Una milonga en Boedo y la permanencia del tango como un “germen cultural” que trasciende épocas y géneros. El abrazo tanguero como un espacio de conexión sensible y cómo el tango como parte de la cultura popular, con sus historias de personajes trágicos y utópicos, sigue siendo un fundamento para repensar y reescribir nuestra cultura y afectos en el vertiginoso presente.
* Abril Turco Greco
Mi papá y mi abuelo son hombres sensibles, y a pesar de que les cuesta un poco ser expresivos, hay una cosa que los atraviesa por completo. Algo que los emociona juntos, que los hace mirarse de otra manera, con una especie de melancolía tierna. Una cosa en la manera de sentir, de escuchar música, de leer, de ver a los demás, de reír y hasta de bailar. “A sentir no te enseña nadie, más que la vida” le dice Tita Merello a Antonio Carrizo en 1984.
Hacía tres años que vivía en la Ciudad de Buenos Aires. Una noche, buscando conocer lugares nuevos, salí a pasear por el barrio de Boedo y entré a un salón. Las luces eran tenues, sonaba alguna canción de fondo que no podía distinguir muy bien y había un grupo de personas muy arregladas acomodándose. El aire era más denso, el tiempo parecía que pasaba distinto. Tuve la sensación de estar en un lugar que hace mucho, mucho, que no visitaba, como esa letra que habla de un viejo baluarte de un arrabal. Un lugar que era mío y también de todas esas personas que en realidad no conocía.
Los atuendos variaban entre pantalones y faldas de colores, lisas y con estampados, camisas de todo tipo, vestidos negros, vestidos con brillo, cortos, largos, con tajo… Había escotes pronunciados, cuellos cerrados, pañuelos, zapatos, tacos abiertos y también botas y zapatillas. Con estilos que rondaban entre una estética muy clásica de los 40, algo colorido y geómetrico de los 70 y los 80 y algunos guiños más rockeros de los 90 y los 2000. Si hubiera sido una película, era imposible saber con exactitud en qué época estábamos o cuál era la edad de las personas.
La gente se reía como si se conociera desde siempre, se miraba con atención, charlaba, se abrazaba y compartía las mesas como una familia un domingo cualquiera. Apenas subía el volumen, se iban parando y acercando a la pista del centro, como si estuvieran conectados con la música con una especie de antena. Algunos hacían señas para invitarse a bailar, otros se entendían apenas con mirarse y bajo ese cielo de raso, se encontraban en un abrazo que armaban lentamente con sus manos y sus brazos.Y en ese ritual de invitaciones, gestos y guiños, se iba armando de a poco una ronda, que desde afuera, parecía una orquesta en movimiento.
Entre la fluidez y la técnica de cada paso, cada giro, ocho, sacada, gancho, boleo y barrida, podía ver el torso de esas parejas bailando. Lo más fascinante ocurría ahí, en el abrazo. En la conexión entre las manos, los brazos, los pechos y las cabezas. Eso que unía a cada pareja y que guíaba el resto de sus movimientos. En esa conexión veía un diálogo, con tensiones, pausas, tonos, distancias, gestos y a veces alguna risa, alguna voz. En las miradas había un brillo que mezclaba algo de ternura y fragilidad, y al mismo tiempo cierto tono de cordialidad. Y así se miraban entre amigos, compañeros y parejas. Con una calidez y una apertura que hacían sentir querido a cualquiera. A cualquiera que estuviera ahí. Porque estoy segura de que esas personas podían ser, sentirse o mostrarse así, solo en ese lugar que parecía una dimensión distinta, un paréntesis porteño del tiempo.
Luego los músicos se acomodaban con cuidado sobre un pequeño escenario, desarmando los bandoneones sobre sus piernas, los violines en sus cuellos, el contrabajo sobre el cuerpo, o sentándose frente a las teclas. Moviéndose entre pulsos y frases, era esa orquesta la que seguía guiando esa ronda de abrazos en la pista. En sus gestos sentían cada nota y melodía que tocaban, con una intensidad que los hendía en algo que estaba más allá de ese repertorio y que los conectaba a su vez con su instrumento: “En tu teclado está como escondida, hermano bandoneón, toda mi vida…” escribirá Homero Manzi. Y al mismo tiempo, la cantante le daba voz y cuerpo a cada letra, de su voz salían las historias de cada canción, como poeta y actriz, como María de Buenos Aires, o como la Morocha Argentina, la que no siente pesares, y alegre pasa la vida con sus cantares.
Así empiezan a colarse en las letras, historias donde aparecen un barrio de esquinas, balcones, bares, calles y farolitos, alguien que recorre noches buscando encontrar nuevos amores o recuperar viejas ternuras. Relatos de encuentros y desencuentros, cuentos de huídas y de regresos, de inmigraciones y exilios, de hambres y derroches, de fiestas, excesos y pasiones, de deseos inoportunos, de engaños y de ilusiones, de cantantes confesadores de contundentes declaraciones: “pura como sos, habrías salvado mi esperanza con tu amor” dirá Discépolo.
