Entre apagones, barcos descomunales y desconexiones. Dos narrativas que dialogan sobre un mismo temor: ¿qué sucede cuando las redes técnicas colapsan? Pero mientras Hollywood muestra individuos aislados, la versión argentina recupera las tramas comunitarias que aún sostienen la posibilidad de lo social.
*Por Julián Mónaco.
Mientras una familia estadounidense de clase media disfruta del primero de sus dos días de vacaciones en la costa de Long Island (Nueva York), un gigantesco barco irrumpe sobre la playa, arrasando con todo a su paso. Por su tamaño, la embarcación se asemeja al “Ever Given”: uno de los buques transportadores de contenedores más grandes del mundo —aquel que en marzo de 2021 encalló en el canal de Suez y lo bloqueó, causando un desastre económico y un gran impacto en los medios de comunicación—. El barco lleva escrito en letras blancas el nombre “White Lion”: el mismo con el que contaba aquel a bordo del cual llegaron a los Estados Unidos los primeros esclavos africanos, hace unos 400 años. Así comienza la película Dejar el mundo atrás, dirigida por Sam Esmail (2023), cuyo sugerente subtítulo es “No existe vuelta a la normalidad”.
Tan solo un par de minutos después —con los cuatro integrantes que componen la familia que protagoniza el relato regresando a su casa, todavía en estado de shock—, los smartphones comienzan a fallar, por lo que no es posible conectarse a Internet ni hacer llamadas telefónicas. Poco a poco el mundo deja de estar a un clic de distancia y se vuelve más bien opaco. Más tarde, cuando por fin logran volver, deja de funcionar la televisión y no pasa demasiado tiempo hasta que un vecino les da la noticia de que incluso los aviones y los autos autónomos están fuera de control. Lo que estaban experimentando era parte de un evento cuya escala e impacto les era muy difícil de reconstruir: en parte porque no contaban con las herramientas necesarias para poder hacerlo.
A lo largo del film, Esmail presenta a todos los personajes de manera similar: casi siempre están solos y mirando hacia arriba, como intentando comprender algo que los excede por completo, en estado de perplejidad. Estos planos contrastan con otros en los que toman el centro distintos tipos de máquinas: gigantescos barcos y aviones, pero también satélites emplazados en el espacio exterior frente a los que los seres humanos son apenas pequeños puntos luminosos, como sucede en la obra del artista Charly Nijensohn El éxodo de los olvidados (2011).
Pero más interesante aún es detenerse en aquello que permanece por completo fuera del campo de la película: las escuelas, las universidades, el sistema científico, los sindicatos, las asociaciones comunitarias, los partidos políticos, las instituciones periodísticas, el Estado, la sociedad civil en general. De este modo, los personajes de la película (consumidores o usuarios) sólo reconocen el sistema técnico-político del que forman parte por sus fallas (cortes de luz, accidentes aéreos, caída de Internet) y cuando ya es demasiado tarde para actuar. Entretanto, una nube roja formada por volantes con noticias falsas irrumpe sobre la ruta mientras Clay (interpretado por Ethan Hawke) maneja su automóvil solo y aterrorizado, sin saber muy bien a dónde ir.
En El eternauta de Bruno Stagnaro (2025) no seguimos a una familia sino a un grupo de amigos. Es viernes por la noche. Se reúnen a jugar al truco, a escuchar sus discos, a tomar su whisky: “Hijo de puta, no tenés nada. Me estás corriendo”. Mientras tanto, tres adolescentes toman prestado un velero y se internan en la madrugada del Río de la Plata. Las hijas mantienen viva la tradición. Son ellas quienes divisan los primeros signos de lo que más adelante vamos a saber que es una invasión alienígena: el apagón, la ciudad a oscuras, una mancha en el cielo resplandeciente similar a una aurora polar. En el principio está escondido el nudo de la trama: El eternauta muestra a los actores de la escala intermedia intentando comprender qué significa actuar políticamente en un escenario de crisis y cómo hacerlo.
No se trata sólo de un grupo de amigos, tampoco sólo de un grupo de adolescentes. Una radio de onda corta que comienza a transmitir, el motor de un automóvil que se enciende, un tren que es puesto en marcha. Se trata de las tramas comunitarias (maquinistas, ex combatientes de la Guerra de Malvinas, boy scouts, creyentes religiosos, vecinos, ex reclusos, metalúrgicos, docentes) en las que permanece el saber sobre el funcionamiento de las máquinas típicas del siglo XX (la radio, el tren, el auto) que permite operar sobre ellas. La invasión es de carácter global, pero el conflicto se decide en buena medida en la Argentina porque una vez que las redes técnicas colapsan es aquí en donde emergen las tecnologías sociales que permiten desafiar el pánico apocalíptico.
Construir lo social no es una tarea sencilla, sino paciente y costosa, muchas veces desgastante. Más aún cuando dominan la confusión y la desconfianza. El eternauta escapa a la metáfora fácil de la “tierra arrasada”. Ojalá el invasor sólo se dedicara a destruir. Pero también hace otras cosas. Por ejemplo, contamina. “¿Qué le pasa a este boludo? Está raro”. Como sucede en la fantástica Get out de Jordan Peele, el principal obstáculo es que ellos hablan como nosotros.
En ¿Capitalismo de la vigilancia o democracia? (Unsam Edita, 2025), recientemente publicado en castellano, Shoshana Zuboff señala que la “institucionalización del capitalismo de la vigilancia produjo la desinstitucionalización del orden democrático mediante la erosión de capacidades informativas, sociales, comportamentales y gubernamentales que son esenciales para sostener y reproducir la democracia”. Su tesis puede leerse en continuidad con las observaciones de Manuel Castells sobre la “privatización de la sociabilidad” y el “individualismo en red” como forma dominante de “lazo” social, el análisis de David Harvey del neoliberalismo como un “acusado proceso de destrucción creativa” de los marcos y los poderes institucionales previamente existentes y las advertencias de Franco “Bifo” Berardi sobre la crisis del gobierno y la llegada de la gobernanza.
Argentina es uno de los ocho países en todo el mundo que cuenta con satélites en el espacio exterior y uno de los únicos tres en el Sur Global que posee una industria atómica. Los otros dos son Brasil y Sudáfrica. El Estado argentino controla el noveno territorio más grande del mundo. Pero, como lo muestra El eternauta, nuestro país es también un reservorio de los saberes y prácticas de la escala intermedia —que no es la escala en la que opera Google, pero tampoco la de los “usuarios”—: aquellos sobre los cuales puede proyectarse y diseñarse una nueva forma de lo social para el tiempo que viene.
Julían Mónaco
Doctor en Ciencias Sociales. Docente en la Carrera de Ciencias de la Comunicación (UBA) y en la Carrera de Prácticas Artísticas Contemporáneas (Unsam). Quemero por herencia, ricotero por elección.






