de formación, leer el presente deja de ser un acto privado. bell hooks escribió en Enseñar comunidad: “Mi esperanza surge de aquellos espacios de lucha en los que presencio cómo los individuos transforman positivamente sus vidas y el mundo que los rodea. Educar es siempre una vocación arraigada en la esperanza”. Las comunidades educativas no son armónicas ni idílicas, pero son lugares donde el conocimiento producido con otros tiene una densidad diferente al conocimiento adquirido en soledad. En una carrera universitaria ligada a la lectura y la producción sobre la actualidad, este punto importa de una manera particular.
En el vientre de la ballena hay oscuridad, eco y desorientación. Pero también tiempo. Un tiempo suspendido, incómodo. Las comunidades educativas no nos sacan del flujo de las pantallas ni nos devuelven a un exterior intacto. Pero pueden abrir, en la intemperie y la bruma, una pausa. Un pensar teórico y un hacer colectivo. Un espacio donde lo disperso se vuelva pregunta, donde la sospecha no desemboque solo en repliegue. Una pregunta que interrumpa la inercia, aunque sea por el tiempo que dura una clase.
Aquí la vieja polémica entre Landi y Sarlo encuentra otra inflexión. Además de preguntarnos qué hacen los medios con la gente o qué hace la gente con los medios, persiste la pregunta por la mediación: qué ocurre cuando esa relación se vuelve materia de formación crítica. Qué pasa cuando los sujetos tragados por el flujo aprenden, juntos, a iluminar y leer las paredes de la ballena.
* Mercedes estudió comunicación y se dedica a la investigación en el Conicet y la docencia en la UBA. Creció a medio camino entre un bar y una portería, quizás por eso le gusta conversar, escuchar conversaciones ajenas y escribirlas. Cuando sea grande, quiere solo escribir ficción.






