La selfie como una ofrenda al ágora virtual

Las autoras reflexionan si una selfie se trata de un diálogo, de un monólogo, o de un esquema comunicacional contemporáneo.  

*Por Margarita Martinez e Ingrid Sarchman*

Nuestra época ha subestimado los esquemas conceptuales. Asume, erróneamente, que la realidad se estructura a la manera de una madeja que no necesita ser desenredada, por lo menos no siempre. Los nudos son considerados simples mojones, escenas que no demandan más que una llamada de atención breve. Tal vez por eso las teorías de la comunicación contemporáneas, claramente atravesadas por las tecnologías digitales, se nos presentan, en la mayoría de los casos, fuera de foco, algo difusas, pero al mismo tiempo poco problemáticas. Todo sucede como si los fenómenos comunicacionales fueran tan próximos y tan evidentes que no necesitaran más explicación que la narración de la experiencia en primera persona. En consecuencia, ese protagonismo que propicia la construcción de la propia identidad, en simultáneo con el reconocimiento de los demás, se lleva a cabo con las herramientas más a la mano. Sin dudas, el teléfono celular (cada vez menos teléfono y cada vez más celular) funciona como cincelador de subjetividad y como reconocedor de las identidades ajenas. Y aunque las posibilidades sean varias, la cámara fotográfica es, sin dudas, el modo privilegiado de dar cuenta de ella.

El autorretrato fotográfico actual se puede inscribir en la historia de la fotografía que, en el siglo XIX, tomó el relevo del retrato pictórico primero y, después, de las miniaturas y camafeos que convertían la imagen de sí en un objeto de don. Pero hubo que esperar hasta las primeras décadas del siglo XXI para que la cámara realmente se masificara (una por individuo) al integrarse a otro objeto técnico, el teléfono, y que el usuario común se volviera experto en la manipulación de imágenes. Entonces todas las fotografías, pero un tipo en especial, el autorretrato o selfie, empezó a mostrar características semiótico-perceptivas propias. A los rasgos propios de la selfie se agregaron, dentro de un esquema de sentido nuevo, los circuitos de producción, de subida a redes y de validación. Si el primer aspecto (la producción de la imagen) empezaba a incluir cálculos, ángulos, filtros e incluso concepción de un texto acompañante, su circulación empezaba a estar incluida dentro del sentido del mensaje: éste se completaba con la validación, es decir, con el vector de la aprobación (o no aprobación), con los comentarios, en suma, con sus efectos. Aunque se puede decir que también el retrato fotográfico del siglo XIX incluía cálculos sobre luces y ángulos, la velocidad actual de registro del impacto de estos efectos en el circuito comunicativo, sumada a la posibilidad, también técnica, de modificar el rostro para hacerlo más dúctil a la toma de la selfie (cirugías estéticas en las que se demandan cambios para “dar mejor en las fotos”) convirtieron a la selfie en un fenómeno inédito de la definición identitaria. Una de las preguntas que todo esto despierta tiene que ver con la posición enunciativa de quien “produce” una selfie. ¿Se trata de un diálogo, de un monólogo, o de otro esquema? 

En épocas en las que proliferan las derivas significantes, la selfie parece, por lo menos en primera instancia, formar parte de un esquema particular de comunicación. Si a mediados del siglo pasado, la teoría matemática de la información propuesta por Shannon y Weaver implicaba, a grandes rasgos, un circuito de emisión, transmisión y recepción, y diez años después, el lingüista Roman Jackobson lo complejizaba incluyendo al contexto, en ambos casos el sentido siempre se cerraba (y se cierra) a partir de un proceso que implicaba (y sigue implicando) el reconocimiento. En ese sentido, si la selfie, al igual que sus antecesores reposa en un circuito y un proceso, cabe preguntarse por dos aspectos: los elementos que lo componen y las condiciones para las clausuras parciales de sentido en cada caso. En otras palabras, ¿de qué está hecho el esquema comunicacional contemporáneo? ¿Cómo se verifica su éxito o su fracaso? ¿Qué elementos determinan uno y otro? Y con respecto a esto último ¿existe una sola respuesta?

Ante la última pregunta, sería tentador responder por la negativa, asumir que en épocas de redes sociales los sentidos proliferan en madejas enredadas y que, por esa razón, nunca es posible del todo comprobar la llegada a destino del mensaje enviado. Sin embargo, el esquema comunicacional contemporáneo está conformado por elementos mucho más exactos y fidedignos que los anteriores. La novedad es que este tipo de reconocimiento que se manifiesta en forma de likes, comentarios, emojis y reacciones posibles de ser cuantificadas ofrece una respuesta inmediata y posible de ser medida. Así, el proceso que empieza con el diseño de la imagen propia configurada para ser ofrendada al ágora virtual encuentra su sentido sólo cuando ésta es reconocida por otras imágenes igual de virtuales. A la inversa de la función histórica de la foto carnet, cuyo objetivo era expresión y reconocimiento de la identidad, siempre demandada desde una institución externa, la selfie desborda el soporte, el cuerpo y el sentido. De esta manera, la foto de una mano sosteniendo un libro puede ser una selfie. Selfie es todo lo que, en tanto elemento que incluya alguna parte del cuerpo -como signo de seducción voluntaria- busque trabar esa alianza imposible entre el gusto y el exterior, entre la esencia y la presencia. Porque, en definitiva, de la selfie como término deriva un concepto mucho más complejo que, mientras se (nos) muestra como fachada y máscara, se y nos interroga por nuestra identidad.

Margarita Martínez es docente e investigadora, escritora y traductora. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA), Magister en Estudios Ibéricos e Iberoamericanos (París 10) y Doctora en Ciencias Sociales (UBA). En Twitter e Instagram es @turquesazulada. 

Ingrid Sarchman es Licenciada en Comunicación, autora, docente e investigadora en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, en la carrera de Artes de la UNLP y en la Universidad Torcuato Di Tella. En twitter es @gridsar. 

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