La metáfora del chivo expiatorio no pierde vigencia, se reactualiza, reinventa, incluso suma nuevos sujetos y movimientos políticos. Sin embargo, los migrantes fueron y siguen siendo destinatarios de spot, campañas estatales y tapas de revistas criminalizantes. El conurbano como una amenaza y la frontera como colador constituyen fragmentos de los discursos xenófobos y arquetipos que circulan socialmente.
Cecilia Melella*
Durante enero de 2026 la Dirección Nacional de Migraciones (DNM) lanzó en redes sociales una serie de spots sobre los operativos de control migratorio en el barrio porteño de Liniers y en el partido de La Matanza. Bajo el lema “extranjero ilegal o con antecedentes, afuera del país” despliega una serie de imágenes donde distintos uniformados piden documentación e incluso llevan esposadas a personas que se supone son migrantes. Las imágenes van acompañadas del sonido de música de heavy metal. Las bases pesadas generan un clima bélico que instaura la imagen schmiteana del enemigo apelando a las emociones. Se obtura el pensamiento secuencial, se potencia lo mítico.
En Liniers -barrio de trabajadores y trabajadoras- que paradójicamente lleva nombre de virrey, se llevó a cabo uno de estos operativos. Entramado de conexión, donde el tren Sarmiento es la arteria que lleva y trae historias desde el Oeste. Un paisaje que ya fue retratado por otro heavy metal, “nacional”, con letra y cuerpo: “Más cuando el sol, mi fiel testigo, da de lleno en el asfalto y derrite el alquitrán. Los fermentos nauseabundos de la basura estancada entorpecen mi pensar”, cantaba un lúcido Ricardo Iorio. Una centralidad que, según el geógrafo Mauro Escobar Basavilbaso, es clave dentro del circuito inferior de la economía y del comercio étnico, en particular de la comunidad boliviana. Un Liniers donde circulan mercancías, cuerpos, historias y culturas. Un territorio no exento de conflicto.
El otro video menciona a La Matanza —uno de los municipios con mayor porcentaje de población migrante del conurbano— y muestra imágenes de Villa Celina, espacio fronterizo, una franja de transición con la ciudad de Buenos Aires (CABA), que antes de la Colonia fue dominio del pueblo Querandí. Hoy en Celina conviven complejos habitacionales en altura con cientos de casas bajas forjados por inmigrantes de antes y de ahora. Después de los italianos de principios de siglo XX, las décadas de 1990 y 2000 trajeron a inmigrantes de Bolivia que se establecieron en lo que hoy se conoce como “Pequeña Cochabamba” donde se observan marcas territoriales asociadas a un espacio culturalmente andino.
Lejos de estas memorias, las imágenes de la campaña, al son de la música pesada, visibilizan en su mayor parte locales comerciales. Se muestran las caras sin ningún tipo de aclaración: todos son sospechosos. Se marcan cuerpos, barrios, etnias y nacionalidades. La narrativa se sustenta sobre la espectacularización de una población racializada, ya que a través de las imágenes se hipervisibilizan ciertos grupos sociales y, a la vez, se los valora negativamente en función de su origen étnico-racial. No es la persona migrante en sí misma la que queda bajo sospecha, sino ciertos rasgos, que cargan con la marca de la ilegalidad y del delito. Como en el 1984 de Orwell, el enemigo no importa como entidad real, sino como arquetipo, aunque eso no implica que el sufrimiento que se esparce no lo sea. El espacio donde se articulan la producción social y cultural —la dimensión del sentido— y las condiciones materiales de vida de las personas no funciona de manera separada: ambas dimensiones se refuerzan mutuamente.
