Un viaje que se inicia con un axioma familiar que se repite una y otra vez como un mantra. La posibilidad de la ciudadanía griega como un reaseguro latente, consumos culturales, deseos, informalidad laboral y las astucias para sobrevivir en tiempos etéreos: entre la adolescencia y el menemismo saliente. Una canción como clave para iniciar el camino hacia la única búsqueda que vale la pena: la que nos lleva a ningún lado.
Alexis Burgos*
Amor al estudio, contracción al trabajo. Eso decía mi madre, a mí y a quien quisiera escucharlo, cuando yo era chico. Todo el tiempo. No se entendía bien qué quería decir o a qué apuntaba a menos que a) uno fuera griego y/o b) uno tuviera alguna relación filial con ella. Yo más o menos entendía: era su hijo y, además, estaba en camino a tener ciudadanía griega -me gusta mucho decir que la saqué antes del 2001; en rigor de verdad, los dólares con los que pagué el trámite en la embajada y con los que coimeé a un cura ortodoxo de la iglesia ídem de Parque Lezama para que certificara que mis abuelos, anarquistas y pobres, en realidad sí estaban casados fueron mi regalo de cumpleaños en 1998.
Amor al estudio, contracción al trabajo. Mientras estaba en la escuela primaria era un poco un recordatorio de la importancia de no ser holgazán y de dedicarse a lo importante: trabajar, estudiar. Mis analistas saben bien de lo complejo de que no haya insistido también en la importancia de jugar siendo un niño. En general. Pero también en particular: no haber jugado a la pelota en los años ochenta en el conurbano bonaerense vaya si fue un problema. No importa, que de eso se sigan ocupando, como dijéramos, mis analistas. El punto es que con el tiempo y la cercanía del fin de la convertibilidad aquel mantra devino amenaza. Amor al estudio, contracción al trabajo: fijate bien (y rápido, dentro de lo posible) cómo vas a hacer para que no te tengamos que mantener porque esta casa no se va a terminar de construir sola.
Amor al estudio, contracción al trabajo. A veces hago lo que quiero, a veces hago lo que tengo que hacer. Me gustaban las computadoras y también me gustaban los autos; la gente no sabía de computadoras y yo quería comprarme un auto. La cuestión es que empecé cuarto año en la Escuela Normal Nacional Superior de Banfield vendiendo copias de CD, de software; a menos que seas Julián Dangiolillo y hagas una película como Hacerme feriante (háganse un favor y véanla), cualquier referencia al ser mantero está mal vista por la comunidad helénica. Y quinto año con una rural Fiat 1500 del año 1966 cuyo chasis tendía a partirse mensualmente. Más o menos lo estaba logrando. Por aquello del amor al estudio y la contracción al trabajo.
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Un poco más acá en el tiempo, acaso ya cursando el CBC en el sótano de Uriburu (sobrevivimos realmente a muchísimas cosas), escuché una canción que para mí, en aquel momento muy adepto a lo que daba en llamarse Alterlatino, era lo que de los años de escribir en Oh la lá! aprendí que hay que llamar “un placer culposo”. Para mí la cantaban Los redondos, es decir, Patricio Rey y sus redonditos de ricota (los griegos hacen una comida exquisita que es, básicamente, un redondito de ricota envuelto en una berenjena hipercalórica: es una cosa muy rica y cuando alguien habla de Los redondos yo pienso en esa comida, en Un ángel para tu soledad y en la canción aquella de Divididos que en un pasaje dice la gorda y su cadera con delay). Supe después que la canción no era de Los redondos (Patricio Rey, etcétera) sino de una banda llamada El soldado. Y que se llamaba “El ángel de los perdedores”
Voy a hacer, en favor de un ejercicio narrativo que nadie me pidió, como si no existiera internet. Pongámoslo así: permítanme contarles una historia. Gloria Pampillo tituló más o menos así (“Permítame contarle una historia”) un libro suyo de los años noventa. Ella, que escribía los horóscopos de Clarín bajo el pseudónimo de Sonia Larsen. Mirá si no te lo vamos a permitir, Gloria. Muchos años después entendí el chiste del título, y todavía me parece de una sutileza maravillosa aquello de coordinar un taller de escritura bajo el precepto de que las historias no se imponen. Ella entendió mucho antes que yo -se ve que no era griega- que las cosas no están dadas, y que no podemos ir por la vida contando nuestras historias según nos dé la gana. Hay que pedir permiso. Y, si lo conseguimos, adelante. Porque si no puede pasarnos como a otra que sí era griega, en este caso la del libro de Baricco (“Homero, Ilíada”: vean, hablando de sutilezas maravillosas, el uso de esa coma), que recién cuando se lo permitieron pudo decir que ella no quería que la rescataran porque tan mal no la estaba pasando en el exilio. Que peor era en casa. Que si la hubieran dejado de joder se hubieran ahorrado una guerra. Pero bueno, para entonces ya se estaban matando de a miles. Qué va a ser, eran griegos. Viven de la tragedia.
