La comunicación pública de la ciencia en el fondo del mar

 Algunas consideraciones sobre cómo el stream impulsado por investigadores del Conicet convirtió a la ciencia en un acontecimiento social atravesado por las emociones, los descubrimientos y el juego colectivo.

Ariel, escúchame
Ese mundo está muy mal
La vida bajo el mar es mucho mejor
que el mundo de allá arriba

 (Diálogo entre el cangrejo Sebastián y Ariel en La sirenita, Clements & Musker, 1989)

*Por Javier Martín Moscoso Cadavid  

Durante el pasado mes de julio se llevó a cabo una exploración en el Cañón Mar del Plata, un ecosistema submarino del Atlántico Sur que se distingue por su extraordinaria biodiversidad y, al mismo tiempo, por el escaso conocimiento científico que se tiene sobre él. La iniciativa, encabezada por la Fundación Schmidt Ocean Institute, reunió a más de 30 investigadores de distintas instituciones nacionales e internacionales, entre las que se encontraban especialistas del Instituto de Biología de Organismos Marinos -IBIOMAR, CONICET-. El resultado fue un esfuerzo colectivo de escala internacional, donde ciencia, tecnología y cooperación convergieron en un mismo horizonte.

La misión permitió registrar organismos marinos en su hábitat natural, alimentándose, desplazándose, reproduciéndose, e incluso conocer algunos que no habían sido clasificados hasta el momento. También posibilitó avanzar en el análisis del “ADN ambiental”, abriendo nuevas perspectivas para la investigación oceanográfica. Sin embargo, lo más sorprendente no fueron sólo los “descubrimientos” científicos, sino la reacción social que despertaron estos: más de 80 mil personas se conectaron a las transmisiones en vivo cada día, alcanzando un récord histórico para cualquier canal de streaming argentino. Basta recordar que el registro previo de la propia fundación apenas alcanzaba las 800 visualizaciones y los investigadores aspiraban a superarlo llegando a mil.

El interés masivo desbordó todas las expectativas y se tradujo en un fenómeno cultural inesperado. Las redes sociales se poblaron de memes que bautizaban a las criaturas marinas con nombres divertidos: “Batatita”, “la estrella culona”, “Amarillín”, “la langosta Barbie”, entre otros. Los investigadores se transformaron en celebridades: desfilaron por programas de televisión y algunos, como Nadia Cerino, alcanzaron una popularidad impensada. Desde el público surgieron iniciativas espontáneas que ampliaron el alcance de la expedición: álbumes de figuritas, jingles en programas de streaming como Industrial Nacional – el programa principal del canal Gelatina-, souvenirs y muñecos. La ciencia se convirtió en espectáculo y en disfrute cultural.

La experiencia del Cañón Mar del Plata pone de manifiesto que la comunicación pública de la ciencia no constituye un aspecto accesorio de la investigación. Esta es un espacio fértil donde se juega la construcción social del conocimiento y la forma en que la ciencia se inserta en la cultura contemporánea. Este fenómeno nos invita a preguntarnos: ¿Qué se comunica cuando se comunica la ciencia?, ¿Cómo se transmite y qué lugar se le otorga al público en este proceso? 

En El Leviatán y la bomba de vacío (1985), Steven Shapin y Simon Schaffer analizaron la célebre controversia entre Robert Boyle y Thomas Hobbes en torno al uso de la bomba de vacío y a la legitimidad del experimento como práctica de producción de conocimiento. Boyle sostenía que los hechos experimentales podían establecerse siempre que fueran dados a conocer públicamente en un marco de testigos confiables, como lo eran los miembros de la Royal Society. Para ello se apoyaba en la tecnología material, representada por la propia bomba de vacío tenía la capacidad de reforzar la percepción y de constituir nuevos objetos observables, disciplinando así los sentidos al controlar el acceso a lo que debía ser visto, como lo hacían otros artefactos como el microscopio o el telescopio; y la tecnología literaria, que ofrecía los medios para comunicar los fenómenos producidos en el laboratorio a quienes no habían presenciado directamente el experimento. Estos ensayos debían ser escritos en un lenguaje sobrio, preciso y sin adornos. Boyle consideraba que era más adecuado que el estilo florido de la filosofía natural anterior, y era fundamental incluir también informes sobre experimentos fallidos. Esta práctica cumplía una doble función: tranquilizar a los experimentadores novatos frente a sus fracasos iniciales y, al mismo tiempo, garantizar al lector que el relator no ocultaba evidencias inconvenientes. Finalmente, la tecnología social concebía la producción de conocimiento como un hecho colectivo y público, en contraste con el carácter individualista y reservado de los alquimistas y filósofos. La validación de los resultados, bajo este marco, dependía del trabajo conjunto y de la revisión entre pares, lo que permitía evitar los errores propios de un juicio aislado.

