Una estirpe de gurús del éxito, conocidos como los “ponzi bros”, prometen riqueza y ascenso social instantáneo. Su filosofía rechaza el trabajo tradicional y la educación formal y estigmatiza a los trabajadores. A la vez que promueven una vida de disciplina férrea y ascetismo moderno, donde el éxito material y el control del cuerpo se convierten en la única medida de valor personal.
*Por Yamila Campo y Diego Flores
Un día indeterminado y perdido en la intemporalidad que nos regala el scrolleo perpetuo e incesante de internet, di con uno de ellos. Anunciaba una vida mejor, materialmente mejor. Plagada de lujos pero no despojada de deseos, llena de oportunidades pero con una disciplina prusiana. Quedé anonadado, porque detrás de esas promesas se escondía una retórica que parece explicar el ethos de la época. Seguí y seguí mirando, mirar es el ejercicio de nuestros tiempos, la droga matriz de nuestros consumos, varios varones, jóvenes, con físicos trabajados, te azuzaban para que cambies tu modalidad de vida a fuerza de empeño, trabajo, privaciones y una condición innegociables: que les creas a ellos. Los ponzi bros.
Todo comienza con un mito de origen vinculado a la pobreza, a un origen sin escapatoria, puede ser un pueblo perdido en los confines inhallables del interior del país, o algún lugar del conurbano oscuro y hostil. Desde esos contextos inhabitables se proyecta el inicio del periplo del héroe: todos nacen pobres, en familias humildes y destinadas a vivir una cotidianidad corriente y perpetua. Alguien debe romper los grilletes de ese estrato auto condenado y buscar una migración de clase extrema, de alturas imposibles de soñar, que vaya del termo eléctrico a un Lamborghini sin escalas.
No importa quien: Llados, el Colorado o Tino, las particularidades son ribetes de artesanías rococó que particularizan añadiduras ínfimas que nos hacen perecer ante la trampa del fotograma sin película. Las apariciones de estos personajes y la circulación dentro del ecosistema de redes y el gurismo de la economía informal y etérea es un frame que sabe captar los vectores de una época que grita que el ascenso social tiene que darse de manera individual, veloz y, sobre todo, alejada de las prácticas e instituciones tradicionales: la escolarización y el trabajo.
Para la tribu de estos taumaturgos de las inversiones, el trabajo tradicional y asalariado, según lo entendemos desde las nociones de la modernidad, no es un vector de posible ascenso social sino todo lo contrario, una estafa nubilar dentro del capitalismo moderno. El trabajador es un ser inferior que se entrega al sosiego de fuerzas mayores a las que se somete a cambio de migajas. Trabajar en una fábrica, en un comercio es de estúpidos o en sus palabras: de plebeyos. Ese tiempo podría ser mejor utilizado pensando en un esquema de negocios.
Este sometimiento encuentra una justificación cronológica precisa y por supuesto también institucional, la escuela. El lugar donde se perpetúan los roles de clase. Un buen alumno será buen obrero. Un buen obrero es un trabajador obediente a las reglas. A lo sumo llegará a gerente, pero de ninguna manera contará con las posibilidades de incorporar las habilidades requeridas para una vida que no se mida en salarios y derechos laborales.
Es risueño pensar que hay un punto de contacto, aunque con distintos objetivos, entre esta cosmovisión de la escolaridad y la propuesta de Bourdieu y Passeron en Los Herederos, el libraco donde sostiene que el sistema escolar lejos de ser democratizante no hace más que legitimar, reforzar y perpetuar las diferencias de origen social. Parafraseando a “Las Primas” los pobres con los pobres, los ricos con los ricos. Los nenes ponzi también utilizan, aunque con desviaciones, la aproximación bourdiana de capital social, ya que sostienen que si queres ser rico te tenes que juntar con ricos, entendiendo que el flujo de dinero puede transmitirse por una suerte de ósmosis social que permite “contagiar dinero”.
Para ellos la cuestión tiene reminiscencias de película de los 2000, hablan de “salir de la matrix”. Quienes quizás nunca vieron la película que marcó toda una generación al ritmo de abrigos largos y anteojos negros, insisten que transitan un despertar que les permite salir de una matrix que te somete a ser un empleado. ¿Ellos? no, ellos nunca sometidos, ni aun cuando se enfrentan a seguir rutinas imposibles de poco dormir, mucho ejercicio y nada de vida social.
La idea de “sistema” cobra una atractiva relevancia dentro de la narrativa ponzi ya que aparece como algo engañoso, coercitivo, limitante, que cercena la capacidad potencial del individuo. El sistema es algo de lo que debemos escapar, parecen ensoñaciones bakunianas, sin embargo la plasticidad del entendimiento de sistema no es un contra capitalismo, sino un ingreso total y avasallante en él. Ir contra el sistema es adentrarse de lleno en los consumos más suntuosos del capitalismo posindustrial y sin la necesidad de tener trabajos formales. Autos, Rolex, mesas de restaurantes con precios irrisorios, el sistema posee en sus márgenes un mundo de exclusividad. Solo unos pocos acceden a la pulserita del vip de la vida.