A la historia: en función de mi recuerdo y no de lo que digan los blogs o los canales de YouTube. El Soldado era para mí una banda de los bajos fondos, de culto, de la que nadie salvo dos o tres iniciados y yo sabía nada y con un cantante que tenía una voz alucinante con una tonadita que podía asociarse a un andaluz lo mismo que a un rosarino. O a un cordobés. Sí, a un cordobés mejor dicho. Pero si en la misma oración escribía andaluz y cordobés alguien podría pensar por aquello de la comunicabilidad que el tipo sonaba a español. Pero no. Era argentino, probablemente de La Plata. Y en la canción cantaba con el Indio Solari, eso lo sabe cualquiera que la haya escuchado alguna vez.
El disco en general es buenísimo, o al menos a mí me parecía buenísimo en aquel momento “Tren de fugitivos”. Tan bueno me parecía que cuando lo copié -para mí sí hacía copias pirata de música, no solo de software- hasta imprimí con mi impresora a color marca Epson la tapita y también el papel para poner en el anverso de la cajita. En la imagen de tapa un tren se estaba yendo y un tipo, que estaba muy cerca del tren, se sostenía el sombrero para que no se le volara. Todo en tonos de dorado, todo al amanecer o al atardecer, no sé, alguno de los dos. Era una tapa linda y te hacía acordar a una novela de Mario Benedetti, “Gracias por el fuego” quizás. En el resto del disco no volvía a cantar el Indio Solari y era siempre la voz de este que no sabemos bien de dónde es pero que parece de La Plata. Tiene 12 canciones. Lo grabé en un CD virgen marca Ricoh que todavía tengo en un coso para guardar CDs vírgenes al costado de un parlante de un equipo Aiwa de 1997 que compré en cuotas, mis primeras cuotas (hace poco estuve en una dietética que tenía uno similar, un equipo Aiwa, expuesto orgullosamente en lo alto del local. Le pregunté a la dueña del lugar, que debía de tener mi edad, si se lo habían regalado para el cumpleaños de quince. El equipo estaba ahí, era prácticamente una exhibición. ¿Cómo podía alguien no notarlo? No sé si la chica no tenía alma o qué, pero hizo una mueca, más que una sonrisa una especie de mueca, y no contestó. Tal vez pensó que la estaba coqueteando).
La canción en sí misma -volvemos ahora a “El ángel de los perdedores”: recuerden que me permitieron ustedes contarles una historia- es una cosa de locos. Dije que no googlearía nada. Usé otra expresión, pero vamos: hablaba de que no googlearía. Así que son todas percepciones mías. Es buenísima. Empieza con una guitarra que suena como un bajo (quizás sea un bajo) que está grabada de una forma que hace que cualquier parlante que tengas suene bien (en los noventa salvo que tuvieras mucha plata los parlantes sonaban mal). Y el tipo, que como ya se dijo quizás sea andaluz o cordobés pero que debe ser de La Plata, sostiene esa misma ambigüedad en cada cosa que dice, lo cual hace pensar que es de hielo pero que a la vez es artista porque sufre. Sufre muchísimo (¿será griego?). Marca además algunas sílabas de algunas palabras de un modo que no sé si está bien pero que no me permite olvidarlo. Tampoco me olvido de cómo Arjona marca ciertas sílabas en la palabra mujeres de la canción “Mujeres”, pero tengo claro que eso que hace Arjona es una porquería (“Mujeres / Lo que nos pidan, podemos / Si no podemos, no existe / Y, si no existe, lo inventamos por ustedes”: chúpense esa mandarina). Acá, en cambio, lo que hace el tipo es precioso. Y, por sobre todas las cosas, comete con destreza ciertos errores capaces de incomodar mucho a cualquier estudiante de comunicación pretencioso y suburbano: centralmente le agrega una s al final a todos los verbos conjugados en segunda persona. “Curastes todas tus heridas con agua podrida / Le mentistes al diablo tres veces, vendiéndole flores / Y te llevastes en andas al ángel de los perdedores”. Clap, clap, clap.
