Cada año, durante el mes de marzo, en conmemoración al día Internacional de la Mujer, suelen circular escritos que abordan diversas cuestiones ligadas con las mujeres y lo mucho que aún queda por recorrer en materia de desigualdad de género y reconocimiento de derechos. La fecha es un recordatorio oportuno para seguir repensando el lugar de las mujeres en el campo académico de la comunicación. Y hacerlo tiene un doble propósito: visibilizar el pasado para repensar el futuro.
Yamila Heram*
Hagamos un breve ejercicio pedagógico: apuntemos los primeros cinco nombres que se nos ocurran de personas fundantes de nuestro campo académico. Ahora bien, esos cinco nombres que cada quien tiene en mente ¿no dejan en evidencia que la historia de nuestro campo ha sido narrada y enseñada desde la omisión de las mujeres? Hemos escuchado, reproducido y enseñado bajo la fórmula de “los padres fundadores” una historia de los estudios en comunicación. Esta imprecisión en la manera de contar el campo no es solo un problema historiográfico, esta invisibilización trae otros correlatos de exclusión y desconocimiento. Por ello, ejercitar la permanente vigilancia epistemológica nos ayuda a mantener una actitud crítica, reflexiva y cuestionar nuestros propios sesgos, prejuicios y omisiones.
Las perspectivas androcéntricas han desvalorizado o invisibilizado a las mujeres del campo académico, dejándolas al margen o nombrándolas como esposas, ayudantes, secretarias o bibliotecarias. Visibilizar implica no solo mostrar, sino contar otra historia, poner en primer plano a quienes también formaron parte de un campo. Visibilizar produce un efecto hacia el pasado y también hacia el futuro; promueve en las actuales y en las nuevas generaciones preguntas tan sencillas como necesarias ¿quiénes son esas mujeres? ¿por qué no las conocemos? ¿Cuáles han sido sus aportes al campo? ¿Qué historia sobre nuestro propio campo conocemos, enseñamos, reproducimos o cuestionamos?
El libro En las sombras de la tradición, Una historia de la Escuela de Frankfurt en perspectiva feminista (2025) propone una crítica a la propia estructura de visibilidad: “resulta natural hacer visibles a mujeres con aquellos méritos y cualidades que suelen favorecer la visibilidad: identificar qué mujeres llegaron a ocupar cátedras y recibieron reconocimiento en determinadas áreas (…) sin embargo, al hacerlo también reproduce los criterios en función de los cuales se distribuyen la visibilidad, y así las estructuras del poder y la explotación que entrañan. Los trabajos invisibles que se encuentran en las sombras en las estructuras de la división social del trabajo siguen permaneciendo en las sombras” (Speck y Voswinkel, 2025, p. 282). La tensión queda planteada aunque no saldada.
En trabajos previos, en coautoría con Santiago Gándara, hemos abordado las trayectorias de algunas de las pioneras de los estudios de comunicación en América Latina, y en la actualidad producimos el podcast “Memorias de la comunicación” serie Pioneras donde entrevistamos a mujeres del campo comunicacional. Allí, a partir de sus trayectorias personales y académicas, reconstruimos no solo sus historias sino sus aportes al campo.
También quiero detenerme en otra arista del mismo tema, en todas aquellas mujeres que quedaron doblemente excluidas de la historiografía del campo, esas otras que “no llegaron”, que desconocemos sus nombres, sus trayectorias, pero que han sido centrales para que otros lleguen y se destaquen. Me refiero a esas mujeres que desarrollaron diferentes tipos de tareas de manera silenciosa y sistemática, aquellas que realizaron los trabajos de campo, recolectaron y sistematizaron los datos, escribieron borradores, mecanografiaron, aquellas que oficiaron muchas veces de esposas-secretarias. En la investigación académica hay todo un abanico de actividades “blandas” con las que no sólo se asocia a las mujeres, sino que en general las llevan adelante las mujeres.