Hobbes, en cambio, habría rechazado esta concepción. El padre de la filosofía política consideraba que la verdad debía fundarse en el razonamiento lógico y en principios demostrativos, y no en observaciones mediadas por instrumentos costosos ni en la credibilidad restringida de una comunidad científica particular.

En síntesis, uno de los puntos centrales del argumento de Shapin y Schaffer es que la ciencia experimental no surgió únicamente gracias a un artefacto técnico -la bomba de vacío-, sino porque se configuró un nuevo régimen social y cultural de validación. Un público que podía dar fe de los experimentos. 

La modernidad científica, sostienen, se construyó sobre la creación de una cultura de testigos que acreditaban los hechos, lo que permitió que la práctica experimental se consolidara como base del conocimiento científico. El público fue parte del dispositivo experimental, y sin él la ciencia moderna tal como la conocemos no hubiera sido posible.

A partir de entonces, los estudios de comunicación pública de la ciencia se han desarrollado en torno a distintos modelos o paradigmas. El primero, conocido como “alfabetización científica” (science literacy), se sustentaba en la idea de que la falta de conocimiento del público era la causa del desinterés o la desconfianza hacia la ciencia. Este enfoque, de carácter vertical y paternalista, reducía la comunicación a una traducción simplificada de hechos científicos. La medición se limitaba a la capacidad de responder preguntas sobre hechos científicos como si la tierra gira alrededor del sol o al revés. 

Posteriormente, emergió el paradigma de la “comprensión pública de la ciencia” (public understanding of science), que trasladó el foco hacia las actitudes, los intereses y la confianza social en la ciencia. El informe Bodmer de 1985, impulsado por la Royal Society, fue un hito en este sentido, al reclamar un mayor compromiso de las instituciones científicas con la sociedad.

Más recientemente, el modelo de “compromiso público” (public engagement) propone un diálogo bidireccional donde tanto científicos como ciudadanos participan en la construcción del conocimiento, incorporando voces sociales en etapas tempranas de investigación y desarrollo. Este giro se inscribe en los estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS), que enfatizan la dimensión contextual, política y cultural de la ciencia. Aquí la clave no es solo informar, sino empoderar a los ciudadanos, reconocer el valor del conocimiento no experto y fomentar procesos de aprendizaje mutuo, aunque no sin dificultades prácticas vinculadas a recursos, infraestructura o resistencias profesionales.

Entonces, parafraseando a Shapin, la comunicación pública de la ciencia debería mostrar la “ciencia en acción”; debería abrir las puertas del laboratorio para que el público no solo acceda a los resultados, sino también a los procesos, incertidumbres, tensiones y emociones que constituyen la práctica científica. De lo contrario, se corre el riesgo de idealizar la ciencia y generar desconfianza frente a sus productos cuando estos no se ajustan a esa imagen estandarizada.

La expedición al Cañón Mar del Plata encarna precisamente este principio. A través de la transmisión en vivo, el público pudo asomarse a la cocina de la ciencia: ver cómo los investigadores se turnaban, cómo expresaban desconocimiento frente a especies nuevas, cómo celebraban hallazgos o se angustiaban ante la posibilidad de perder una muestra. Allí convivieron géneros narrativos diversos: el suspenso, el dramatismo existencial al descubrir que una hembra de pulpo moriría tras reproducirse, la comedia romántica cuando usuarias declaraban amor a un científico de voz cautivante, humoradas sobre el mejor estado de un pepino en el fondo del mar o la parodia cuando una investigadora bromeaba sobre un error de clasificación citando al personaje “El Nahu”.

Lo que se transmitió no fue solo conocimiento, sino también emociones, incertidumbres y juegos culturales que volvieron la experiencia accesible, divertida y, en cierto modo, mágica. La lección es clara: comunicar la ciencia no consiste únicamente en difundir resultados, sino en compartir el proceso mismo, con sus dudas, tropiezos y hallazgos.  La emergencia de un diálogo creativo, vivo y lúdico. Un intercambio que, aun preservando ciertas fronteras epistémicas, abre grietas por donde circulan complicidades inesperadas, gestos de humor y nuevas formas de reconocimiento mutuo. En ese territorio compartido, cientificos/as y públicos se entrelazan, se mezclan y se transforman entre sí. Así, lo público de la ciencia se expande y adquiere densidad social, mostrando que el conocimiento puede ser también un campo de juego colectivo, donde se tejen alianzas capaces de sostener una práctica científica más libre, abierta y, en última instancia, soberana. Tal vez allí radique la verdadera potencia de la comunicación pública de la ciencia.

*Javier Martín Moscoso Cadavid: Soy licenciado en Ciencias de la Comunicación y Magister en Politica y Gestión de la Ciencia y la Tecnologia. Actualmente trabajo en el grupo UBACyT de Alejandra Roca “Ciencia, tecnología y sociedad. Políticas del conocimiento, cuerpos e identidades”.

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