Se reactualiza una figura conocida del debate público: el chivo expiatorio. La comunidad, al percibirse amenazada por un individuo aislado que no reconoce como parte de sí —el extranjero—, desplaza sobre él tensiones y conflictos que no logra tramitar de otro modo. Como indica Rene Girard, en contextos donde la violencia ya no se encuentra ritualizada y es objeto de prohibición, la cólera y el resentimiento no se descargan sobre su causa directa, sino que se desvían hacia un blanco disponible. El chivo expiatorio permite, así, una forma de exclusión que canaliza simbólicamente ese malestar. La patada que el empleado no se ha atrevido (o no se atreverá) a dar a su patrón, se la dará a su perro cuando vuelva por la tarde a casa, o quizás maltratará a su mujer o a sus hijos. Aquí la violencia es dirigida por una narrativa estatal que pretende con este gesto sentirse potencia.
De este modo, se vuelve a construir la figura del chivo expiatorio, en una lógica similar a la que predominó durante los años noventa. Vale la pena recordar la portada de la revista La Primera de la Semana titulada “La invasión silenciosa”. Como una hipérbole de la migración perniciosa se mostraba a un hombre con rasgos amerindios acompañado por un subtítulo que aseguraba que los inmigrantes ilegales quitaban el trabajo a los argentinos, usaban hospitales y escuelas, no pagaban impuestos y delinquían. La importancia de la construcción de ese “otro” no radicó únicamente en la facilidad para explicar el problema, sino también en la simpleza de su solución: la expulsión. A partir de allí, determinadas características negativas —como la delincuencia— fueron generalizadas a las distintas colectividades provenientes de los países de la región, dando lugar a operaciones de pasivización y criminalización.
Con el tiempo, a esta matriz discursiva se le fueron agregando nuevos elementos: el narcotráfico, la toma de tierras y los planes sociales. De este modo, se configuró una cadena significante que se extiende hasta nuestros días y que reactualiza expresiones como “frontera colador”. En esa cadena, ser inmigrante —con ciertos rasgos— se asocia a la culpabilidad y al peligro. El riesgo mayor aparece cuando este discurso se reinstala y adquiere legitimidad social, y con creces si viene desde el mismo Estado. Su impacto no se limita al plano simbólico, sino que incide directamente en la vida cotidiana de las personas.
Marcelina Meneses, una mujer boliviana, fue asesinada en 2001 al ser arrojada de un tren en movimiento junto a su bebé, en un ataque generado por la violencia xenófoba. Hoy, su muerte se recuerda cada 10 de enero como el Día de las Mujeres Migrantes en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, la conmemoración no alcanza a reparar la ausencia: Marcelina y su hijo ya no están.
La campaña local es una clara intención de imitar la narrativa del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos (ICE), la política comunicacional adopta una estética y un tono ya conocidos. Si bien el ICE fue la respuesta norteamericana a los atentados del 11 de septiembre de 2001, durante el segundo gobierno de Donald Trump profundizó sus métodos de deportación violenta, expulsando población extranjera en operativos que derivaron en múltiples muertes. El punto más álgido de esa escalada fue el asesinato de Renee Nicole Good, ciudadana estadounidense de 37 años, quien fue baleada por un agente del servicio.
No obstante, la Argentina no es Estado Unidos, porque la figura del migrante ilegal no existe. O por lo menos no existía. Los spots acompañan la modificación de la ley de migraciones vigente (25.871/2004) a través del decreto 366/2025 que representa un fuerte retroceso en materia de derechos migratorios en la Argentina: restringe el acceso a la educación superior y a la salud pública, limita la reunificación familiar, endurece las condiciones para obtener residencia y ciudadanía concentrando las decisiones claves en la DNM.
Como en los noventa, el chivo —corolario del neoliberalismo—, funciona cuando las preguntas no encuentran respuestas y cuando el dolor y la frustración son más fuertes que la razón y la empatía. Quizás, cuando el volumen de ese heavy metal vaya menguando, se escuche al niño gritar que el rey está desnudo. Por ahora, como decía Ortega, la única resistencia es existir.
* Cecilia Melella es Doctora en Ciencias Sociales, Magister en Comunicación y Cultura, Licenciada y Profesora en Ciencias de la Comunicación (UBA). Investigadora CONICET y docente de Sociología de las Migraciones Internacionales (FSOC) y Ciencia Política (CBC). Mamá de uno. Libros, viajes y ruinas antiguas.






