En el día de la visibilidad lésbica en Argentina, este ensayo reconstruye una genealogía íntima y política donde la literatura, los gatos y el deseo se entrelazan. ¿Qué tienen en común los cuerpos y afectos que sobreviven en los márgenes de la norma heterosexual? Quizás la misma sospecha histórica: no ser domesticables, ni en la vida ni en la literatura. Entre poemas, mitologías y recuerdos personales, emerge una historia compartida de indocilidad, persecución y compañía.
Alex Zani*
“Amanece, | entre las sábanas se despereza, | se despide de la almohada | y sale a la calle, a engañar amigos”. ¿Quién amanece en el poema, el gato o la amante?
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El problema de los versos que abren este ensayo es que están manipulados. El texto verdadero le pertenece a Cristina Peri Rossi, se titula Amanece y ofrece una sola lectura posible:
“Como una gata
entre las sábanas se despereza y se despide de la almohada,
bosteza, llena de blanduras
y de cosas indolentes como brazos
y piernas extendidos.
Yo le voy dando palabras con que se vista,
le arrojo una letra como un vestido,
le largo una sílaba como sandalia
y así cubierta
de las palabras con que la he ceñido,
sale a la calle, a engañar amigos”.
Este no será el único poema que la uruguaya escriba a sus amantes. Ni a sus gatos. Con el exilio vendrán otros, más melancólicos y más precisos. En ellos, las mujeres serán extraños seres, a veces mitológicos y otras veces demoníacos. Lesbianas y gatos. Gatos y poemas. Poemas y lesbianas. ¿Un origen común?
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No recuerdo el momento exacto en el que supe que era lesbiana. Sí recuerdo otras cosas: una carta que envié a la primera chica que me gustó, una confesión de amor imposible en un diario íntimo adolescente, un poema de amor escrito en femenino. Fue la literatura la que me sacó del clóset.
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En el antiguo Egipto, la diosa Bastet representaba la armonía, la felicidad y la diversión. Su cuerpo era de mujer, su cabeza de felino. Según la mitología, cada vez que una gata merodeaba los inundados valles del Nilo, se pensaba que era la mismísima Bastet manifestándose ante los ojos incrédulos del pueblo. Su visita auguraba bonanza. Un poco más lejos, el historiador griego Ctesias de Cnido asegura que Egipto se rindió ante los persas cuando vieron que éstos portaban gatos atados a sus escudos. Los egipcios decidieron retirarse como héroes antes que como asesinos. Así fue como perdieron la ciudad de Pelusio, actual Puerto Saíd. Antes muerto que matar a un gato.
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Nacer en Santiago del Estero fue un accidente. Irme de allí, una decisión. Como val flores, fui fugitiva del desierto. Como Monique Wittig, lesbiana prófuga. Tuve que alejarme para volver, años más tarde, con la fuerza terrosa del vendaval norte. De manera intempestiva. Para tomar por asalto un micrófono en el centro de la Plaza Libertad y leer con voz arenosa el poema de otra, una uruguaya que, como yo, necesitó huir para escribir. Tuve que aprender una caligrafía extranjera. Esa fue la primera vez que recité Amanece y que fui visiblemente lesbiana en mi tierra. Años más tarde volveré a leer allí, pero esta vez seré yo la poeta. Para ese entonces, ya habrá un gato en mi vida.
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La adoración a los gatos no fue fetiche exclusivo de los egipcios. En las tradiciones paganas europeas, principalmente en las animistas y matriarcales, mujeres homosexuales y gatos cumplían una misión chamánica para su comunidad. No sé con exactitud cuándo ocurrió pero, en algún momento, la historia comenzó a desviarse.
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En Buenos Aires conocí las amistades correctas: artistas, poliamorosas y no mujeres, sino lesbianas. Una de ellas me dijo “tenés que adoptar un gato”. Hasta ese momento, jamás me había percatado del asunto: todas ellas compartían casa con, al menos, un felino. Me negué. Quizás por detracción a la norma, quizás por vanidad. “No me gustan los gatos”, dije. Y el silencio fue total.