Sin embargo, la búsqueda de la exclusividad encuentra limitantes, el consumo sí pero sin excesos, el deseo aparece pospuesto por el autocontrol ante la emergencia de placeres mundanos. Los ponzi bros no se muestran en yates, rodeados de mujeres exuberantes que menean cuerpos estridentes bajo el son de algún reggaeton de melodías monótonas, no. Lo que se muestra es la práctica de un ascetismo sin religión: la sexualidad está pospuesta, las fiestas son distracciones a evitar, la masturbación incluso es cuestionada en detrimento de un bien preciado: el tiempo. Perder el tiempo es el pecado capital por excelencia. Todo el tiempo y la energía tienen que estar puestos a la orden de la productividad, the time is money, bro.
Parece que esos hombres grises que en la novela de Michael Ende se enfrentaron a Momo para obtener el tiempo libre de las personas, en este caso ganaron. Lo que es contradictorio, como casi todo en el mundo de los cripto bro, es que el mayor espacio para disputar el sentido que habitan, son las redes sociales; justo el ambiente que fue diseñado por empresas transnacionales con un único objetivo: disputar tu tiempo libre.
Ellos, que todo movimiento que hacen, que toda reflexión que tienen, la canalizan con una publicación en redes sociales, hablan del mal uso del tiempo. Y así se van encerrando en su propio laberinto.
Aun así, el ascetismo weberiano se funde también sobre sus propios cuerpos que aparecen intervenidos por una economía del control de las superficialidades, son cuerpos atravesados por la intervención de los gimnasios y la rutina planificada. El cuerpo es producto de otra variable innegociable y primordial: la disciplina. El periplo hacia el primer millón no permite adiposidades, por eso también aparece una dietetica. Comer para producir más, la gastronomía del placer no es admitida en cuerpos que, desde esa perspectiva, deben estar dispuestos las 24 horas. El cuerpo es de alguna manera una metonimia del éxito. Un cuerpo sin las estéticas esperadas es un cuerpo claudicante, un cuerpo que se abandonó. La nemesis es el cuerpo indisciplinado, anti estético que aparece bajo el epíteto peyorativo de “gordos del conurbano”. Si el trabajador aparece como el plebeyo que acepta su destino irrefutable que entrega su tiempo y fuerza de trabajo para llevar adelante una vida mediocre y miserable, la gordura es la materialización de la indisciplina.
En todo este combo se cuela, además, una idea de religiosidad un tanto especial, hay un culto al cuerpo, un culto al tiempo, un culto al dinero. Pero también un culto al líder, al mentor. Que podrá llamarse eventualmente Llados o Ramiro, da igual. El mentor es quien marca el camino, quien puede en una “sesión” grupal o en una “sala privada” -por la pagan en billetes verdes, muchos de ellos- denigrarte si saliste del camino, si no estás cumpliendo tus objetivos. Quién puede ponerte a hacer burpies para demostrar la adoración necesaria al líder, el sacrificio por el éxito.
Todas estas narrativas pueden visibilizarse y expandirse por un ejercicio de control total de la comunicación por parte de los ponzi bros, que evitan delegar en los medios tradicionales la expansión y rotación de sus discursos. De esa manera autogestionan sus espacios en redes, lo que les permite desplegar sus discursos sin preguntas, cuestionamientos ni confrontaciones. Ningún ruido raro interrumpe una oralidad que en estas condiciones encuentra tierra fértil para sembrar una serie de enunciados que en otros ámbitos serían, al menos, cuestionados.
Luego del torrente que implican la sucesión de videos donde los ponzi bros son los protagonistas uno comienza a indagar cómo y de qué manera pueden sustentar esas vidas de lujo ¿Que venden estos jóvenes? ¿A quiénes? la indagación encuentra pronto el secreto de la alquimia: venden mentorías. Que en criollo son cursos, donde quienes llegan a ellos encontrarán los puntos cardinales para develar los secretos de entrada a un mundo mejor. Por la módica suma de mil o tres mil dólares uno puede acceder a los consejos de estos gurúes del mercado de lo etéreo. El producto, en realidad, eres tú, diría un Cortázar arrastrando las erres hacia el infinito, porque junto con las mentorías se establecen una serie de escalafones para ir aprendiendo y creciendo. Los ascensos están íntimamente relacionados a que las personas atraigan a otras a las mentorías, hasta formar una cadena infinita de anhelantes millonarios que buscan hallar el código indescifrable a un mundo permanentemente negado.
El camino sacrificial comienza, y arrastra. Y vos acá, perdiendo el tiempo leyéndonos… ¿Hacemos unos burpies para equilibrar?
Yamila Campo es Comunicadora Social (UBA) aspirante a maestría en Antropóloga. Coordinadora técnica de la carrera de Comunicación (UBA) y además docente en esa casa de estudios y en UNPAZ. Se la pasa scrolleando en las redes haciéndose más preguntas que obteniendo respuesta. Madre de una preadolescente.
Diego Flores es productor, guionista, community manager, columnista gráfico y radial , moroso y director de Zigurat. De Berazategui para siempre. Una hija, una biblioteca y un montón de trabajos.






