De qué manera el “resentimiento colectivo” es capitalizado por la figura de Javier Milei como interpelador del cuerpo social para ofrecer narrativas que desvían la atención de las desigualdades estructurales.
* Por Germán Rosso
En cada una de sus intervenciones, Javier Milei susurra al oído del sujeto resentido. Al varón joven que no supo adecuarse a los cambios de roles y vínculos inaugurados con la marea verde, le dice que no tiene que pedir perdón por tener pene. A los trabajadores del sector privado –a quienes les descuentan el día, a quienes pierden el presentismo y se les complica llegar a fin de mes– les dice que el paro es un lujo que sólo puede darse a un pequeño grupo de privilegiados. Al precarizado, al cuentapropista, al uberizado, le ofrece el cruel escarnio contra los trabajadores estatales y los dirigentes sociales, esa mitad del país que –junto a los jubilados– vive del trabajo de los demás. Tras la figura de Milei, tras sus modos irreverentes y exaltados, se alinea una multitud de rencores moleculares desperdigados por el cuerpo social ¿Qué es lo que quiere el sujeto resentido?¿Cuál es la dinámica bajo la cual se despliega este afecto en la vida pública?
El resentimiento forma parte de una constelación amplia de afectos cuyo elemento común es la experiencia de dolor y de amargura ante la prosperidad ajena. En la tradición aristotélica, el indignado se agita cuando el otro accede injustamente a ciertas ventajas o privilegios.
El envidioso, en cambio, siente rencor ante todo éxito ajeno –merecido o no–, y en particular frente a quienes considera sus semejantes.
El celoso, por su parte, desea lo ajeno, y padece –como dice Spinoza– cuando imagina el goce del otro con aquello que él anhela.
Pero lo que define al resentimiento es otra cosa: podríamos describirlo como una autointoxicación psíquica que, como dice Scheler, nace de una experiencia de impotencia. Impedido de corresponder a una ofensa, forzado a tolerar una humillación, el resentido vive atormentado por una escena mal resuelta; rumian constantemente aquella respuesta que no pudo dar, aquella re–acción que tuvo que contener.
Es una herida –al orgullo, a la propia estima– que, mal curada, no deja de supurar. A medida que el resentido mastica y mastica la misma escena, el recuerdo pierde su forma y se expande. El rencor acumulado se torna una atmósfera que tiñe la manera en que el sujeto se abre al mundo. Desde su mirada, cada ventaja o logro ajeno es percibido como una usurpación ilegítima, como un privilegio infundado.
Actualmente, existe acuerdo respecto del vínculo entre las democracias liberales y el fenómeno del resentimiento colectivo. En la distancia entre las igualdades formales y las desigualdades materiales, se fermenta el recelo ante las diferencias en el consumo, el rencor ante las aspiraciones frustradas, la sospecha frente a los méritos ajenos.
Esta dinámica se profundiza en las situaciones de estancamiento social o movilidad descendente: amplios sectores de la sociedad se sienten amenazados en sus estilos de vida, en sus privilegios diferenciales, en sus condiciones de bienestar. Las derechas radicales buscan explotar este malestar generalizado, construyendo narrativas que desvían la atención de las desigualdades estructurales –la clase, el género, etc.– hacia la animadversión contra determinados grupos sociales. Así, los migrantes, las minorías étnicas, las diversidades sexuales y ciertos segmentos de la dirigencia política devienen sus objetivos predilectos.
Para lograr ese desvío, las derechas radicales despliegan una estrategia simbólica particular. La promesa de hacer a América grande otra vez, la nostalgia ante la Argentina como primera potencia mundial, el llamado a recuperar los valores occidentales. Todas estas consignas se basan en una visión decadentista de sus respectivas historias nacionales. En todas ellas, se ofrece la imagen de un pasado idílico de fuerza y potencia en el concierto mundial, un estado de plenitud social sin carencias significativas. Cuando se agrega que el abandono de tal estado responde, no a complejos procesos históricos, sino a la voluntad maligna de un conjunto difuso de actores –el marxismo cultural, el colectivismo, la casta, el wokismo–, lo que se configura es una escena de usurpación o arrebato ilegítimo.
Nietzsche dice que el resentimiento siempre construye enemigos malvados: entidades malignas y perversas, que no atacan frontalmente, sino que urden redes y tramas secretas, ocultan sus movimientos, se infiltran entre los propios. Como contrapartida, el grupo de los presuntos damnificados es valorizado como lo absolutamente bueno. Nuestras derechas autóctonas son elocuentes en este punto: los “argentinos de bien” como víctimas puras e inocentes de las artimañas de la “casta” parasitaria.
Pero, además de señalar y denunciar a ese enemigo oculto, es preciso demoler el orden de valores que legitimaría tal orden injusto.
Desde una sensibilidad progresista, la lectura según la cual las ideas y valores del marxismo habrían logrado imponerse masivamente a través de la cultura y las instituciones resulta un absurdo. Sobre todo, en una época en que el individualismo se torna autoritario y el realismo capitalista dificulta pensar modelos sociales alternativos. Pero tal visión resulta funcional para las derechas alternativas, dado que les permite, al mismo tiempo, promover el pánico moral y posicionarse como outsiders del mainstream cultural.
Así, el otro movimiento que Nietzsche vincula al resentimiento es la subversión de aquellos valores concebidos como dominantes. Si vivimos en un mundo en que el igualitarismo se ha impuesto como lo políticamente correcto, se vuelve necesario demostrar que el combate contra las inequidades no es más que una forma de privilegio; que la solidaridad es un robo o imposición violenta; que la desigualdad social es el producto natural del mérito individual. El blanco privilegiado de esta reacción es, por supuesto, la justicia social. En este sentido, no es casual que Milei la conciba como una idea aberrante: como un desvío del curso normal o natural del capitalismo occidental.
Es así como esta vertiente de las derechas logra figurar un mundo dominado por un conjunto de valores viles y perversos, que es necesario remover para, por un lado, castigar a los culpables de la decadencia actual, y, por otro lado, resarcir a lo que se describe como una mayoría ultrajada y vilipendiada.
En este punto, el exhibicionismo cruel –encarnado en la burla contra los opositores, en la violencia verbal contra los periodistas, en la celebración de la represión y los despidos– juega un papel central: es el medio por el cual se performa –no sólo simbólicamente– el castigo a los sectores señalados como poseedores de “privilegios” inmerecidos.
Se puede pensar que la expansión de una ética mejorista que sólo valora el esfuerzo individual corre a la par del deseo del resentido de nivelar ciertas ventajas señaladas como mal habidas; de coparticiparlas experiencias de sufrimiento, vulnerabilidad y escasez gestadas –en el caso argentino– durante más de una década de alternancia entre estancamientos y crisis económicas.
* Doctorando en Ciencias Sociales y Magister en Comunicación y Cultura (UBA). Docente del Seminario Cuerpo, Imagen y Sentido y del Seminario TIF “Sentidos oficiales e inconfesables. Complicidades inconscientes con la dominación” en CCOM-UBA. Ante todo, bonaerense, lector de Saer y ciclista nocturno.






