Esto es cine. Por qué nos importa Cine.Ar

El cine como memoria audiovisual de un país, da cuenta de la historia del mismo e imagina futuros posibles. En nuestro país, toda esta capacidad productiva entra en constante tensión con las grandes cadenas por las cuotas de pantalla, la resistencia a la exhibición por parte de las salas y una crónica falta de políticas públicas para su fomento. ¿Es posible cuidar el material histórico o ir a buscar nuevos espectadores ante una posible privatización?

*Ana Broitman


Escena 1: Cine Gran Ituzaingó.

El cine argentino revivía al ritmo de la renovada democracia. La adolescencia conurbana se asomaba a un torrente de imágenes que traían rostros, cuerpos, violencias, amores, discusiones, tragedias. Camila, Evita quien quiere oir que oiga, En retirada. Reposiciones de algunas películas que no habían llegado a verse por restricciones de edad o por censuras varias, como Tiempo de revancha o La Patagonia rebelde. La historia oficial asomaba en el horizonte.


¿Qué queda del cine en el siglo XXI? ¿Dónde está el cine? ¿Cuáles son sus fronteras? Independientemente de los soportes, las tecnologías, las modalidades y espacios de exhibición, quedan (deberían quedar) las obras y la experiencia de su visionado. La memoria audiovisual de un país, de un pueblo, es parte constitutiva de su identidad. La voz que cuenta la historia (la Historia) organiza, representa, condensa, claves culturales que no pueden cederse sin perder jirones de eso que fuimos y nos permite pensar el presente e imaginar futuros.

Las principales ciudades argentinas, y también sus pequeños pueblos, supieron tener salas cinematográficas que fueron puntos de encuentro, promotoras de romances, salones de actos, escenarios teatrales y musicales. Con el devenir de los años fueron adaptándose a las necesidades de esparcimiento, conmemoración y celebración de sus entornos. Hacia fines de siglo, el avance de las tecnologías de visionado doméstico las fue apagando poco a poco.

Las reconfiguraciones urbanas concentraron las pantallas en centros comerciales y los “cines de calle” desaparecieron casi por completo, con algunas excepciones en las que organismos públicos intervinieron para su rescate y salvaguarda. Ir al cine pasó de ser una práctica cultural masiva a una actividad mucho más acotada, esporádica y reservada a determinadas propuestas.

La Argentina ha tenido, en distintos momentos de los siglos XX y XXI, políticas públicas orientadas al fomento de la producción audiovisual. Créditos, subsidios, asignaciones específicas de fondos, leyes, que contribuyeron a generar una rica tradición cinematográfica, distintiva en América Latina. Mediante diversos instrumentos la sociedad acompañó la posibilidad de que la realización cinematográfica prosperara y tuviera algunos encuentros felices con el público local, así como una exitosa circulación internacional en festivales y premiaciones.

Toda esta frondosa producción ha encontrado, no obstante, dos problemas principales para sostener su circulación, visionado y revisionado. En primer lugar, la histórica resistencia del sector de la exhibición a darle suficiente espacio al cine argentino. Incluso en la época dorada de los grandes éxitos del cine industrial, los estudios cinematográficos libraron batallas con las cadenas para lograr que sus películas permanecieran en las salas el tiempo suficiente como para ser sustentables económicamente. Políticas públicas como las cuotas de pantalla instauradas en diversos momentos históricos, solo resultaron paliativas de esta situación, que hoy se despliega también en el espacio virtual de las plataformas de streaming.

En segundo lugar, la ausencia de una política nacional efectiva de preservación deriva en la situación precaria del patrimonio fílmico (para no hablar de los soportes magnéticos o digitales) diseminado en el Archivo General de la Nación, en distintas reparticiones públicas provinciales o municipales, o en colecciones privadas de difícil u oneroso acceso. El fallido proyecto de la Cinemateca y Archivo de la Imagen Nacional (CINAIN), impulsado por el cineasta Fernando “Pino” Solanas durante su período como senador, nunca terminó de implementarse plenamente de acuerdo con el espíritu de la ley.

Volvemos entonces a la preocupación inicial. ¿Qué queda de nuestro cine? ¿Dónde y cómo podemos verlo para hablar sobre él, inspirarnos en él, reírnos con él, pelearnos con él? ¿Cómo puede contribuir con la reflexión colectiva sobre nuestra historia si las ocasiones para conocerlo son escasas y limitadas?

Para intentar dar cauce a estas preguntas, el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) ha desarrollado algunas iniciativas que reconocen que el fomento no debe orientarse solo a la producción, sino que es fundamental apuntalar el desempeño del cine argentino en distintos canales de exhibición.

En 2010, durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, se creó INCAA TV, un canal de cable dedicado al cine argentino y en 2015 debutó la plataforma de streaming Odeón. Ambos sobrevivieron, aunque fueron renombrados como Cine.Ar en 2016, durante el gobierno de Mauricio Macri. Junto con el cine Gaumont y el circuito de salas Espacios INCAA, creado en 2003, fueron parte de una política cultural destinada a posibilitar el encuentro de las producciones locales con el público por distintas vías.

A diez años de su surgimiento, Cine.Ar contiene, además de producciones recientes -films,

series, documentales y cortometrajes-, una suerte de archivo del cine clásico argentino. Durante el periodo de la pandemia, esta plataforma cumplió un papel muy valorado tanto por las productoras que necesitaban estrenar sus películas, como por el público ávido de llenar las horas del confinamiento.

Actualmente, Cine.Ar Play (servicio gratuito de video on demand) y Cine.Ar Estrenos (sistema pay per view a montos muy bajos) funcionan dentro de la órbita del INCAA y enfrentan la amenaza cierta de privatización (o cierre) en 2026, luego de algunas idas y vueltas durante lo que va del gobierno de Javier Milei. Pese a la supuesta intención de su continuidad en manos privadas, la iniciativa es rechazada por sus trabajadores y recibida con preocupación por parte de los colectivos que agrupan a realizadores, críticos y gestores culturales.


Escena 2: Cineclub infantil

Estudiantes de la carrera de Comunicación realizan sus prácticas pre profesionales en el CIDAC, un centro comunitario de la Universidad, en el barrio porteño de Barracas. En el marco de un taller de arte, organizan un cineclub infantil. En ese espacio comparten cortometrajes de animación procedentes de distintas regiones del país, algunos de los cuales se encuentran en Cine.Ar que funciona como un gran reservorio de esos materiales. Chicos y chicas de entre 6 y 11 años observan con atención, se sorprenden, entran en contacto con rostros, músicas, geografías que les resultan o no familiares. Les gusta; no les gusta; se expresan a partir de esos estímulos audiovisuales.


¿Por qué defendemos entonces la existencia de una plataforma pública de contenidos de producción local que trascienda las distintas administraciones? Porque consideramos indispensable la preservación y la circulación de historias contadas con nuestras propias miradas y nuestras propias voces. Porque eso no es (no podría ser) una prioridad de las grandes empresas transnacionales de contenidos, cada vez más monopólicas y concentradas. Porque su costo es insignificante en relación con el valor social que produce. Porque en sus diez años de existencia demostró que tiene un potencial aun no explotado por completo. Por todas estas razones nos importa Cine.Ar.

* Ana Broitman es Lic. en Ciencias de la Comunicación y Dra. en Ciencias Sociales (UBA). Está a cargo de la asignatura Elementos y Estructuras de la Expresión Audiovisual. La volvió cinéfila su tía Dorita. Le gustan el cine de género y las películas animadas del siglo XX.

Dic 16, 2025 | Ana Broitman

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