Abundan anécdotas y desventuras de corazones nostálgicos, de vivos o malevas del arrabal, de pícaros, capos y bobos, de poetas sensibles, de soñadores perdidos y de utópicos sin remedio o noción del presente. Como también cuenta Alejandro Dolina, historias de Hombres Sensibles que imaginan a un Ángel Gris repartidor de sueños, que los acaricia con sus alas por el barrio de Flores. Una cantidad de figuras simpáticas y trágicas, que entre el romanticismo, el dolor y la picardía, protagonizan relatos que hablan de la fe, la muerte, los sueños, el pueblo, el amor, la patria o la madre. Nuestros relatos. De todo lo que nos pincha un poco, en algún lugar, a quienes estamos acá, a quienes compartimos y entendemos esta historia, aunque parezca que no la recordamos del todo. A quienes vivimos las mismas alegrías o tragedias. Así permanece vivo en el tango una especie de germen cultural, que se encarna en cada cuerpo, se comparte necesariamente en comunidad, en cada melodía, en cada instrumento, en cada letra, en cada voz. En cada abrazo y paso convive una poesía de un pasado, un presente y un futuro de Buenos Aires. “Caprichosa, la reina del Plata, colecciona amores que te matan, Goyeneche, Troilo, Maradona, Macedonio, Borges y un idioma” cantará Julieta Laso.
Volvemos a escuchar las historias de cada personaje y cada aventura, pero también de cada gobierno y cada época política. Como una forma posible de estudiar, entender y vivir la historia de cada barrio y de antiguos barrios que quizás no conocimos. Como un buen libro, gordo y pesado, de capítulos grandes o de historias breves. Reaparece en una juntada de jóvenes inquietos o en un antiguo recuerdo de relatos que no fueron tan contados. En un emblema posible de mujeres que resistieron, lucharon y supieron reivindicar con fuerza su deseo, más allá del estereotipo de la “milonguita” y más allá de las figuras machistas, en donde ahora también tiene lugar un tango inclusivo, feminista y queer, que visibiliza y reinventa una noción política sobre los roles, las tradiciones y los afectos.
¿Por qué se seguirán escuchando los tangos? ¿Cómo se reinventan hoy los tangos contemporáneos? ¿Porqué existen en la historia infinitas fusiones entre distintos géneros, como el rock, el jazz o la música electrónica? ¿Por qué nos resulta tan conmovedor, atractivo o misterioso? ¿Qué significan hoy todas esas historias?.
Dice Gustavo Varela que “el tango es un montón de afecto reunido […] la canción del retorno a lo que debería ser eterno y no lo es: un amor, el barrio, la madre, el cielo azul que no es el azul de Homero Expósito y el otro cielo, el de Homero Manzi, que es todo el cielo del sur pobre y de barro”. (Tango y Política, 2016).
Pero el tango no es solo un tema de historia, una cuestión del pasado que recordamos con nostalgia o simpatía, sino que sigue reconfigurando prácticas y sentidos en nuestra actualidad, y lo seguirá haciendo hacia el futuro. El tango es una pieza y un fundamento de nuestros testimonios populares. Y si bien sus orígenes, sus etapas y sus disputas durante el siglo XX fueron distintivas, hoy sigue conservando un elemento valioso en un momento en donde lo cultural puede volverse tan amplio, diverso, ecléctico y expansivo, en donde lo identitario habita una pregunta que se cierra y abre permanentemente, o donde los lugares digitales son los que predominan.
Aún en este tiempo confuso y vertiginoso, atravesado por diversidad de discursos, sentidos, formatos, tiempos, virtualidades, espacios… el tango sigue estando en la calidez del abrazo, como pocas cosas más. Al margen de la necesaria pregunta acerca de “lo popular”, el tango espera y recibe a cualquier clase, edad, género, identidad, emoción, historia, herida, miedo, fantasía o deseo. Espera con la misma posibilidad que tuvo siempre, para encontrarnos, para conectar desde un registro sensible, entre nuestras emociones y nuestro cuerpo, para escucharnos y entendernos entre nuestras letras, cuentos y melodías. Para leernos, cantarnos y escribirnos en una propia prosa, para bailar juntos y juntas y reinventar mil veces ese nosotros/nosotras. Aún cuando el futuro puede sentirse como algo inimaginable, el tango sigue alojándonos no solo desde la memoria, sino como un encuentro capaz de hacernos repensar y reescribir nuestra cultura, nuestro afecto y nuestro mundo. Como un lugar seguro, local y cercano, entre nuestra historia y nuestra piel.
Abril Turco Greco
Estudiante de Ciencias de la Comunicación (UBA). Sus temas de interés son el tango, la historia, la cultura, la música y la ciudad de Buenos Aires. En su tiempo libre es, de a ratos, productora, escritora y bailarina. De Platense como Goyeneche y de Libra como Tita.
Instagram: @abrugreco






