Iruya es un reducto norteño que conmueve unánimemente por su hermosura, oculto tras una muchedumbre de nubes y la altura que, como socios, dificultan su acceso. Sin embargo, las complicaciones para su llegada no lo aíslan de los climas de época. Un cartel problemático dispara, en la autora, un análisis de cómo se construyen las identidades y las barreras del lenguaje que pueden separar un nosotros de un ellos.
*Gabriela Costanzo
Iruya es un pequeño pueblo jujeño enclavado en la montaña. No es fácil llegar. Ya decía Aníbal Ford, “el mapa no es el territorio”. Los 73,4 km que separan a Iruya desde Humahuaca son recorridos por un micro que todavía conserva el estilo artístico del fileteado, la trompa bombé, colgantes en el espejo retrovisor y tiene ese sonido que nos confiesa el esfuerzo que está haciendo el motor para arrancar y sostener la marcha. Es un camino de ripio, curvas, altura, rodeado de subidas y bajadas, cada tanto junto a la ruta observamos un conjunto de casas y luego, nuevamente, la soledad y la altura (sí, altura de nuevo). En un momento, las nubes cubren el horizonte, no se ve muy lejos, las atravesamos, como si las pincháramos. El micro va despacio, afianzando cada rueda en cada metro. En él van otros turistas argentinos que quieren conocer ese pueblo icónico por su emplazamiento y arquitectura, entre ellos un inglés con estilo punk, simulando un Sid Vicious pero con detalles de vestimenta norteña como telares con dibujos indígenas, alguien podría decir una apropiación cultural. Estaba justo sentado del otro lado de la fila, pasillo de por medio. Durante un buen rato, se empeñó en preguntar (me) si se podía fumar ahí, adentro del micro, luego de haberse tomado dos latitas de cerveza.
-̶ No se puede fumar acá adentro, es ilegal fumar en un transporte público -̶ le digo.
-̶ Mmm… (responde él con un gesto displicente).
Miro hacia el fondo del micro: hay una mujer con un bebé. Pienso que si él estuviera en Inglaterra no se animaría a fumar en este contexto. Un tanto molesta, armo la traducción y se lo digo. Esta situación logró distraerme de lo que luego nos enteramos era una de las rutas más peligrosas del país. El celular no tiene señal, no hay conexión, obvio, no hay antenas. Cuando el micro subió los últimos metros a la estación terminal en Iruya, ya era de noche, hubo un gran aplauso al joven chofer y le dijimos: “los pilotos de avión tienen toda la tecnología, lo tuyo sí vale”.
Iruya es hermoso, por unanimidad, no hay manera que algún alma desprevenida quede desafectada frente a su belleza. Allí el viento sopla con vehemencia, no es una brisa que solo mueve hojas. El empedrado de sus calles, que se ubican en pendiente, es un desafío para cualquier porteño. No es temporada alta, así que no hay tanta gente.
En la caminata nos encontramos con el cartel que informa que según la ley 8421/24 se establece un arancelamiento a la asistencia sanitaria a personas de nacionalidad extranjera. Una restricción muy cercana a la zona de frontera.
Desde disciplinas como la historia, la sociología, la antropología o la filosofía, entre otras, se ha escrito y preguntado sobre las maneras en que se constituyen los grupos y las comunidades en términos de aglutinamiento. Siempre hay otros que se toman como referentes tanto implícitos como explícitos para construir las identidades. La alteridad. Sin embargo, la nacionalidad ha sido una de las categorías que más ha cohesionado a las personas desde la creación de los Estados modernos, claramente. No es necesario recordar la importancia que tiene la manera en que continúa circulando la idea de patria, incluso mucho más que la de patria grande. La primera con un acento más nacional y, la segunda, con un énfasis transnacional, incluso multicultural o sanmartiniano.
En este pueblo recóndito del norte argentino, como en otras partes del país, hay un proceso de naturalización en la diferenciación entre nacionales y no nacionales en la atención médica, como lo muestra el cartel del que hablaba, que pasa desapercibido entre los negocios y las casas de Iruya. Desde organismos de derechos humanos y organizaciones de migrantes hace años que se conoce que el acceso a la salud es discriminatorio-restrictivo, los tratamientos que requieren cierto grado de atención sostenida y con mayor complejidad son impedidos para migrantes o por lo menos demorados.
Inmigrante, extranjero, migrante, turista. Son todas denominaciones discursivas- performáticas para referirse al desplazamiento poblacional en territorios. Sin embargo, persiste la clasificación social que engloba migrante-turista -con quienes tienen una procedencia anglosajona, tal como nuestro compañero de micro; e inmigrante-extranjero -al resto de las no nacionales, especialmente, los latinoamericanos. Los primeros siempre son los legales, incluso no es ni necesario aclarar; y los segundos, son los que deben transparentar que “tienen los papeles al día”.
El clima de época o la estructura de sentimiento que propone Raymond Williams da cuenta que se ha llegado a un punto de avasallamiento sistemático muy alto hacia, por un lado, grupos vulnerabilizados como los jubilados, las personas en situación de calle o indigentes, migrantes, trabajadores; y, por otro, a concepciones como lo comunitario, lo público y lo colectivo. Con un ataque feroz a cualquier idea humanista e internacional que arroje la defensa de cualquier persona, solo por serlo. Ahora, en el caso de las migraciones, ya sucedió con el gobierno de Mauricio Macri el DNU 70 /2017 (derogado en 2021), que incumplía o violaba leyes nacionales, como la Ley de Migraciones, los tratados internacionales, entre otras normas. Hace unos meses el gobierno de Javier Milei emitió el Decreto Nº 366 / 2025, que volvió a traer una concepción punitivista sobre la migración. ¿Quiénes son los bienvenidos y las bienvenidas y quienes no?
Cae el sol. La noche en Iruya (el viento; la altura) es muy fría. Me pregunto si, en la práctica, en el pueblo atenderían medicamente igual a nuestro compañero de micro inglés con gustos musicales punk, a una familia noruega hospedada en mi hotel y a las feriantes bolivianas que venden sus artesanías en la plaza del pueblo. Mientras me contesto, imagino que suena, en tono vinílico, “Born to Lose”, la vieja canción de Sex Pistols.
*Es docente en grado y posgrado, investigadora y editora. Lic. en Ciencias de la Comunicación (Sociales-UBA), Magister en Comunicación y Cultura y Doctoranda en Ciencias Sociales (UBA). Es Jefa editorial de Zigurat. Me interesa el movimiento quieto: la fotografía y el movimiento libre: la danza.