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En la Edad Media, la Inquisición decidió que el gato era un emisario del demonio. Y como siempre, el demonio era amigo de la mujer. Brujas, dijeron: mujeres que salían del molde. Y muchas veces, mujeres homosexuales. Mona Chollet lo formula con precisión. No hacía falta una transgresión espectacular: pequeños gestos domésticos levantaban sospecha. Curar con plantas, sentir empatía, hablar en voz alta, experimentar la sexualidad. El resto es historia: lesbianas y gatos comenzaron a ser perseguidos a tal punto que en las noches de San Juan se hizo costumbre observar como espectáculo la quema de brujas y de mininos. Al arder en el fuego, los pelos chamuscados de ambos se fundían en una ilusión óptica similar a la de bengalas navideñas. Luminosidades lejanas que con el tiempo volverían a encenderse. La persecusión duraría hasta la Edad Moderna y hay quienes, hasta el día de hoy, roban gatos negros para sacrificarlos en “noche de brujas”. El estigma continúa: a la hora de encontrar un hogar, la suerte no favorece a los gatos de pelajes oscuros, cuyos índices de adopción son inferiores a los de aquellos con tonalidades más claras. ¿Racismo o confusión?
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Una periodista lesbiana de The New York Times, Krista Burton, publicó un artículo en el que sale del clóset como cat hater. En él se pregunta y se responde a sí misma: “¿Saben quiénes son las personas a las que más les gusta tener gatos? Las mujeres. Las mujeres homosexuales”. Escribe la autora, “a las lesbianas del mundo occidental, yo les digo: adelante, las reto: intenten ser lesbianas, odiar a los gatos y buscar citas en Internet”. No hay que ir demasiado lejos para saber lo que ocurrirá. El título del artículo spoilea la hipótesis: “Soy lesbiana y odio a los gatos: moriré sola”.
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No hace mucho, Futuro llegó a mi vida. Llevábamos un mes de cuarentena y no parecía que fuéramos a salir muy pronto del encierro. Por ese entonces vivía en un monoambiente sin balcón, sin circulación de aire y sin luz directa del sol. El futuro era un gato negro: caprichosa incertidumbre azabache. Entonces dije: este es el momento. Llamé a una amiga, la misma que años atrás me había sugerido adoptar y cuya gata acababa de tener siete crías. Me sugirió que esperara un mes más, que los bebés necesitan de su madre, pero temí arrepentirme. Que el tiempo me jugara en contra. “Es ahora o nunca”, le dije.
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La cultura popular insiste: la “solterona” es una mujer rodeada de gatos. Ese chiste trae su doctrina: si no te casás con un hombre, es porque sos una desviada, una de las nuestras: tortillera, machona, chonga, tomboy, invertida. Lesbiana. Colette sirve de postal: sus retratos de vejez la muestran escribiendo en la cama de un glamoroso departamento parisino, con las ventanas abiertas a los jardines del Palais Royal, rodeada de gatos y disfrutando la vida a pesar de sus dolores físicos.
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Futuro tenía cuarenta y cinco días cuando pisó mi casa con sus patitas de almohadilla. Era el mes de abril. La primera vez que lo vi pensé que era cualquier cosa menos un gato: una serpiente, una rata, un murciélago. También pensé que era hembra y, por un corto lapso lingüístico, lo llamé Futura. Tuve miedo y, como un doble borgeano, también lo tuvo él: yo me senté frente a la computadora para tomar una clase y él se escondió debajo de la cama, donde no pude buscarlo. Supongo que fue el tema de conversación lo que lo llamó como un cántico. Estaba cursando un Taller de Poesía Lesbiana con Gabriela Borrelli y hablábamos de su gata, Nilda G. Confesé mi temor: quizás lo mío había sido un error. Quizás yo era la excepción a la norma: la lesbiana sin gato. Como si quisiera desmentirme, Futuro reptó desde su escondite hasta mis pies y, con un salto imposible para su tamaño, me clavó las uñas recién nacidas en la falda. Ahí duerme, hasta hoy.
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Colette no era una mujer solterona. Tenía amantes, muchas. Pero era más cómodo retratarla sola, salvo por los gatos, que acompañada por alguna mujer de la fauna parisina. Un nombre en particular le trajo algunos problemas: Missy, como le decía a Mathilde de Morny, marquesa de Belbeuf, sobrina de Napoleón III y nieta (ilegítima) del Zar Nicolás I. En los libros se cuenta que una noche de excesos corrieron el riesgo de ser detenidas por besarse. El hecho ocurrió durante una representación de El sueño de Egipto en el Moulin Rouge, donde Missy interpretaba a un egiptólogo y Colette a una momia que despierta de su letargo. Se produjo un escándalo: el ex marido de la marquesa pidió la cancelación de la obra y se les ordenó separarse. Spoiler: vivieron juntas. Y sí, con sus gatos.