No es una novedad que el campo académico pondera el nombre propio de un hacer que -con todos los matices del caso- es con otros y otras más allá de las jerarquías y los diferentes tipos de responsabilidades. A pesar de todas las precarizaciones que acontecen en el campo científico y docente, continúan siendo los equipos de cátedra y los grupos de investigación los espacios privilegiados de formación y discusión. Sin embargo, ello no impide señalar que el nombre propio -en general masculino, occidental y blanco- es la marca de circulación en el mercado académico. Así, una de las escenas de la película Puan lo ejemplifica con una cuota de acidez: allí se observa como uno de los protagonistas confunde a una profesora boliviana con el personal de limpieza.
Queda mucho por andar entre la historia narrada y la que queremos contar. Retomo la pregunta inicial: ¿qué historia sobre nuestro propio campo conocemos, enseñamos, reproducimos o cuestionamos? ¿Qué pioneras conocemos, leemos, enseñamos? Y de estas preguntas surgen otras ¿deberíamos incorporar -como lo hacen algunas universidades- un cupo de género en los programas académicos de las materias? ¿Qué nos provoca pensar esta idea? ¿a quién incomodaría más? Y si incomoda ¿por qué incomoda? ¿Qué es lo que incomoda/molesta? Alguien, alguna vez, dijo que el libro Pioneras es un libro “oportunista” (no oportuno, ni malo, ni con errores de lectura e interpretación). De todas las críticas posibles al libro, ésta es la que más me halagó porque evidencia todo lo que aún queda por recorrer.
El campo de las ciencias de la comunicación está conformado por muchas mujeres. Ya no somos las secretarias de antaño, sin embargo, perduran de manera solapada ciertos sesgos, ciertos lugares comunes pero con diferente ropaje. Para finalizar un solo ejemplo que se repite a diario. La escena transcurre en un congreso, hay un panel conformado por tres mujeres de un mismo equipo de investigación y un varón. Estas tres mujeres tienen todas la credenciales y títulos posibles: doctoras, catedráticas, etc. Inicia la ronda de exposición y ellas son presentadas -sin ánimo de ofender y con “buena intención” ya que todo transcurría en un clima muy ameno- como “las chicas”, así en plural, sin nombre propio, allí lo colectivo se hace presente pero en formato infantilizado. Créanme que esta misma escena es mucho más recurrente de lo que imaginamos, pero la tenemos tan naturalizada que se nos pasa inadvertida. Seguramente alguien estará pensando, “¡que sensibilidad!”, “ya no sabemos qué hacer, todo molesta”. Pero además de esa ofuscación, intentemos recordar ¿alguna vez hemos escuchado que a un grupo de hombres adultos profesores e investigadores se los presente como “los chicos”? Caso contrario sobran las anécdotas. Esta manera de nombrarnos y caracterizarnos ilustra lo que aún perdura, los sesgos, tensiones y lugares que se nos otorgan.
Mirar hacia al pasado y visibilizar a las pioneras resulta menos molesto que preguntarnos por el actual borramiento y exclusión que aún perdura en el campo académico. De manera solapada, con diferentes matices y una discursividad inclusiva que en muchas ocasiones corre por el carril opuesto de los hechos.
Hay una manera masculinizada de investigar y de impartir docencia. Recordar a las mujeres que han sido las pioneras, aquellas que fueron abriendo camino y que históricamente han estado en las sombras y silenciadas resulta relevante para repensar el lugar de las mujeres en el campo académico de la comunicación en el pasado valorizando el presente. Esta vigilancia epistemológica permite alejarnos de una perspectiva androcéntrica, sin romantizar, sin oportunismos, pero con oportunidad.
* Doctora en Ciencias Sociales (UBA). Investigadora Independiente del CONICET y docente en la UBA. Coautora de Pioneras en los estudios latinoamericanos de comunicación y del podcast “Memorias de la Comunicación” serie Pioneras disponible en Youtube y Spotify.
IG :@yamilaheram