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Hace un tiempo, de algún modo, me encontré en mi segundo lugar favorito de internet (el primero es Tiny Desk, claro, porque estudiante de comunicación pretencioso y suburbano) con una versión de “El ángel de los perdedores” a cargo de Dillom. Nacho del Pizzo, en una clase a la que lo invitamos hace poco en Comu, dijo que Dillom es de lo más interesante que pasa en la escena musical local, y eso que él (Nacho) tiene un libro prologado por el Catriel de Catriel y Paco. La chica que me gusta me confesó cuando la conocí que a ella le daba vergüenza decir que amaba a Dillom. Sabe Dios por qué le daría vergüenza, pero bueno, se ve que ella no maneja el concepto de placer culposo, de lo cual se deduce que ni leía ni escribía para Oh la lá!. No es griega.
Yo también lo banco un montón a Dillom, aunque haya hecho estupideces como la versión de Dos con Miranda!. Y su versión de “El ángel de los perdedores” para las sesiones FA! es muy buena, con una cosa arrabalera que se agradece y con él muy fuera de su pose habitual de malevo de su tiempo. Pero tiene algo en mi opinión imperdonable: se atreve -Dillom, el productor o no sé quién- a corregir aquellas eses en aquellos verbos. Y lo que pasa es como lo que pasa en el final de “Stay (far away, so close)” de U2 -si Dillom puede corregir al falso andaluz o falso cordobés yo puedo citar una canción de una banda británica, sabrán perdonarme-, cuando dice en el momento mismo del final “as an angel / [silencio] / hits the ground”. Y vos escuchás al ángel que se la pega de frente en el pavimento. Y no te ahorra nada, no es como en Birdman que cuando Michael Keaton se suicida lo que vos ves es que el tipo finalmente vuela por ahí. No es como en Lylia for ever, que ella juega con el nenito en la terraza de esos monoblocks soviéticos pero tienen, los dos, alitas de ángel. Es más bien como en el final de “Rabia”, de Sergio Bizzio, o como en Othelo. Termina mal.
La tecnología, para mí, tiene ese no sé qué. Lo tuvo antes y lo tiene ahora. Dillom zafó de imprimir las tapitas de sus discos preferidos en un dispositivo de mierda con neta tendencia a fallar. Pero es un ciudadano de este mundo, y hace los intertextos a su modo y al de su tiempo. Que es un tiempo con guerras allá y acá, con un gobierno nacional anticiencia, con un INCAA desfinanciado y sin ministerios de mujeres ni Conectar Igualdad. Hay un dato de color que describe in extenso al tiempo en cuestión. Cuando exactamente un año después de que 5 millones de personas festejaran en paz haber ganado el tercer campeonato mundial de nuestra historia se estrenaron los dos documentales celebratorios que hacía meses (y contra reloj) se venían produciendo. Para entonces hacía unos días que Milei había sido electo presidente. Fui a ver ambas películas con mis hijas, enteramente vestidos de Argentina y en salas vacías donde nadie se alegraba. No logré conmoverme casi nunca, y eso que las películas -sobre todo una- son muy buenas. Iba de suyo que lo que venía era bien antipopular. E ir contra lo popular, contra lo que nos gusta, contra la lengua de las personas, siempre está mal. O al menos es triste. Fue demasiado con los 30 mil: basta de tristeza.
La versión de Dillom de “El ángel de los perdedores es preciosa”. Pero… ¿sabrá el daño que hizo con su intervención y con la corrección de esos verbos? ¿Tendrá conciencia de la tragedia, del volumen del dolor generado? ¿Será griego?
* Es licenciado en Comunicación y Magister en Periodismo Documental. Docente en las universidades nacionales de Buenos Aires y Moreno, coordina en esta última el Programa de Estudios en Ciencia y Cultura digital. Dejó de querer a Marilina Bertoldi cuando supo que hizo sufrir a María Riot, pero festeja su versión de Azúcar amargo.