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¿Se acuerdan de Elizabeth Bishop, la Premio Pulitzer de Poesía? Se tomó un crucero desde New York con destino al sur argentino, pero tuvo una parada previa en Brasil. Allí bajó a visitar a una amiga, en Río de Janeiro. Se enamoró de Lota Soares y sus vacaciones se transformaron en una estadía de diecisiete años. El final de la historia es triste y conocido. No insistiré allí. Lo que me interesa resaltar es que, en esos años brasileños, Bishop le escribió un poema a Minoww, el gato de su adolescencia:
“La alegría y el amor serán tuyas
Minoww, no estés triste
los días felices vendrán pronto
duerme, y déjalos venir”.
Ahora llueve y pienso que Bishop es cualquiera de nosotras.
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Lesbianas y gatos comparten un drama antiguo: persecución, estigma, juicio público. La mala fama fue, en el fondo, la misma: el castigo a lo indócil, a lo que no se deja domesticar por la ley heterosexual. Pero algo se mueve. Los egipcios lo dijeron: “Si encuentras un gato negro en medio de la noche, ¡no huyas! Será un talismán de buena suerte”.
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Tuve una tía abuela poeta. Es raro, pero siempre tuvo noventa años. Ni más, ni menos. Era pequeña, encorvada y arrugada. Vivía en una habitación anexa al corazón de la familia que era la casa de mi abuela. Allí dormía. Allí pensaba. Allí escribía. Tuvo todo lo que en ese entonces se pedía de una mujer: vocación religiosa, control de yuyos, cáncer de mama. Tuvo todo menos esposo y crías. Nunca supe si era lesbiana: jamás me animé a preguntar. Solo sé que más de una vez quiso adoptar un gato, pero mi abuela se negó: suficiente tenía con su marido, sus siete hijos y su hermana, la poeta solterona.
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Los gatos son animales políticamente incorrectos. En los últimos años, su figura apareció en reiteradas manifestaciones sexodisidentes contra la policía. La sigla A.C.A.B (All Cops Are Bastards) se resignifica: All Cats Are Beautiful. El chiste no es inocente y su linaje se remonta a las vísperas de Stonewall. Silvina Freira arriesga una hipótesis: “Más que una conexión gato-literatura, que sin duda está presente, hay una conexión gato-mujer y gato-personas oprimidas, excluidas, minorías sexuales”. Luego explica que el irresistible encanto felino está en su libertad suprema: se resisten a la foto y a la domesticación.
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En una nota publicada en Página12, titulada Hay gato encerrado, Gabi Borrelli hace referencia a ese lejano abril en el que Futuro llegó a mi encuentro. “Una poeta amiga adoptó una gatita en plena cuarentena. La recibió hace unos días, la llamó Futura pero antes creímos que se iba a llamar Futuro e hicimos mil chistes vía Zoom acerca de sus vocativos: Futuro está durmiendo, Futuro está gritando, Futuro no quiere comer, Futuro se escapó”.
Algún tiempo después, a Futura le creció lo macho: el sexo se impuso, encarnando los temores de la lengua.
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Tipeo y Futuro ronronea a mis pies. Siempre sabe dónde acomodarse. A veces, cuando tengo migraña, repta hacia mi cuello y se acuesta ahí, su respiración bien cerca de mi nuca. Otras veces, cuando me duelen los ovarios, se posa sobre mí con sus patas dobladas hacia adentro y me transfiere algo de su calor. Si estoy triste, lo entiende: hay momentos en los que no se puede hacer nada más. Maúlla y me habla de otras épocas: me cuenta la historia de mis antepasadas, las brujas. Sabe algo que yo aún no sé.
Alex Zani es Lic. en Cs. de la Comunicación (UBA), Mgter. en Periodismo (El Mundo) y en Escritura Creativa (UNTREF), y Dra. en Estudios de Género (UBA). Estuvo cara a cara con Fran Lebowitz: la entrevistó y salió ilesa. Lee más de lo que escribe.
IG: @mellamoalexz






